La
conferencia en Zaragoza
Copyright
©Kepa
Urriberri, 2008
Como
en cada abril, otra vez volaba
rumbo a España, para la
conferencia anual acordada con la
editorial. Seré honesto: Sentía
vértigo de volver a salir a la
inmensa aventura del aeropuerto de
Madrid, enorme como una ciudad
pequeña, donde, para ir de un
lugar a otro, había que tomar
autobús. La experiencia me decía
que tendría que arreglármelas
por mi mismo y las noticias de
otros viajeros me sugerían las
dificultades, incluso para
ingresar siquiera a España. Así
pues acentué mi aspecto
cosmopolita, al que se oponía mi
cabeza muy grande, mis piernas muy
cortas y mi abdomen tan abultado.
Intenté esconderlo todo detrás
de un casimir gris perla, una
corbata roja italiana, zapatos
negrísimos y lustrosos y por
supuesto una camisa muy blanca. Sólo
intenté despeinar apenas el pelo
que aunque ya casi totalmente
cano, creí que tomaría, de esta
suerte, un aspecto casual y
natural.
La
primera sorpresa, desde luego
desagradable, fue que el
funcionario de aduanas o inmigración
me tuteara: "Sácalo todo de
ese bolso" me dijo, creí que
con algo de desprecio. Iba a
protestar cuando un compañero de
avión me dio un suave codazo en
las costillas. Lo miré y me arrugó
el ceño, moviendo suavemente la
cabeza como advertencia. Eran
tantos los que llegaban a las
puertas de España y de ahí los
devolvían con el pasaporte
marcado, que me contuve. Con
paciencia fui sacando lo que
llevaba en el bolso: Cepillo de
dientes, una maquinita fotográfica,
mi computador portátil, una
botella de pisco que traía para
obsequiar y otras cosas. El
funcionario tomó la botella y la
examinó de arriba a abajo. Leyó
las etiquetas y señaló bajo la
graduación alcohólica.
"Cuarenta y dos" dijo.
"Esto es un explosivo
peligroso: Está prohibido".
"Es un licor tradicional de
mi tierra" intenté explicar.
"¡Silencio!" impuso:
"¡Esto se queda aquí!"
y llamó a otro funcionario, con
el que le bastaron un par de señas.
"Acompáñeme" dijo
tironeándome de un brazo.
"Pero..." comencé a
decir. Me di cuenta, sin embargo,
que no sería escuchado y mi compañero
de avión otra vez me advirtió,
arrugando la frente y los ojos. Me
llevaron a una sala pequeña donde
me dejaron solo por, talvez,
horas. Mucho tiempo después
apareció un tercer funcionario
con mi botella de pisco en la
mano, donde ya no quedaba más de
una ración breve, y mi pasaporte
en la otra. "Nada" dijo,
y pude oler su aliento que
recordaba con claridad mi pisco
extinguido, "no se permite más
de cien eme ele de ningún líquido,
menos si parece ser esplosivo"
y me alargó la botella y mi
pasaporte: "Bien venido a
Madriz. Disfrute su estada"
concluyó.
Salí
al pasillo de llegada donde había
varios típicos pajarotes de
aeropuerto con carteles que
levantaron de inmediato, apenas me
vieron aparecer. Ninguno tenía mi
nombre. Tampoco mi seudónimo. Me
quedé parado como un estúpido (y
así me habrán visto los
pajarotes, tanto como yo a ellos)
leyendo y releyendo las pizarras,
papeles improvisados, cartulinas
ordinarias, y más, intentando
interpretar las escrituras como un
llamado que esperaba. Cuando casi
renunciaba apareció un tipo
malhumorado al que me costó
entender qué gritaba con
insistencia: "¡Hay aquí argún
Malrite!... ¡Malrite!"
insistía. Después de dos o tres
llamadas logré decodificar su
grito, que me recordó a los
vendedores ambulantes de mi niñez:
"¡Estiiiiiiiiromiereeeeeee!..."
decía uno que se dedicaba a
reparar los somieres de las camas,
hechos de alambre, en ese
entonces. Había otro que andaba
con media bicicleta y un pito de
varios tonos que hacía sonar:
"Firurirí firurirá" y
luego gritaba "¡Afilo cuchii
iiiiiii". Siempre me pregunté
¿por qué no termina nunca el
cuchiiii... llooos? ¿será que de
tanto desgastarlos el "llos"
ya no existía. Dije, levantando
un dedo, como hacía en las clases
de mi aragonesa madre Virtudes:
"Yo... yo... aquí...
Malgrite". "Le están
llamando al teléfono por acá"
dijo, y partió caminando sin
esperarme.
Caminamos,
él a tranco largo, malhumorado,
yo casi corriendo, detrás,
arrastrando una maleta, con el
maletín de mi portátil colgado
al hombro que insistía en caerse
y una botella de Pisco Mistral con
noventa y cinco eme ele al fondo,
creo que varias cuadras. De
repente se metió en un kiosquito
de venta de confites. "¡Allá!"
me indicó, mostrando hacia una
pared llena de teléfonos públicos.
"El tercero de la
izquierda". Me acerqué a los
teléfonos y tomé el tercero,
pero no había nadie comunicado.
Miré al hombre del puesto de
confites, desconcertado. Moviendo
la cabeza con desdén dijo:
"La otra izquierda".
Claro, el tenía la izquierda al
revés de la mía, así que levanté
el otro tercero, pero tampoco había
nadie ahí. "¡Que ya llamarán
otra vez!" dijo el tipo del
kiosco, encogiendo los hombros con
indiferencia.
Esperé
largo rato junto al teléfono,
paseando de aquí para allá,
mirando a los turistas,
intentando, por distraerme,
adivinar de donde eran: Los de
pantalón corto los hacía
alemanes, los que pretendían
elegancia y apretaban el labio
contra los dientes para hablar:
Gabachos. Los polacos eran todos
parecidos al hermano Basilio, que
escapó de Polonia por allá por
mil novecientos cincuenta y perdió
el dedo índice lanzándose de un
tren en marcha. Después hacía
clases de francés con acento
cachuba. Todos los polacos, como
él, eran bajitos, de nariz
puntuda y ojos aguachentos, si
hasta Carol Vojtyla era igual. Los
italianos todos parecían
argentinos, pero más ruidosos y
no se les entendía. Los de
estados unidos, gordos, viejos, o
de aspecto envejecido aun si eran
jóvenes, pésimamente mal
vestidos, aunque la ropa fuera carísima.
De repente sonó el teléfono: Era
el tercero de la izquierda de acá.
"¡Hola
Iñaki!" dijo una voz de
mujer: "Que soy Packi"
agregó, como si se sorprendiera
de que no la reconociera. "¡Ah!.
