De
por qué son tantos los chinos
Mentiras
que cuento a mis hijos
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Hablábamos
de cómo aumenta y se multiplica
el número de las personas, a
cuento de que hay algunas naciones
con tantos habitantes y otras con
tan pocos. Nadie logró aventurar
una teoría definitiva al respecto
y menos aún plantear algún
modelo conocido que lo explicara.
Tal vez lo más cercano a una
explicación lo propuso J. Dijo
simplemente es cuestión de
tiempo. Tuve muchas dudas pero
hubo varios elementos que se
asociaban bien a esa sencilla
explicación, y la di por buena.
Todos protestaron, hasta el mismo
J. que creyó poder exponer varios
contraejemplos. Entonces les conté
lo siguiente, que se basa en un
hecho cierto, aún cuando en
definitiva es completamente falso,
de modo que nadie se sienta
sorprendido por esta fantástica
manera de explicar lo que quizás
no tenga explicación alguna.
Hay,
en la China ancestral, establecida
una ley, bárbara por demás, que
dice que el patriarca debe velar
por el bienestar y crecimiento de
los suyos. Nunca debe faltar un
patriarca y un patriarca nunca
debe faltar a su deber. Para
asegurar, pues, esta norma, el
patriarca siempre debe tener un
sucesor, o no tener sucesión en
modo alguno. De esta manera, las
hijas mujeres jamás deben ser las
mayores. Un padre que no tiene un
hijo mayor hombre, aún no es
padre. Cuando, por cualquier razón,
siempre desgraciada y lamentable
un padre tiene una hija mujer
primogénita, la vende para el
servicio de algún hombre rico que
la cría como futura amante,
juzgando por la belleza de la
madre y la nobleza en el porte del
padre; o si no puede venderla,
simplemente la sacrifica y sus
huesos los entierra como un
recuerdo de su desgracia bajo el
man koan.
El
man koan es una especie de hamaca
o columpio de niños, que fue muy
usado en las tribus de la
Manchuria. Hoy en día ya ha caído
en desuso. No obstante, cuando una
familia tiene un columpio en casa,
es seguro que bajo este, en el
suelo, estén enterrados, con las
piernas y los brazos cercenados,
puestos a un costado del tronco,
los restos de las hermanas
mayores. El sentido de este
entierro tiene dos extremos: El
primero se refiere al vaivén de
la fortuna, hoy no hubo suerte, mañana
la habrá. Esto permite el
consuelo. El otro sentido es el de
dejar al amparo de la fortuna y
del espíritu de los no vivos la
descendencia futura. Entonces el
columpio, o man koan, y los restos
de las mujeres sacrificadas al
nacer se atarán entre sí, recordándose
mutuamente hacia donde debe
inclinarse la suerte.
-
¿Sabes? - dijo L. que siempre
duda de mi (Ella es la más
independiente y rebelde) -: Hasta
ahora no veo la relación.
-
Con el tiempo, entiéndelo bien,
la nación china es la más
numerosa. Esa ley es fundamental -
respondí, pero sabía que mi
argumento era débil, así que no
le di tiempo y continué mi
exposición:
Los
chinos no sólo conservan sus
costumbres , las llevan a donde
van y se hacen ahí, numerosos.
Baste ver el barrio chino en San
Francisco. Más aún: Veamos aquí,
en nuestro propio país los chinos
mantienen una colonia cerrada y
protectiva, para conservar sus
costumbres. Son muchos y sin
embargo son un solo clan con un
patriarca único. Pang Chi llegó
a Chile en un barco de bandera
liberiana, cuyos tripulantes eran
principalmente marroquíes y cuyo
patrón era finlandés. Él era el
único chino a bordo y ejercía de
cocinero. Todos creían que los
hacía comer ratones y cucarachas
y desconfiaban. Hastiado de la
duda, Pang desertó en el puerto
de San Antonio. Ahí se estableció
con un negocio de chucherías que
bautizó "Todo a Menos".
Ese nombre se lo puso después de
un tiempo, pues no hablaba ni jamás
había oído el castellano. Para
vender ponía un muestrario de
todos los productos sobre el
mostrador. Cuando alguien quería
comprar y preguntaba, por ejemplo
"¿Tiene hilo rojo?",
Pang respondía: "¿Cuál, cuál?"
y paseaba la mirada, desde muy
cerca, sobre todas las cosas del
mostrador. El parroquiano señalaba
entonces el hilo rojo y decía
"Este" y también "¿Cuánto
cuesta?". "Todo a menos,
todo a menos" respondía Chi
y también agregaba "Muestla
dinelo" (Muestra dinero) y
tomaba un billete del cliente que
le parecía un precio justo.
Bien.
Habrán de saber que, aunque no me
crean, Pang Chi se enriqueció muy
rápido: Mucho más rápido que lo
que demoró en aprender castellano
(Aún no lo habla del todo). Hoy
sus "Todo a menos" se
han multiplicado a lo largo del país
y él es inmensamente rico. Trajo
a toda su familia y se convirtió
en el patriarca y protector de la
colonia china. El trajo a Chau Chi
Tá y lo protegía.
