Elegimos
comer frutas de postre. Mi hijo JP
y yo pelamos unos plátanos. Le
doy un par de mordidas al mío y
veo que tiene unos hilos. Los tiro
con cuidado y los arranco hasta la
raíz del fruto hacia el fin de la
cáscara.
-
Papá - dice mi hijo: - ¿Qué son
esos hilos que le sacaste al plátano?
-. Nunca me hice esa pregunta de
modo que no sé lo que sean,
aparte de algo propio de los plátanos,
pero aventuro una respuesta
completamente falsa que no puedo
retener. Mi defecto es la fábula
y la ficción. Le digo:
-
Son los estambres de la flor.
- ¿Flor? - dice -. ¿Qué flor?.
- Bueno - empiezo con mi mentira
-, en el árbol de plátano, que
es el segundo más grande después
del baobab, en estado salvaje,
porque en los platanales agrícolas
no les permiten crecer; en los
racimos, al término de la
maduración esto que nosotros
vemos como cáscara, revienta y
los trozos se enroscan hacia atrás,
pero al revés que como nosotros
lo pelamos, convertidos en pétalos
de color morado intenso y esos
hilos, que tú me preguntas, son
los estambres de cada flor, de
modo que el racimo se llena de
flores fragantes y coloridas. La
pulpa se ha convertido en polen y
néctar de color amarillo intenso.
De los agujeros del tronco del árbol
aparecen, entonces, unos
animalitos pequeños, tan pequeños
que cabrían en la palma de la
mano, como unos murciélagos pero
sin alas, llamados musarañas, y
devoran el néctar sabroso y dulce
de la flor. En este proceso quedan
llenos de polen en todo el cuerpo.
Aparecen, luego, al atardecer,
unas mariposas tan grandes como
una mano del abuelo, que en las
alas tienen dibujado un diseño de
calavera humana para espantar a
las serpientes. Ellas se
introducen entre los pistilos
azules y quedan llenas de néctar
en las patas y de polen en las
alas. Las musarañas saltan sobre
estas mariposas y las cazan cuando
están dentro de la flor del plátano,
sin embargo en ocasiones caen de
la flor y fertilizan el suelo al
despedazarse en su caída que
puede alcanzar hasta los mil
doscientos metros. Cuando la
musaraña logra cazar a la
mariposa, su pelaje queda lleno de
polen.
-
Los platanares se fertilizan de
este modo en el desafío de la
mariposa calavera y las musarañas,
llegando a producir enormes
bosques de plátanos, mientras que
un plátano de cultivo productivo
no suele alcanzar más de un metro
veinte de altura y sus racimos,
que de otro modo se convertirían
en bellas flores, son arrancados
aun verdes y vendidos en cajas
refrigeradas como frutas en el
mundo entero - concluyo.
-
Yo creía - dice JP - que los plátanos
crecían a ras de suelo, y eran
como las alcachofas, unas plantas
chicas de puro plátano.
-
Bueno, ya puedes ver cómo se
equivoca uno cuando hace
suposiciones. En Madagascar los
bosques de plátanos y los de baobábs
compiten en altura y extensión.
Los baobab son tan altos y grandes
que en la antigüedad el hombre,
amenazado por los depredadores,
vivía en lo alto de estos árboles
y llegaba incluso a construir
ciudades enteras en la copa de un
solo baobab. Por las tardes las
gentes se juntaban a la orilla del
árbol, en las ramas más altas, a
contemplar las batallas entre las
musarañas y las mariposas, que en
su vuelo y la lucha feroz hacían
volar el polen multicolor y los pétalos
de las flores, que contra los
rayos del sol poniente asemejaban
fuegos de artificio. De aquí, tan
antiguo, viene el dicho de
"Estar mirando las musarañas"
cuando alguien está muy distraído.
JP
maravillado con estas historias me
pregunta: - Papá: ¿Cómo es que
sabes tanto de todas las cosas?.
- Mira hijo -, le respondo -
cuando tú hayas vivido tanto como
yo, verás que todo esto que yo sé
es apenas nada. En aquel entonces
yo ya no estaré aquí sobre los
baobábs contándote estas cosas,
sino quizás las haya olvidado y
ya no tenga claro ni tu nombre. En
ese tiempo tú estarás aquí
arriba contando a tus hijos
aquellas cosas que yo te he
contado y ellos creerán en tu
enorme sabiduría. Por mi parte,
todo esto que te cuento yo lo he
llegado a saber porque nunca tuve
oportunidad de estudiar nada. Fue
de ese modo que debí ocupar mi
capacidad en prestar mucha atención
a todas las cosas, y fijarme en
cada realidad, sin dejar escapar
ninguna, para no caer de las altas
arboledas cuando vinieron aquellos
hombres que cortaron todos los
bosques. Cuando eso sucedió
pudimos ver que los baobábs, que
tenían el tronco a veces tan
grueso como un edificio de
cuarenta pisos, estaban en su
interior llenos de agua, por lo
que resistían las largas sequías
que se producían en esa época.
Cuando aquello ocurría, en la
medida que el árbol consumía su
agua interior su tronco
adelgazaba, a veces tanto, que su
envergadura no superaba unos pocos
centímetros. Entonces el árbol
se doblaba con el peso de las
ciudades construidas en su copa y
todos caíamos al suelo y era
necesario defenderse de los
depredadores salvajes. En la sequía
grande, que hubo antes del diluvio
el hombre dejó definitivamente de
vivir sobre los árboles pues se
había hecho insostenible. Cuando
aquello pasó, el hombre comenzó
a hacer agujeros en el tronco de
los árboles para abastecerse de
agua, pero la que manaba primero,
de la parte más superficial del
tronco era tan espesa, que con
ella se hacía utensilios de
ebonita, galelita y baquelita. El
ser humano progresó mucho gracias
a eso, hasta que llegó a
construir juguetes de plasticina,
el primer teléfono de galelita y
el primer neumático de caucho,
que luego dio origen al automóvil
que ha sido nuestra perdición.
Después
de mirarme fijo a los ojos durante
un rato, con el rostro lleno de
sorpresa y admiración, mi hijo JP
me dice, con cierta sonrisa:
- Papá: ¿Me estái hueviando?[*].
- Sí, hijo. Tú sabes que sí.
- Sí - me responde -. Yo sé que
sí, pero aprendo mucho cuando nos
cuentas estas mentiras.
[*]
Expresión que significa que se
está engañando con afán burlón
a otro.
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