Hola Packi" respondí,
buscando en mi memoria. "La
que estaba a cargo de internet. ¿Recuerdas?",
agregó. "Ah sí, sí, la de
los moños, allá en la Taberna
del Alabardero". "La
misma" rió. "Aún me
los hago, pero ahora me encargo de
eventos y promoción en la
editora". "Mira que
bien" le dije, intentando
terminar este rumbo de la
conversación, del todo inútil.
"Yo aquí", agregué,
"esperando que me
reciban". "Pues vaya si
es una lástima. Yo pensaba estar
ahí, pero no he podido. Mas tú
ya eres como de casa" dijo
con alegría y añadió:
"Mejor será que te cojas el
ave a Zaragoza y nos vemos en
Delicias, ¿eh?". La
proposición era clarísima, pero
absolutamente oscura. Me imaginé
colgado de la pata de un pajaro
que vuela hacia el norte, con la
maleta, el maletín y la botella
de Pisco Mistral, colgando en el
aire y la brisa dándome en la
cara, mientras flamea al viento mi
corbata roja e inútil. Antes de
pedir más explicaciones, ella
dijo atropelladamente: "¡Pues
eso!. Nos vemos allá entonces.
Ahora te cuelgo, que ya me están
urgiendo: ¡Adiós!" y colgó
sin que pudiera yo decir nada.
Pregunté al confitero qué era
eso de cogerse el ave, pero
mientras lo hacía veía demudarse
el rostro del hombre, que ya había
demostrado bastante hastío y
paciencia de sobra. Entonces le vi
el otro sentido a eso de cogerse
el ave y por mejor hacer agregué:
"Para llegar a Zaragoza,
quiero decir". Algo le oí
murmurar por lo bajo como
"... que depende a como te la
cojas..." pero quizás fue sólo
mi imaginación. Preferí, nada más,
mirarlo con expresión
interrogadora: "El renfe"
dijo finalmente; "el renfe"
e hizo un gesto con la mano sobre
la cabeza como expulsándome.
Dicen
que preguntando se llega a Roma.
Preguntando supe que el Renfe era
la red de ferrocarriles, pero de
ahí a Zaragoza era más largo el
camino: Encontrar dónde y cómo,
ya fue una tarea. "Para qué
tren, si puede usté volar"
decían unos, y más barato, decían
otros. "Sí, pero donde
pregunto por el tren...".
"Tanto apuro de usté, si hay
salidas a cada momento".
"Bueno, está bien, pero ¿cuánto
cuesta el pasaje?". "El
billete es lo de menos, si lo
puede comprar hasta cinco minutos
antes de salir su tren".
Parecía que era una especie de
juego el contestar justo aquello
que no preguntaba, sino lo otro, y
no daba con la pregunta que
necesitaba. Finalmente alguien me
dijo: "Consulte ese
terminal". Después de dar
vueltas y vueltas a ninguna parte,
descubrí que el pasaje costaba
cuarenta y dos euros, o sea unas
treinta y tres lucas, que
resultaba carísimo para mi.
Entonces decidí ir en bus. Ese
fue otro parto igual: Pregunté
por el valor del pasaje y me
dijeron que demoraba cuatro horas,
más o menos. Pregunté por la
hora de salida y me dijeron que
tenía que tomarlo en la estación
de América. "¿Y donde es
eso?" pregunté, para que me
informaran que salían buses a
cada hora. Finalmente me dieron el
valor cuando pregunté como ir a
la estación de América. Sería
largo de explicar como supe que
debía tomar un bus de color rojo
para llegar allá y no el azul que
estaba algo más lejos.
En
fin, que meterse a Madrid, sin
compromiso, sólo de pasada,
resultaba un alivio después de
mis experiencias anteriores. Más
aun cuando otra vez Madrid me
recibía con dificultades. Ya
meterse diez kilómetros, hasta la
estación, podía traerme mala
suerte, así que traté de
ignorarlo y por eso lo evitaré en
el relato. Tampoco cometeré la
cursilería de alabar los
paisajes, de Algora o Torremocha y
Alcalá del Pinar y más y más. Sólo
digo que no me arrepentí de las más
de cuatro horas para llegar a
Zaragoza.
Bueno,
arrivé a Zaragoza a la estación
Delicias del autobús, visité la
de trenes y busqué en los
alrededores, como un provinciano
por si había por ahí una mujer
con moños. No encontré a Packi,
ni tampoco vi a nadie que
pareciera buscar a alguien. Sólo
una mujer gorda, de grandes
pechos, de amplias caderas, que me
recordó la envergadura de mis tías
vascas de la niñez y el aspecto
que van tomando mis propias
hermanas. Me sonrió como mi tía
Amaya, a la tercera vez que la
encontré, atravesando el parque.
Finalmente, me senté en una banca
de palo del Parque Palomar y rogué
que mi portátil tuviera algo de
baterías, porque ahí tenía, en
mi agenda, un número muy largo y
lleno de nueves, que me habían
dado, para llamar en Zaragoza en
caso de cualquier cosa. Me fumé
un cigarrillo y me dibujé el número
en la mano, para distraerme. Llamé
al número desde la estación. Me
contestó una voz áspera, después
de mucho rato. Había despertado,
sin lugar a dudas, a alguien de su
siesta. Dije: "Me dieron este
número, de la editorial, por
cualquier cosa que necesitara. Soy
Iñaki Irizarri". "¡Hostias!,
¡Qué nombre!" dijo, y gritó
luego hacia fuera del teléfono:
"¡Packi!. Es para ti... Un iñirrirrirri
o algo". Oí que le
contestaba, también a gritos:
"¡Ah! es el sudaca. Pregúntale
que donde está". "Aquí
dije yo en la estación
Delicias", antes que me
preguntara. "¡Que está en
Delicias!" gritó el de la
voz gastada. "Pues explícale
como tomar el bus para que se vaya
al hostal en Colon con Tenor
Fleta. Que se tome una habitación
allí" respondió Packi,
siempre a grito pelado. "¿Estás
ahí?" preguntó la voz.
Luego agregó: "Mira tú: ¿Estás
en la avenida de Navarra?".
Confirmé. "Camina hasta el
final del parque y toma tu derecha
por Rioja ¿Me entiendes?".
"Entiendo" dije con
cierto vértigo y cierta opresión
en el corazón. Es que siempre me
invade una sensación de
provinciano perdido, en estos
casos, y con el agravante que
quienes me ven, no sé por qué
razón, siempre me creen luga reño.
