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De por qué son tantos los chinos

Mentiras que cuento a mis hijos

                                  Copyright ©Kepa Urriberri

 

Hablábamos de cómo aumenta y se multiplica el número de las personas, a cuento de que hay algunas naciones con tantos habitantes y otras con tan pocos. Nadie logró aventurar una teoría definitiva al respecto y menos aún plantear algún modelo conocido que lo explicara. Tal vez lo más cercano a una explicación lo propuso J. Dijo simplemente es cuestión de tiempo. Tuve muchas dudas pero hubo varios elementos que se asociaban bien a esa sencilla explicación, y la di por buena. Todos protestaron, hasta el mismo J. que creyó poder exponer varios contraejemplos. Entonces les conté lo siguiente, que se basa en un hecho cierto, aún cuando en definitiva es completamente falso, de modo que nadie se sienta sorprendido por esta fantástica manera de explicar lo que quizás no tenga explicación alguna.

Hay, en la China ancestral, establecida una ley, bárbara por demás, que dice que el patriarca debe velar por el bienestar y crecimiento de los suyos. Nunca debe faltar un patriarca y un patriarca nunca debe faltar a su deber. Para asegurar, pues, esta norma, el patriarca siempre debe tener un sucesor, o no tener sucesión en modo alguno. De esta manera, las hijas mujeres jamás deben ser las mayores. Un padre que no tiene un hijo mayor hombre, aún no es padre. Cuando, por cualquier razón, siempre desgraciada y lamentable un padre tiene una hija mujer primogénita, la vende para el servicio de algún hombre rico que la cría como futura amante, juzgando por la belleza de la madre y la nobleza en el porte del padre; o si no puede venderla, simplemente la sacrifica y sus huesos los entierra como un recuerdo de su desgracia bajo el man koan.

El man koan es una especie de hamaca o columpio de niños, que fue muy usado en las tribus de la Manchuria. Hoy en día ya ha caído en desuso. No obstante, cuando una familia tiene un columpio en casa, es seguro que bajo este, en el suelo, estén enterrados, con las piernas y los brazos cercenados, puestos a un costado del tronco, los restos de las hermanas mayores. El sentido de este entierro tiene dos extremos: El primero se refiere al vaivén de la fortuna, hoy no hubo suerte, mañana la habrá. Esto permite el consuelo. El otro sentido es el de dejar al amparo de la fortuna y del espíritu de los no vivos la descendencia futura. Entonces el columpio, o man koan, y los restos de las mujeres sacrificadas al nacer se atarán entre sí, recordándose mutuamente hacia donde debe inclinarse la suerte.

- ¿Sabes? - dijo L. que siempre duda de mi (Ella es la más independiente y rebelde) -: Hasta ahora no veo la relación.

- Con el tiempo, entiéndelo bien, la nación china es la más numerosa. Esa ley es fundamental - respondí, pero sabía que mi argumento era débil, así que no le di tiempo y continué mi exposición:

Los chinos no sólo conservan sus costumbres , las llevan a donde van y se hacen ahí, numerosos. Baste ver el barrio chino en San Francisco. Más aún: Veamos aquí, en nuestro propio país los chinos mantienen una colonia cerrada y protectiva, para conservar sus costumbres. Son muchos y sin embargo son un solo clan con un patriarca único. Pang Chi llegó a Chile en un barco de bandera liberiana, cuyos tripulantes eran principalmente marroquíes y cuyo patrón era finlandés. Él era el único chino a bordo y ejercía de cocinero. Todos creían que los hacía comer ratones y cucarachas y desconfiaban. Hastiado de la duda, Pang desertó en el puerto de San Antonio. Ahí se estableció con un negocio de chucherías que bautizó "Todo a Menos". Ese nombre se lo puso después de un tiempo, pues no hablaba ni jamás había oído el castellano. Para vender ponía un muestrario de todos los productos sobre el mostrador. Cuando alguien quería comprar y preguntaba, por ejemplo "¿Tiene hilo rojo?", Pang respondía: "¿Cuál, cuál?" y paseaba la mirada, desde muy cerca, sobre todas las cosas del mostrador. El parroquiano señalaba entonces el hilo rojo y decía "Este" y también "¿Cuánto cuesta?". "Todo a menos, todo a menos" respondía Chi y también agregaba "Muestla dinelo" (Muestra dinero) y tomaba un billete del cliente que le parecía un precio justo.

Bien. Habrán de saber que, aunque no me crean, Pang Chi se enriqueció muy rápido: Mucho más rápido que lo que demoró en aprender castellano (Aún no lo habla del todo). Hoy sus "Todo a menos" se han multiplicado a lo largo del país y él es inmensamente rico. Trajo a toda su familia y se convirtió en el patriarca y protector de la colonia china. El trajo a Chau Chi Tá y lo protegía.

