El
loquito
dedicado
a Pilar Aguarón
Copyright © 2006. Víctor
Barrionuevo
Cuando
llegué a la esquina no podía
creerlo, era ella!. Durante nueve
semanas seguidas yo había
caminado sin rumbo, desde mi casa
en San Isidro, siguiendo a lo
largo de alamedas repletas de
hojas secas en sus veredas,
soleadas glorietas, rebosantes de
santarritas en flor; pero yo no
las había mirado; mejor dicho,
las recordé después; sí, después
de cada viaje cansador y
deprimente hasta la Lonja; me
acuerdo con precisión del ruido
de las hojas de los plátanos,
crujiendo bajo mis zapatos hacia
el final del invierno; no se me
borran de la mente las imágenes
de las flores retorcidas y
brillantes de las enredaderas en
las glorietas del parque
Sarmiento, a mediados de
septiembre, cuando el calor
empieza a anunciar la primavera.
La
vi y casi no pude reconocerla;
estaba más delgada, casi flaca y
descarnada, como en un tango
antiguo; la vi llegar como el
antiguo enamorado que ve a la
vieja amante que sale del cabaret
y casi no la reconoce; eso fue lo
que me pasó; me habían dicho que
era ella; que Consuelito parecía
una loca en sus paseos afligidos,
con su caminar apresurado, con su
mirada perdida; yo la buscaba hacía
cuatro años y medio y ella, una
niña casi, veinticinco años recién
cumplidos, me había dejado; me
contó entonces que se había
enamorado locamente de su profesor
de literatura en el último año
del secundario y que después,
muchos años después lo había
visto pasar por la vereda de
Callao, a una cuadra de
Corrientes; el corazón se le había
saltado del pecho, me dijo;
"no puedo serte infiel con el
pensamiento", me subrayó;
"no quiero herirte pensando
en él mientras corro a
verte"; "no, ya no voy a
correr más para
encontrarte", me dijo, dos días
después de su fatídico (fatídico
para mí) encuentro con el viejo
profesor; sí porque él era
viejo, más de cuarenta años, y
yo tenía entonces un poquito más
que treinta; y a mí me parecía
que Consuelito no se merecía un
viejo; pero ella no paró de
pensar en él; y yo me fui una
tarde, muy despacio; no la llamé
más por teléfono, no le dejé
mensajes con su amiga Soledad; me
fui sin despedirme; me alejé
resentido y muerto de celos; ella
no me quería más.
Y
ahora la veo llegar; durante
semanas la busqué, durante cada
mañana, en vez de agarrar la
Underwood y ponerme a escribir abúlicos
trechos de mi vieja novela
inacabada, me bañaba, me
acicalaba y me arreglaba lo mejor
que podía; me recortaba
cuidadosamente la barba y el
bigote, me ajustaba el nudo de la
corbata roja y alisaba las solapas
del saco azul marino; estiraba con
la punta del pulgar y el índice
la raya arrugada del pantalón
gris; me pasaba pomada negra en
los mocasines, y salía, al paso rápido,
como un novio que no quiere
perder la hora del registro civil,
como un tonto que se olvidó del
profesor de literatura, como un
imbécil que borró de su memoria
los ojos enamorados de Consuelito
al contarle que se había
reencontrado don su viejo profesor
en un telo de Caballito.
Un
arrebato de lucidez me devuelve la
cordura cuando tocan las campanas
del mediodía y me doy cuenta de
que ella no viene, que no vendrá
más, nunca más a la Lonja; pero
el dolor de estar cuerdo es
enorme, desgarra el alma pensar
que la perdí para siempre, que a
esta hora estará con su profesor,
leyendo la novela que tal vez él
sí haya terminado de escribir.
Mañana
no voy a salir por la mañana; voy
a pasar por la Lonja a la tarde,
voy a enterrar ése fantasma y
empezar una nueva vida; me lo
merezco.