En cierta ocasión, cuando visité
Buenos Aires por primera vez, salí
a la calle en la esquina de
Corrientes y Nueve de Julio, donde
estaba mi hotel. No llevaba ni
veinte minutos en la enorme
capital, y me detuve en la vereda
del Obelisco, esperando la
oportunidad de cruzar Corrientes,
para ir a Lavalle. De repente
aparece, desde el lado de Cerrito,
un ciclista (cosa rarísima),
bastante mal vestido, con una
bicicleta destartalada y sin
frenos. Enfila directo hacia mi,
sonriendo, y frena a cunetazos,
como puede, cerca mío. En ese
momento habrá habido una centena
o más de transeúntes ahí, pues
serían las seis de la tarde en el
mes de mayo. El tipo me mira,
siempre sonriente, y me pregunta:
"Yyyy... ¿Donde es Sarmieénto?".
Noté que alargaba la
"e" y pensé que era
provinciano, quizás de Coórdoba.
Le contesté: "Mirá, hay aquí
veinte mil argentinos y vos le
preguntás al único chileno recién
llegado". Siempre en casos
como el de hoy recuerdo ese
momento en Buenos Aires y me digo
que ahí se juntaron mis dos sinos:
El provinciano y el desubicado.
"En Avenida Madrid te coges
el bus treinta y tres. Cuando
llegas al Paseo Sagasta te pones
atento. Desciendes en Tenor Fleta
y caminas a la izquierda hasta Colón.
Tomas una habitación en el hostal
y Packi te encuentra ahí más
tarde ¿Lo tienes?". Dije que
sí, casi por vergüenza, pero
agregué: "¿Y si me
pierdo?". El tipo soltó
algunas interjecciones y dijo algo
como: "Buscas a por Mancusso".
"Entiendo; entiendo"
concluí, recordando que había un
detective muy malo, que siempre
golpeaba a los soplones en un
programa de televisión, cuyo
nombre era Mancusso. Durante mucho
rato, mientras caminaba y después
en el bus, trataba de dilucidar el
sentido de la alusión a Mancusso,
pero no la encontré.
Por
supuesto que los nervios me
traicionaron cuando ya estuvimos
en el paseo Sagasta y no lograba
ver los nombres de las calles que
cruzábamos. Tenor Fleta es
bastante notoria, pero se me perdió
el cartel y sólo lo vi cuando el
bus ya la atravesó. Me bajé en
la siguiente parada, en la calle
José Moncasi: "¡Eso
era!" me dije, comprendiendo
al fin. No había mala intención
en el amigo de Packi. En fin, que
me devolví desde Mancusso al
Tenor Fleta y encontré el hostal
en la esquina de Colón, pero no
había reserva alguna para José
Malgrite, entonces pensé que, tal
vez, Packi habría reservado a
nombre de Iñaki Irizarri, pero
tampoco. "¡Ale! que le han
de haber reservado en el otro, aquí
al fondo" concluyó haciendo
el mismo gesto con la mano que el
confitero del aeropuerto,
indicando el interior de la calle
Colón, a la vez que daba por
terminado el asunto. Para qué
repetir que en el otro hostal fue
lo mismo, sólo que aquí el
hombre me miró con recelo y me
pregunto: "¿Y có mo es eso
que se llama usté con dos
nombres, eh?". Sonriendo le
explique que mi nombre era José
Malgrite, pero que usaba el seudónimo
para escribir. "¿Para
escribir qué?; si se puede saber,
digo". "Literatura,
cuentos, que sé yo", respondí
con candor. Siempre receloso, me
miró levantando la cabeza y
arrugando el ceño, a través de
unos anteojitos pequeños que
montaban la punta de su nariz.
"Es que eso de usar apodos
que suenan a ETA..." dijo en
tono raro y me quedó mirando como
si me hubiera sorprendido. Sentí
que me ponía rojo, y que la
cabeza se me llenaba de ideas que
zumbaban: "Otra vez lo
mismo" pensé e imaginé a la
policía pidiendo explicaciones
que no querían, porque ya habían
decidido que yo ocultaba algo y sólo
hacían la escena para justificar
una detención. Recordé la
experiencia de la mujer del bolso
rojo en el metro de Madrid, también
la de la boricua que bebía
gaspacho y le cortó el cogote con
un alfanje al dibujante loco en la
Taberna del Alabardero y sentí pánico,
sin e mbargo a la vez, al percibir
que me ruborizaba recordé a Gila
y su cuento de cuando era
detective y decía: "Alguien
ha matao a alguien... y el asesino
se ponía colorao, colorao...
entonces yo decía: Alguien se
pone colorao... y así lo
hostigaba hasta que el asesino ya
no podía más y confesaba: ¡Está
bien! decía, que yo lo he matao
¡pero no me torturéis mas!"
y al pánico se añadió el ridículo
y un extraño sentido de estar en
una película de Fellini, o de ser
una reencarnación de Peter
Seller. "Un apodo es otra
cosa" traté de explicar,
"yo sólo uso el nombre para
firmar las historias que escribo;
además mal podría ser etarra si
ni siquiera soy español. Estoy de
visita". "¿Y de donde
es usted?, si se puede saber, ¡digo
yo!". "De Chile, soy
chileno...". "¡Ah!
chileno. ¿Como ese Nuruda...
Naruga..., cómo es que se
llama?". "Pablo Neruda.
Es nuestro gran poeta y premio Nóbel.
Yo no soy poeta, escribo ficción"
respondí, aliviado de poder
desviar la conversación. Pero el
hombre volvió a la c arga, como
tratando de pillarme en falta:
"Entonces ha de conocer a ese
otro, ese que murió de mal humor,
con el hígado destrozado: ¿Cómo
era que se llamaba?" y como
si recordara de repente, se
respondió a sí mismo: "¡Roberto
Gómez Bolaños! que le decían el
Cheikspierito. ¿No es así?".
"No, no. Ese es un actor cómico
mexicano, que representaba al
Chavo del Ocho y al Chapulín
Colorado. El escritor chileno era
Roberto Bolaño y sí: Sí que tenía
un humor amargo y hepático",
le corregí. "Bueno, es que
yo no le conozco de nada. Sólo
que le vi alguna vez en televisión"
dijo, y sentí que se distendía y
tomaba el registro de reservas.
Agregó: "¡Bueno!, que usté
no está ni como chileno ni como
escritor, pero igual tenemos
habitaciones disponibles, que es
lo que importa".
Así
fue que finalmente me instalé ahí,
en el hostal del catorce de la
calle Colón y por fin me sentí
en España, en Zaragoza, y me tiré
sobre mi cama (ya mía por ahora),
agotado, a mirar el techo hasta
que me quedé dormido. A eso de
las nueve de la noche o así,
golpearon la puerta como si la
quisieran derribar. "Hace ya
rato que le llamo a usted",
me dijo el hombre de la recepción.