Chau
Chi Tá era sobrino y protegido de
Pang Chi. Chau puso un gran restorán
de comida china cantonesa donde el
clan chino se reunía después de
cerrar sus negocios. Tenían un
salón privado donde sólo ellos
entraban. Ahí hacían sus
asambleas y los sábados jugaban
Ma Yong. La colonia creció mucho.
Unos a otros se protegían y se
daban trabajo. Cuando Chau necesitó
un cocinero lo mandó a buscar a
su pueblo y trajo al primo de la
mujer de su hermano. Li Kuan debía
trabajar gratis en la cocina de
Chi Tá para pagar su viaje y
agradecer a Pang Chi, el
patriarca, su bondad y protección.
Kuan quería traer a su familia y
habló con Chau. Chau le respondió:
"Tu trabaja duro y cuando sea
el tiempo traerás tu
familia". Li habló entonces
con el patriarca Pang que le dijo:
"Tu trabaja duro y cuando sea
el tiempo traerás tu
familia". Li trabajó duro
pero todo lo que ganaba pagaba su
viaje y la bondad de Pang.
La
única alegría de Li Kuan era Su
Feng. Ella lo amaba en secreto y
él le contaba sus penas. Su le
dijo que hablara en la asamblea
antes del juego de Ma Yong. Así
lo hizo Kuan y la asamblea
comprendió su reclamo. Chau Chi Tá
prometió arreglar las cosas y
Pang Chi sonrió satisfecho. Dijo:
"Muy bien, muy bueno".
El
lunes Li Kuan no se presentó en
la cocina del restorán de Chau.
Tampoco el martes. El miércoles
no visitó a Su Feng como había
prometido. Tampoco el jueves o el
viernes ni en toda la semana
siguiente. Su preguntó a la mujer
de Chi Tá y ella le dijo que ya
no trabajaba en su cocina. "Él
parece que se ha ido" dijo.
"Fue a buscar a su
familia" creía Chi Tá. Su
Feng pensó que Li no se iría sin
decirle nada y fue a decirlo a
Pang Chi el patriarca. Ese sábado
Pang preguntó a todos, durante el
juego de Ma Yong, pero nadie sabía
de Li Kuan. Su Feng lloró durante
tres días y fue después a la
policía. Ahí dijo que Kuan había
ido a reclamar a Chau Chi Tá para
que le pagara su sueldo. "Li
estuvo conmigo el domingo por la
tarde y se fue para ir a la casa
de Chau" desde entonces nadie
lo vio nunca más. "Eso pasó
hace tres meses" dijo Su a la
policía.
La
policía visitó la casa de Chau
Chi Tá. En el patio de la casa de
Chi Tá dos niños se mecían en
un man koan bajo el cual florecían
las margaritas. Chau dijo a la
policía que Li Kuan había venido
a despedirse y había vuelto a
Cantón: "La suerte no fue
buena para él" dijo
empujando a los niños en el
columpio. La policía descubrió
que Kuan no había salido del país,
ni por aire, ni por mar, ni por
tierra. Volvieron a casa de Chi Tá
y encontraron a los niños balanceándose
en el man koan, sobre las
margaritas. "La suerte no fue
buena para él" insistió. La
policía habló entonces con Pang
Chi. Éste dijo que había
preguntado el sábado en el juego
de Ma Yong y nadie sabía. La
policía sabía que Pang Chi no
necesitaba preguntar: Era el
patriarca y siempre sabía. Pero
Su Feng les habló de la tradición
del man koan y la fortuna
cambiante. Así fue que la policía
tuvo dudas sobre las margaritas
que crecían bajo el columpio e
hizo excavar ahí.
En
una urna rústica de madera
terciada, sin sellar, se encontró,
bajo el columpio los restos de
Kuan Li. Las piernas y los brazos
habían sido separados del tronco
y puestos, ordenadamente, a un
costado. Chi Tá aseguró que era
su hija mayor, a la que según sus
costumbres ancestrales honraban en
ese lugar.
Al
concluir mi relato me paré de la
mesa de la tertulia, antes que
pasara el asombro, bebí el último
sorbo de mi vino carmenère de
Tarapacá y me retiré. Mientras
me iba oí satisfecho como discutían
sobre los pormenores del
asesinato. Esa tarde, cuando
desperté de la siesta mi hija L.
me interpeló en privado.
-
Eres un tramposo - dijo -, nos
contaste una historia para engañarnos
y no justificaste tu tesis.
- Tal vez el cuento también era
un engaño - repuse.
- Eso tampoco demuestra tu verdad.
- Quizás no - reconocí - pero yo
soy el patriarca en esta familia.
- ¿Y eso qué?
- El patriarca suele ser el único
que puede argumentar con bellos
sofismas y todos desean creerle.
Ella no comprendió del todo.
Entonces agregué, antes de irme:
- Casi siempre...
No supe cuánto rato estuvo
dudosa.
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