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 El pozo de la gárgola

 ©Kepa Urriberri

En la esquina poniente del tejado del viejo caserón de las higueras aún se distinguen, en la cornisa, los pies de la gárgola que ahí había. Sin duda el adorno de piedra se habrá caído debido al abandono del Castillo, que la familia Bolaño dejó hace ya largos sesenta años. Sin embargo la leyenda dice que el animal de piedra escapó de ahí llevándose a Gerardo Olmedo, al que habría despedazado y devorado las entrañas la noche de la gran inundación de septiembre del cuarenta y uno. Pero son sólo leyendas. Hay también quienes dicen que cada año, la misma noche de septiembre puede verse a Olmedo subiendo las escalinatas de piedra de la entrada de la casa, o que las noches de luna llena es posible ver a la gárgola posada en su pedestal, siempre abandonado, y que a media noche bajaría a alimentarse de las raíces de las higueras junto al portal de la entrada de la propiedad. Pero nadie se atreve a estar ahí a media noche, con o sin luna, para verlo y dar fe. 

 

Lo cierto es que el Castillo Bolaño en su abandono ha sido fértil en el cultivo de extrañas leyendas y hay muchos habitantes de la Ferreruela del Huerva que evitan la Calle Baja, para no pasar frente a él después de la caída del sol. Casi ninguno de los actuales habitantes de la localidad conoció a sus moradores, ni habían nacido siquiera, cuando abandonaron el caserón de las higueras, que ellos siempre han visto en el mismo estado de abandono progresivo. Para la gente del lugar la leyenda de la gárgola se refiere al rapto de un oscuro pretendiente de la noble señora, dueña del castillo, la víspera de su matrimonio. La desgracia y la ruina habría llevado a la familia a buscar otra fortuna en Zaragoza, donde se habría perdido su rastro. Sólo algunos, entre los más ancianos, recuerdan la inundación del cuarenta y uno, aquella noche de tormenta de septiembre, y la tragedia de la desaparición del joven Gerardo Olmedo, la víspera de su matrimonio con Amalia Bolaño. Lo último que se supo d e él fue que iba camino de la casa de su pretendida, bajo el aguacero, cuando se supone que lo alcanzó la riada. Sin embargo fue inútil todo intento de ubicar su cuerpo y aunque la tragedia nunca se olvidó del todo, el tiempo se encargó de dejar sólo la leyenda. 

Dicen que Amalia Bolaño nunca se rehizo de la pérdida de su novio y éso motivó que su padre la llevara a vivir a la ciudad. Otros, de mala lengua, dicen que Olmedo era un vividor y pretendía la fortuna del viudo Bolaño para pagar sus muchas deudas. No falta tampoco quienes dicen que al saber que los Bolaño estaban arruinados, habría aprovechado la tormenta y la inundación para desaparecer sin dejar rastros y evitar un matrimonio equivocado. Pero son sólo leyendas. Tampoco faltan los malhablados que dicen que era todo lo contrario: Román Bolaño buscaba casar a su hija con un hombre de fortuna. Dicen que Bolaño sabía de los líos amorosos y la afición al juego y la farra de Gerardo Olmedo, pero se lo ocultaba a su hija porque pensaba que el pretendiente los sacaría de la bancarrota. No falta quienes creen que al saber uno y otro la verdad, habrían decidido romper el compromiso concertado. Bolaño, que era influyente, habría sugerido con mucha insistencia, a Olmedo, que desapareciera por un tiempo. 

Lo cierto es que los Bolaño, no mucho después, se fueron a Zaragoza donde Amalia se casó todo lo bien que pudo e hizo una vida anónima y tranquila. Enviudó joven de un marido bastante mayor que ella, y se quedó sola con un hijo y su propio padre que en la medida que envejecía se hacía cada vez más obsesivo: "Hay que tapar ese pozo" decía persistentemente. "Para septiembre habrá que ir a Ferreruela de Huerva a tapar el pozo. Es un peligro vivo" insistía. El viejo Román fue perdiendo la razón y la memoria poco a poco. Lo único que parecía recordar era su viejo castillo y el pozo abierto en la propiedad. Ese pozo donde la leyenda decía que anidaba la gárgola escapada de la cornisa en la esquina poniente del tejado. El pozo de donde los lugareños aseguraban que en las noches serenas de agosto escapaban luces verdosas y saltaba a la media noche la gárgola de piedra, a comer las raíces de las higueras, o las vísceras de algún paseante sorprendido. 

Don Román Bolaño de la Piedra Blanca de Huano y Huanillo vivió ciento seis años. Lo último que dijo antes de morir, apretando con fuerzas la mano de su hija fue: "Para septiembre habrá que tapar ese maldito pozo" y se miró al interior con los ojos muy abiertos. El cementerio de Torrero guarda sus restos, cerca del Ángel de la Oración esculpido por Dionisio Lausen. 

Ese septiembre Amalia Bolaño fue, para cumplir la última voluntad y obsesión de su padre, después de sesenta largos años y para encontrarse con su pasado en la calle Baja de la Ferreruela de Huerva, donde moría la dignidad del castillo, reflejando la ruina familiar. Ahí, ella y su hijo habilitaron dos habitaciones para establecerse mientras se ejecutaban las obras en el pozo. Al caer la tarde del día cuatro de septiembre Amalia y su hijo estaban sentados en silencio en la escalinata de la entrada del caserón, cada uno encerrado en sus propios pensamientos: Él en las leyendas que había oído de los lugareños en esos pocos días, y ella en la tarde del cuatro de septiembre del cuarenta y uno. Entonces las vieron: Del pozo salían luces fosforescentes verdes que parecían lamentos. Román sintió que se le erizaban todos los pelos del cuerpo desde la nuca hasta el fondo del espinazo. Amalia, en cambio, recordó los sucesos de aquella tarde ida: Las recriminaciones entre su padre y su novio sobre engaños y traiciones, sobre compromisos y deberes. Creyó oírlas, otra vez, en silencio. Le pareció, también, que otra vez veía caer a Gerardo desde la balaustrada y recordó su mirada fija en ella, ya sin vida, tirado sobre el fondo de la escalinata de piedra, como si le preguntara: "¿Acaso era necesario?". Entonces, sólo dijo mirando el terror en el rostro de su hijo: "Nunca buscaron en ese pozo".

 

Este cuento es una variación basada en el relato "El Caserón de las higueras" de Pilar Aguarón


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