"Hay una chica de moños aquí,
que dice que es su representante.
Yo que no sé nada de esas cosas,
no me voy a meter, pero dice que
no se va hasta que usté hable con
ella". Packi venía
disfrazada de viernes con
pantalones de mezclilla (vaqueros,
jeans) y zapatillas de andar en
patineta (skater), con un peto más
que de miedo: de frío. Había
pensado que la primavera en
Zaragoza era cálida, como la mía,
como su gente, pero me tocó
siempre nublado y de noches
amenazadoras. Es claro que Packi
pensaba como yo, o bien, como ya
no era tan joven, se daba un
aspecto juvenil con ese alarde de
resisten cia al frío. Por mi
parte, yo siempre la encontré
bastante loca.
"Mírate
hombre, que pareces un anciano o
un oso" dijo. "Despierta
que vamos al Mercado Central.
Elige entre el Magoria, el
Cantabria o La Matilde" pero
antes que respondiera se dio las
razones y las respuestas, sin
esperar las mías, que mal podría
yo haberlas dado sin conocer nada
de nada. "No. El Magoria ha
de ser muy elegante o caro, y El
Cantabria demasiado juvenil: Mucho
ruido para conversar. Tienes razón:
Vamos a La Matilde que es más
familiar, para los viejitos como tú"
y se colgó de mi brazo mientras
me arrastraba a la salida. La atajé
y le dije que esperara a que
despertara y me arreglara para
salir. Dijo: "¡Hombre!:
Pareces mujercita. ¡Ve! ¡ve!".
La noche de Zaragoza es fantástica,
pero yo vine por una conferencia,
como todos los años en abril,
cuando vengo a España, de modo
que sobre ésto, no es prudente
hablar más. Sólo decir que la
noche tiene más ánimo que el día
y Packi es loca. "¡Que no se
entere la jefe! ¿eh?" dijo
cuando la dejé. Sobre la
conferenc ia me informó apenas
superficialmente. Me anotó en la
palma de la mano la dirección del
Taj-Mahal donde la dictaría al día
siguiente. Me explicó vagamente
que era un especie de centro de
conferencias o algo por el estilo
y cambió rápidamente de tema,
como si perdiera tiempo de diversión
y me preguntó por mi viaje, por
Santiago, y esas cosas. Tampoco me
pareció interesada en lo que yo
escribía. Sólo me aseguró que
la dirección: Juan Pablo Bonet, número
diez y seis, que me había
garabateado en la mano quedaba muy
cerca de mi hotel: "¡Qué
va!. Preguntando llegas".
Cuando nos despedimos dijo, justo
antes de darme con la puerta en
las narices: "Entonces nos
vemos ahí a las siete. ¡Adiós!".
Nunca supe, pero sospecho, que el
taxi que me llevó de vuelta a mi
hostal me paseó por toda
Zaragoza, con la disculpa del
sentido del tránsito, pero después
creo haber reconocido el paseo
Echegaray y Caballero, el camino
de las Torres, la avenida Cesáreo
Alierta y más. Al menos no
atravesó el puente de Piedra; y
el Ebro estuvo siempre al norte.
Mientras tanto, me hablaba del
submarino amarillo y un futbolista
de otro planeta pero chileno, como
yo, y del ingeniero, también
chileno, y cosas así, que me
sonaban a distracción, en un
acento que identifiqué bastante
tropical. Me hizo recordar al
borracho que se duerme en el
asiento trasero del taxi y que al
despertar descubre que lo han
estado paseando dormido por toda
la ciudad, entonces, con voz
traposa le dice al chofer:
"Da vueltas, no más,
desgraciado, que esas son las que
dejan..." y vuelve a caer
dormido, plácidamente.
El
sábado no pude despertar
temprano, agotado, dormí hasta
casi la hora de almuerzo. No tenía
demasiado tiempo para preparar y
estudiar mi conferencia, pero más
me inquietaba saber donde era y no
perderme como ya me había
ocurrido el año anterior y el
otro, así que decidí salir a
buscar el lugar y almorzar por ahí,
en cualquier parte. Pregunté en
la recepción por la calle Juan
Pablo Bonet y la verdad es que era
muy cerca, a tiro de piedra. Era
cosa de ir por el Paseo Sagasta, a
una cuadra y caminar hasta una
calle más allá de "Mancusso"
(la calle de José Moncasi, que ya
quedó para siempre con el mote).
Caminé con cierta timidez por
Juan Pablo Bonet, como si todo el
mundo me reconociera. Quizás en
la tarde, en la conferencia se
dijeran: "¡Ah! mira: Este
era el tipo que merodeaba esta mañana
por aquí, con aspecto de
pueblerino perdido". La
verdad es que no fue así. Nada más
me crucé con una hermosa mujer (¡Ay,
que maña!, pensé para mi mismo).
La debo haber asustado c on mi
mirada tal vez muy insistente,
porque apuró el paso, aunque al
cruzarse conmigo me sostuvo la
vista con unos ojos enormes y
fijos que abrasaban sin quemar.
Iba a decirle algo, pero pensé
que parecía una estúpida frase
mal robada de una zarzuela así
que sólo enrojecí ligeramente, y
callé. Ella atravesó la calle y
se perdió en un extraño ascensor
que daba a la calle misma, junto a
las escaleras del número diez y
siete, justo enfrente del Taj-Mahal,
que para mi sorpresa no parecía
una sala de eventos o
conferencias, sino una tienda
convencional, donde vendían muñequitos
de esos que llaman "merchandaisin"
(con esa maldita costumbre tan
ainglesadora), de tiras cómicas y
de juegos de rol que los jóvenes
y niños practican con cartas y
figuritas. También había en las
vitrinas estos libros de
historietas, del tipo Dick Tracy,
Tin Tin y el capitán Haddock, o
quizás más modernos como estos
monicacos japoneses, en fin. Casi
como una cuestión piadosa o de
extremo culto, había ahí algún
ejem plar de R.R. Tolkien, de El
señor de los anillos y otro de
Las Crónicas de Narnia, cuyo
autor no recuerdo.
No
lograba sacarme de la cabeza los
ojos de aquella mujer del diez y
siete, de manera que con la tonta
ilusión de verla otra vez, me
instale a almorzar en el Pollo y
Antojitos, donde elegí una mesa
que mirara al portal de su
edificio aunque las escaleras no
me dejaban ver la puerta del
ascensor por donde había
desaparecido. Pedí un patacón de
carne y queso, sin averiguar lo
que iba a comer. Me sonó, el
nombre, de lo más español y ni
me llamó la atención que al oírme,
el dueño se acercara a conversar
conmigo: "Chileno" me
dijo señalándome con un dedo
moreno y grande. "Vah a ver
no mah lo que te va a llená el
guhto este patacóng" dijo.