Chau Chi Tá era sobrino y protegido de Pang Chi. Chau puso un gran restorán de comida china cantonesa donde el clan chino se reunía después de cerrar sus negocios. Tenían un salón privado donde sólo ellos entraban. Ahí hacían sus asambleas y los sábados jugaban Ma Yong. La colonia creció mucho. Unos a otros se protegían y se daban trabajo. Cuando Chau necesitó un cocinero lo mandó a buscar a su pueblo y trajo al primo de la mujer de su hermano. Li Kuan debía trabajar gratis en la cocina de Chi Tá para pagar su viaje y agradecer a Pang Chi, el patriarca, su bondad y protección. Kuan quería traer a su familia y habló con Chau. Chau le respondió: "Tu trabaja duro y cuando sea el tiempo traerás tu familia". Li habló entonces con el patriarca Pang que le dijo: "Tu trabaja duro y cuando sea el tiempo traerás tu familia". Li trabajó duro pero todo lo que ganaba pagaba su viaje y la bondad de Pang.

La única alegría de Li Kuan era Su Feng. Ella lo amaba en secreto y él le contaba sus penas. Su le dijo que hablara en la asamblea antes del juego de Ma Yong. Así lo hizo Kuan y la asamblea comprendió su reclamo. Chau Chi Tá prometió arreglar las cosas y Pang Chi sonrió satisfecho. Dijo: "Muy bien, muy bueno".

El lunes Li Kuan no se presentó en la cocina del restorán de Chau. Tampoco el martes. El miércoles no visitó a Su Feng como había prometido. Tampoco el jueves o el viernes ni en toda la semana siguiente. Su preguntó a la mujer de Chi Tá y ella le dijo que ya no trabajaba en su cocina. "Él parece que se ha ido" dijo. "Fue a buscar a su familia" creía Chi Tá. Su Feng pensó que Li no se iría sin decirle nada y fue a decirlo a Pang Chi el patriarca. Ese sábado Pang preguntó a todos, durante el juego de Ma Yong, pero nadie sabía de Li Kuan. Su Feng lloró durante tres días y fue después a la policía. Ahí dijo que Kuan había ido a reclamar a Chau Chi Tá para que le pagara su sueldo. "Li estuvo conmigo el domingo por la tarde y se fue para ir a la casa de Chau" desde entonces nadie lo vio nunca más. "Eso pasó hace tres meses" dijo Su a la policía.

La policía visitó la casa de Chau Chi Tá. En el patio de la casa de Chi Tá dos niños se mecían en un man koan bajo el cual florecían las margaritas. Chau dijo a la policía que Li Kuan había venido a despedirse y había vuelto a Cantón: "La suerte no fue buena para él" dijo empujando a los niños en el columpio. La policía descubrió que Kuan no había salido del país, ni por aire, ni por mar, ni por tierra. Volvieron a casa de Chi Tá y encontraron a los niños balanceándose en el man koan, sobre las margaritas. "La suerte no fue buena para él" insistió. La policía habló entonces con Pang Chi. Éste dijo que había preguntado el sábado en el juego de Ma Yong y nadie sabía. La policía sabía que Pang Chi no necesitaba preguntar: Era el patriarca y siempre sabía. Pero Su Feng les habló de la tradición del man koan y la fortuna cambiante. Así fue que la policía tuvo dudas sobre las margaritas que crecían bajo el columpio e hizo excavar ahí.

En una urna rústica de madera terciada, sin sellar, se encontró, bajo el columpio los restos de Kuan Li. Las piernas y los brazos habían sido separados del tronco y puestos, ordenadamente, a un costado. Chi Tá aseguró que era su hija mayor, a la que según sus costumbres ancestrales honraban en ese lugar.

Al concluir mi relato me paré de la mesa de la tertulia, antes que pasara el asombro, bebí el último sorbo de mi vino carmenère de Tarapacá y me retiré. Mientras me iba oí satisfecho como discutían sobre los pormenores del asesinato. Esa tarde, cuando desperté de la siesta mi hija L. me interpeló en privado.

- Eres un tramposo - dijo -, nos contaste una historia para engañarnos y no justificaste tu tesis.
- Tal vez el cuento también era un engaño - repuse.
- Eso tampoco demuestra tu verdad.
- Quizás no - reconocí - pero yo soy el patriarca en esta familia.
- ¿Y eso qué?
- El patriarca suele ser el único que puede argumentar con bellos sofismas y todos desean creerle.
Ella no comprendió del todo. Entonces agregué, antes de irme:
- Casi siempre...
No supe cuánto rato estuvo dudosa.


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