Menos fino de oído que él,
respondí: "¿Venezolano?, ¿Cubano
mi hehmano?".
"Colombiano, como el patacón"
respondió con orgullo. En Chile
patacón se usa para decir que una
comida es en extremo sabrosa y
abundante. Cuando se come
demasiado de algo, uno se da un
patacón. De niño me extrañaba
que mi padre se comiera el melón
como primer pla to, con sal. Era
una costumbre ancestral de su casa
de vascos que jamás quisieron ser
otra cosa que vascos (¡Qué
novedad! ¿no?). Nosotros, mucho más
mestizos, con castellanos, vascos,
árabes y hasta ingleses metidos
en las venas, el melón lo comíamos
dulce y de postre. En una ocasión
tuvimos a un mendocino alojado en
casa que se escandalizó de que le
sirviéramos una ensalada de palta
(Aguacate, avocado y otros nombres
parecidos que no recuerdo). "¡Y!"
dijo sorprendido, con desplante
argentino, "esta es una
fruta. En mi tierra se hace dulce
con esto". Mi patacón resultó
ser una especie de tortilla, como
la pizza italiana o como el taco
mexicano, pero en vez de maíz o
trigo, la tortilla era de plátano
verde aplastado y frito. Me sentí
como el mendocino. Y quizás, como
el mendocino, debí reconocer que
nunca hay que negarse a lo nuevo;
a los antojitos. Bueno: Quedo en
deuda con una tortilla de papas
(patatas) con chorizo, ojalá
picante, acompañada de vino áspero,
como las que comía con s abor a
aceite de oliva y ajo frito,
servida por el maldito rojo
Garabito, en la esquina de Los
Urbina con Providencia, en
"El Valentín", con mis
amigos M. y J. en aquellos epifánicos
almuerzos de viernes. Valentín
era un español que hablaba español.
Y digo que hablaba español porque
era difícil entenderse con su
lenguaje cerrado, amén de
castizo, con nuestro castellano
cotidiano, por demás más chileno
que castellano. Un día, hace no
demasiado, quise ir a almorzar a
"El Valentín", pero se
había ido, dicen que a Linares,
donde habría puesto un restorán
caminero. En su lugar estaba la
"Librería Catalonia"
donde jamás me consiguieron
"Los pasos perdidos" de
Alejo Carpentier.
No
obstante mi lado algo gourmet, no
me abandonaba, tampoco, la rara
idea de que no encajaba un salón
de conferencias, la literatura y
el agua, incluida la ecología que
la circunda, con una tienda de
monos plásticos de Evangelion y
Dragon Ball. La idea me molestaba
en algún rincón del cerebro. Había
enviado, con bastante antelación,
dos relatos largos, con los que
podría estructurarse un pequeño
librito. Uno de ellos "El
Lafquenche (El Hombre del
Lago)" no sólo era ecológico,
sino también trataba sobre la
vida de un hombre, mapuche, que
vive del lago Villarrica y sus
recursos, en forma casi primitiva,
al margen de la vida moderna, y la
lección de vida que da a otro
completamente urbano, que llega al
lago de vacaciones. Había agua,
vida sustentable y todo lo que se
relaciona con la Zaragoza del dos
mil ocho. El segundo también era
un relato sobre la protección de
la naturaleza. No llegaba a
comprender cómo podía relacionar
estas ideas con los juegos de rol,
con los gnomos, enanos, horcos,
elfos, bilbos, frodos y otras
creaturas de fantasía, centrales
en el ambiente del lugar y de
seguro, del auditorio a que me
enfrentaría. Apenas, tal vez, los
Ents, espíritus vegetales de la
literatura Tolkeniana, me
resultaban, mientras comía, útiles
para llegara al agua. Cavilaba y
comía con lentitud, imaginando
maneras que me parecían, todas,
absurdas. Como juntar un brujo
enano con la contaminación del
agua, o la muerte de los peces en
derrames y deslaves, cuando de
repente, como una aparición,
florece desde el diez y siete, con
un pañuelito atado al cuello y el
pelo flotando en el viento, que
anunciaba lluvias de primavera, la
ilusión que esperaba tanto.
Atravesó la calle airosa y digna
y pasó junto al ventanal tras el
que yo almorzaba. Al verme sostuvo
la mirada que sin quemar me abrasó
y dijo algo sin palabras, las que
rebotaron en el cristal de los
antojitos. Después sonrió
apenas, casi sin hacerlo, o sólo
lo imaginé, y se fue etérea y elástica,
como un a bella hembra animal. ¡Maldita
sea!. ¡Si la hubiera perseguido!,
si la hubiera detenido, si al
menos le hubiera dicho que me había
enamorado, pero sólo me ruboricé.
El
resto de la tarde di vueltas como
atontado, pensando en esos ojos,
sin maravillarme con los grafitti
del parque de la Granja, o con la
historia de la artillera que
defendió a su hombre contra las
tropas de Napoleón, hasta el heroísmo
un dos de julio, justo ciento
cuarenta años antes de mi
nacimiento, ni tampoco con la
estatua de una pareja que comparte
un paraguas bajo la lluvia, o la
silueta lejana de las torres de la
Pilarica junto a las aguas amables
del Ebro cuyo rumor da nombre a
toda la península donde se
recuestan España y Portugal. Sólo
reiteraba en mi imaginación esos
ojos grandes que me abrasaron con
su fuego tranquilo y el sonido de
esas palabras que no llegué a
escuchar.
A
las seis y media, diría que
desperté atónito, frente al
centro comercial del Corte Inglés
con el tiempo justo de correr al
hostal, refrescarme y partir muy
compuesto al Taj-Mahal a dar una
conferencia cuyos antecedentes
bizarros, no sólo en esta ocasión,
sino también en las anteriores,
me llenaban de presagios y vértigos.
Tal vez por el trotecito, quizás
por mi facha de extranjero, un
perro vago que encontré en el
camino comenzó a perseguirme y
ladrarme, primero, como si
quisiera denunciarme, pero luego,
cuando hice amago de recoger una
piedra y lanzársela, se arrojó
sobre mis tobillos, gruñendo,
para mordisquearlos. "¡Ah
perro de mierda!" dije y le
di una patada en el morro que lo
hizo retroceder. Di media vuelta y
seguí mi camino. A los pocos
metros sentí que algo me sujetaba
un pie, como una tenaza. Era el
perro que me mordisqueaba el
zapato con insistencia. Tuve que
caminar tironeando al animal que
se negó a dejar tranquilos mis
zapatos el resto del camino, h
asta el hotel. Al llegar, no quería
soltarme y dejar que entrara, pero
afortunadamente se me ocurrió
lanzar una piedra rodando por el
suelo y le grité: "¡Anda
Dogo!: ¡Alcánzala!". El
idiota soltó mi zapato y corrió
tras la piedra. Entonces me refugié
dentro del hostal. "Si un
perro pregunta por mi; diga que no
estoy" le dije al
recepcionista que me quedó
mirando extrañado.
Llegué
puntual, a las siete, al Taj-Mahal,
a dar mi conferencia. Entré a la
tienda donde no había nadie, sólo
un viejecillo de aspecto
malhumorado, medio jorobado y de
boina, que me recordó a don
Manolo, el dueño de la Librería
del Puente de mis años de niño.
Al parecer hacía la caja del día
y marcaba una planilla que
comparaba con una larga huincha de
registradora o computador. "¡Diga
usté!" me recibió, pareciéndose
todavía más a don Manolo.
"Buenas tardes; vengo para la
conferencia" dije dudoso.
"Pues tome usté
asiento" dijo, siempre al
estilo de don Manolo, repartiendo
el gesto de una mano huesuda por
la tienda, que estaba arreglada,
con sillas plegables, como si
fuera una pequeña salita de
clases, en la que sólo el
profesor disfrutaría de un pequeño
pupitre. No quise sentarme ahí,
por una cuestión de pudor, o en
especial por un sentido muy
acendrado del ridículo: Un
profesor en una sala sin alumnos,
que ni siquiera tenían pupitres,
y era una librería. Me senté,
pues, al fondo de la sala de la
tienda, junto a un mostrador cuyos
anaqueles exhibían monstruos épicos
y mujeres hermosísimas de duros
pechos y esbeltísimas hasta lo
imposible, esculpidas en el más
fino plástico. Don Manolo siguió
en lo suyo, como si yo no
estuviera. A las siete y media, aún
no llegaba nadie, de modo que me
preocupé. Me acerqué a don
Manolo y le pregunté: "¿No
se suponía que esto era a las
siete?". Ni me miró. Sólo
hizo un gesto espiral con la mano,
sobre su boina y dijo: "¡Psch!".
Fue tan lacónico que nada más me
devolví a mi lugar. Unos cuantos
minutos más tarde, cuando ya había
comenzado a juntar ánimos y
razones para irme de ahí, cuando
el tiempo había comenzado a
arrastrarse con agobiante lentitud
y pesadez, haciéndose casi
infinito, de pronto ingresó a la
tienda un bullicio sorpresivo, que
precedía a una docena de jóvenes,
casi adolescentes, que se
apropiaron del lugar con absoluta
certeza. Todos hablaban a la vez y
se escuchaban casi por intuición:
No podría ser de otra manera.
Risas, gritos, bromas se mezclaban
con alegría entre palabras muy Nárnicas
y Tolkenianas, o japoanimadas: Había
muchos castillos y bosques,
poderes en diversos idiomas y
muchos más; gestos samurai o
kodokanísticos, en fin. Todo eso
me hizo sentir aún más cohibido.
Con todo, me pareció que
encajaban bien con el estilo de
Packi, lo que no supe por qué, me
produjo cierto terror. Don Manolo
no se inmutó. Fue como si no los
oyera. Tampoco ellos repararon en
don Manolo que continuó, como si
nada, cuadrando la caja de la
semana. En algún momento alguien
elevó la voz por sobre la
zalagarda y preguntó: "¿A
qué hora empezamos?". Otro
de ellos, que recién ahora
reparaba, era el único que parecía
algo mayor, se levantó y alzó
las manos. Vestía una camiseta en
te, de algodón, de color negro
con un raro dibujo entremezclado
con algunas letras, que no llegué
a entender, de tono rojo sangre y
rebordes blancos y unos pantalones
de mezclilla con varias vueltas
anchas en la parte ba ja de las
piernas y llenos de remaches. No
llegué a saber si era calvo o se
había rapado, pero por su gordura
y una barbita incipiente me recordó
a los enanos de Balnca Nieves.
Quizás el se veía a sí mismo
como un elfo o un hobbit o qué sé
yo. Levantó las manos y la voz.
Dijo: "En cuanto llegue Packi
con el conferencista,
comenzamos". Levanté,
entonces un dedo, como habría
hecho un pupilo aplicado en una
clase desordenada y cuando el
bilbo o enano Doppy me hizo un
gesto con las cejas, dándome la
palabra dije: "El
conferencista ya está aquí: Soy
yo". "¡Aaah! pues
entonces nada más empezar"
respondió y señalando el pupitre
del profesor comenzó una
presentación que me pareció
bastante improvisada e informal.
"¡Silencio!. ¡Silencio!"
repitió varias veces; pero como
nadie se callaba continuó:
"Hoy tenemos el agrado y
honor de recibir al guionista
argentino..." y se miró la
palma de la mano, donde debería
tener anotado mi nombre, que olvidó
escribir, entonces me miró en
busca de socorro. " José
Malgrite" dije y aproveché
de agregar: "¡Chileno!".
Me devolvió una mirada arrugada
de desagrado, como si no le
calzara mi respuesta con sus
recuerdos vagos. Quizás pensó:
"¿No estaremos todos
equivocados de lugar?". ¿O
fui yo quien lo pensó?. Como sea,
ser argentino era una imprecisión
que en definitiva no correspondía
a un esfuerzo de vida o a un
merecimiento, sino a una
circunstancia del todo
involuntaria, pero el dolor, la
angustia, el precio que había ido
pagando, como elección de vida
para ser un escritor y no un
guionista de caricaturas tenía un
valor tan inconmensurable que me
hirió la liviandad, aunque traté
de comprenderla. A pesar de todo,
como al final de cualquier
instancia, siempre prefiero ser
conciliador, interpreté su mirada
de extrañeza y agregué humilde:
"Pero escribo como Iñaki
Irizarri". Él, entonces,
sonrió. "El guionista
chileno Iñaki Irizarri"
concluyó.
Comencé
mi conferencia contando las
circunstancias azarozas e
involuntarias en que conocí el
Ebro, a bordo de un taxi que me
llevaba a donde él quería, así
como tantas veces las aguas se
abren camino hacia donde ellas
quieren hacerlo. Son tan poderosas
las aguas que tal vez sean el
elemento primigenio en los
arquetipos del hombre. La
literatura más antigua de las
literaturas comienza así:
"Al principio nada había y sólo
el espíritu de Dios se movía
sobre la superficie de las
aguas". Las aguas pueden ser
quietas y entonces lavan y
limpian: Son el arquetipo del perdón,
del candor, de la pureza; hasta
del origen de las cosas. Pero
pueden representar, también, la
furia desatada de la naturaleza y
la imparable rebeldía que empuja
amparada por la potencia de la
justicia reivindicatoria. Al
principio, la sorpresa de la
diferencia logró la magia del
silencio, pero a poco andar
empezaron las carrasperas aquí,
las toses nerviosas allá, algún
murmullo, así que empujé la idea
hacia Tolkien y su Bilbo, que
atraviesa en una odisea larga como
un libro por un flaco caminito
secreto entre los árboles de un
bosque casi perverso en el que sólo
un sendero salvaba al peregrino
cuyo destino final es llegar al
agua para dar la batalla última
presidida por ésta y el fuego
purificador. Hace mucho tiempo
tuve la paciencia de leer algún
libro de Tolkien con un motivo
quizás parecido a este, pero el
destino del narrador, del juglar,
del ficcionador, del gran
mentiroso que vive en el escritor,
es el de crear, a partir de
posibles recuerdos, una realidad
plausible, aunque no real, o no
verdadera. No importa. El
ficcionador sólo despeja , según
requiere, del rudo material de los
hechos, aquel que es funcional a
su discurso. Mi Tolkien y su Bilbo
tal vez no fueran Tolkien y el
Bilbo peregrino y la gran batalla
final en el agua quizás no fueran
el Bilbo de Tolkien y sus
circunstancias, incluso esa
batalla puede ser, en definitiva,
un recuerdo extraviado, pero
necesario para a callar las toses
inquietas y las miradas extrañadas
que se lanzaban, unos a otros, mis
oyentes. Es tan potente y multifacética
el agua que en las diversas
culturas adquiere valores
diversos: Para las culturas
orientales el calor del agua
representa signos de genero
indefectibles: El agua caliente
representa el masculino y la fría
el femenino. Así lo vemos en
Ranma Medio, por ejemplo.
Había
logrado otra vez ese tenso
silencio de la atención llena de
peligros que nos acerca al triunfo
definitivo, como el Bilbo de
Tolkien, sólo para encontrar que
estaban siendo subastados a la
puerta de la tienda todos mis
triunfos: Inesperadamente apareció
ahí Packi, vestida de manera
absurda, con un vestidito de
flores que llegaba escasos centímetros
debajo del vértice de su pubis y
dejaban casi expuestos al frío de
la tarde fría sus pechos pequeños
como limones. Calzaba unos
soquetes (calcetines) que apenas
asomaban de las gruesas zapatillas
y daba la impresión de una pequeña
niña que hubiera crecido tan rápido
que no había tenido ni el tiempo
de mudar la ropa. La acompañaba
la boricua que había degollado,
con un alfanje, al dibujante
compulsivo, en los baños de la
Taberna del Alabardero de Madrid,
arruinando mi primera conferencia.
Entre ambas, y esto fue lo que me
silenció de pronto, estaba la
mujer de los grandes ojos que
abrasaban sin quemar, con su
mirada sostenida y serena. Sus
grandes ojos fijos me atraparon y
dijo algo; pero el sonido de sus
palabras me llegó apenas
silencioso, de modo que no conseguí
oír el rumor de sus palabras. Tal
vez fue una advertencia, quizás
una amenaza, o sólo una invitación:
Nunca llegaré a saberlo. Sin
dejar de apresarme en su mirada,
acercó su boca fina que casi
sonreía, al oído de la boricua y
dejó caer ahí algo que marcó
ese momento. Sus ojos llegaron a
dañarme entonces. Packi alargó
con la mano su oreja izquierda
para saber que confidenciaba esa
mujer, a la que creí entonces que
ya amaba; a la boricua cuyo sino
era el peligro. Cuando terminó de
hablar, tanto Packi como la
boricua la miraron sorprendidas.
Ésta última me dirigió una rápida
mirada aviesa, sentenció algo a
Packi y luego, giró y se fue,
apresurada, hacia el puente del
Emperador Augusto. Ella, aquella
mujer que me había mirado, que me
había hablado sin palabras, casi
sonriendo atravesó la calle y se
perdió tras la puerta de metal frío
del ascensor que se asomaba, extraño,
a la calle. Packi ingresó a la
sala y se sentó en la primera
fila con sus muslos torneados e
inocentes, bronceados y bellos.
Sus moños se agitaron mientras me
saludaba con un guiño. Sin
embargo, sentí que todo ya se había
derrumbado y terminé presuroso mi
disertación, pensando, quizás en
huir de ahí. Recordé, no sé por
que, al perro que insistía en
morderme los tobillos, estúpidamente.
Creí
percibir que los aplausos se
prolongaban más allá de mi
esperanza y, para mi sorpresa,
varios quisieron preguntar sobre
el sentido del agua en diversos
autores que creí fuera de lugar
en este ambiente. Uno de ellos
quería, por ejemplo, saber si el
largo paseo de Stephen Dedalus por
la playa, a orillas del mar, era
un símbolo de redención del
personaje o bien representaba la
pureza que el veía en Irlanda y
otro preguntó que significado tenía
la tormenta y el desborde del río,
para Faulkner, en Mientras
agonizo, toda vez que en Una Rosa
para Emily todo era seco como
cenizas. Finalmente me sorprendió
alguno que recordó una oscura
novela mía en la que llueve
persistentemente desde que el
personaje central es avasallado
por un destino inexplicable. Es
curioso, sin embargo, que una vez
terminada la conferencia, cuando
se ofreció un vino de honor, con
queso y galletitas saladas, todos
se reunieron en un barullo
desordenado a hablar de las
tendencias últimas del cómic o
de literatura fantástica y me
ignoraron por completo. Sólo
Packi se acercó un momento y
dijo: "Ha sido un éxito.
Esperemos que siga así" y
chocó su copa con la mía, antes
de retirarse a departir con el
grupo. Me quedé sólo en un rincón,
paladeando el vino fuerte y áspero,
con carácter pero rudo. Me acerqué
a la mesita en que había quedado
una de las botellas y colmé mi
copa de otra ración de Castillo
de Maluenda del dos mil cinco.
Pensé que tenía más cuerpo que
el cabernet sauvignon de cualquier
marca de las que solía tomar. A
la vez se me ocurrió que el vino,
en especial el tinto, sin ser lo
opuesto, era una antítesis del
agua y muchas veces conjugaba con
ella una dualidad rara: "Y de
inmediato manó sangre y
agua" me dije a mi mismo,
para concluir con otra cita bíblica,
tal como había comenzado.
Cuando
ya no hubo vino, varios, incluida
desde luego Packi, propusieron
terminar el sábado en el Buitaker,
un Pub que había unos pasos más
allá. Al salir vi a don Manolo,
que impertérrito, continuaba
cuadrando la caja con las cifras
de la semana. "¡Buenas
noches!" dije al pasar junto
a él, pero nada más levantó una
mano que movió en espiral sobre
su boina y dijo: "¡Psch!".
Yo di una última mirada al
ascensor junto a las escalinatas
del portal del diez y siete, en la
vereda del frente, con algún vacío
veloz en las entrañas, y después
me alejé hacia el lado del puente
del Emperador, sobre el Huerva,
siguiendo al grupo que se dirigía
al Buitaker. Nos sentamos en
varias mesas que acercamos, para
hacer un solo grupo, que hablaba
en desorden y se comunicaba mas
por intuición que por el
significado de sus palabras. Junto
a mi se instaló un muchacho de
aspecto sorprendido, de ojos
movedizos y de palabras muy
pausadas, que me habló toda la
noche de aquella novela oscura y d
esconocida. Insistía que tal vez
llovía siempre para significar
que la conciencia era una anciana
esquizofrénica: "Eso es
Seresa Almond" concluía cíclicamente,
"por eso él, finalmente la
asesina. De otro modo no se puede
soportar el destino". Por mi
parte, sentía cada vez con más
certeza que aquel perro que me había
acosado los tobillos había sido
un presagio.
Cuando
el adolescente a mi lado, por
tercera vez dijo "Sí. Eso
era Seresa Almond: Un arquetipo de
la conciencia, que no es más que
una anciana esquizofrenica",
se abrió bruscamente la puerta y
entraron tres policías que se
acercaron a nuestro grupo. En
cuanto aparecieron en la puerta
Packi se levantó de su lugar, al
otro lado del grupo y se vino a
sentar en mis rodillas; después
me besó en la boca. Recuerdo que
sus muslos estaban helados, pero
eran muy suaves. Se levantó y me
quedó mirando, con las manos
enlazadas, como si rezara,
mientras los policías se
acercaban. Uno de ellos me aseguró,
mas que preguntarme: "¿Iñaki
Irrizarri?". "Irizarri"
corregí suavizando el acento de
la primera erre, "pero mi
nombre es José Malgrite".
Uno de los que se habían quedado
atrás, de escolta, le sopló:
"Esa tenemos: Era una
chapa". Me extrañó el uso
de la palabra "chapa"
que usan los rufianes en mi tierra
para aludir al nombre de batalla
en el hampa. "Es mi seudónimo
literario" dij e casi con
dolor, más que por el desprecio
que importaba el uso equivocado,
que por la equivocación misma.
Packi, con las manos enlazadas
ante la boca me miraba angustiada
y perpleja, pero algo en ella
trasuntaba cierto cargo de
conciencia. El policía que me
interrogó me dijo, casi con
violencia: "Tendrá que
acompañarnos al cuartel" y
me tomó de un brazo con cierta
brusquedad. Packi comenzó a gemir
y noté que los moños le
vibraban, pero sólo lograba
pensar en qué tan fríos tenía
los muslos. Cuando el policía me
tiró del brazo lo aparté casi
con decisión: "¿Cuál sería
el motivo?" pregunté mirándolo
directo a los ojos. "Se le
acusa de haber degollado con un
alfanje al dibujante de
caricaturas Hernán Otaiza, el día
quince de abril de dos mil seis,
en los baños de mujeres de la
Taberna del Alabardero en
Madrid". "Eso es una
calumnia" protesté.
"Todos saben que fue la
boricua". "Pues lo
aclara en el cuartel" dijo, e
hizo una seña a los otros dos.
Entre todos me llevaron a la
rastra y me s ubieron en un furgón
de la policía que partió rápido
por el puente del Emperador
Augusto, ululando sirenas
escandalosas. No sé exactamente
donde me llevaron, creo que estábamos
a corta distancia del estadio de
la Romareda, pues al día
siguiente pude oír gritos y vítores
a unos trescientos metros. Ahí me
metieron en un calabozo hasta el
lunes por la mañana. Cuando me
bajaron del furgón, al pasar por
las oficinas, pude ver a la
boricua que conversaba con un
policía muy moreno y de cejas
espesísimas. Sin duda ella le
coqueteaba y él sonriendo clavaba
sus ojos, de ratón, en el escote
generoso de su blusa. Ella, a su
vez, nos miró de reojo al pasar.
El
pudor y la vergüenza me impiden,
me dificultan relatar los sucesos
desde la noche del sábado a la mañana
del lunes. Sólo diré que casi no
tienen importancia alguna y
mientras escribo me pregunto por
qué será que uno tiende a
sepultar las experiencias
vejatorias en lo más profundo de
la conciencia, incluso si son
producto de la injusticia. Muchas
veces creo que esta actitud
avergonzada es la que ampara la
sobrevivencia del abuso de
autoridad en la sociedad. El lunes
por la mañana me sacaron del
calabozo, un policía de mayor
rango con otro sin grado alguno,
que llevaba arrastrando mi
equipaje. El policía de mayor
rango me dijo, como quien reza una
oración: "Señor Malgrite, o
Irizarri o lo que sea: A las tres
de la tarde sale, de Madrid
-Barajas, un vuelo en el que usted
deberá embarcarse, que le llevará
de vuelta a su país. Al ingresar
a la plataforma de embarque se le
devolverá su pasaporte, sin
embargo podrá viajar hasta el
aeropuerto con este
salvoconducto". Me extendió
un formulario que había sido
llenado en una máquina de
escribir Underwood de teclas
redondas. Lo reconocí por el
tipo, en especial la ge, característica
de aquellos modelos arcaicos. Sin
embargo, no me dio tiempo de
leerlo y sólo me condujo a un
furgón que me llevó hasta
Delicias donde me dejó arriba del
bus, "gentilmente pagado por
el gobierno autónomo" según
dijo. En el camino a la estación
de buses leí el salvoconducto.
Decía: "Permítase libre tránsito
para trasladarse al aeropuerto de
Madrid-Barajas al portador del
presente Salvoconducto, ciudadano
chileno, don Iñaki Irizarri,
también José Malgrite, cuyo
pasaporte a este último nombre le
será devuelto al ingresar a la
zona internacional del Terminal T4
satélite" y especificaba la
fecha y hora en que debía
embarcar, con cargo a mi propio
pasaje de retorno. Llenado a mano
con letra pesada, sobrealzada y
lenta agregaba "Válido hasta
el 28 del presente". Había
una firma ilegible que no dejaba
leer con claridad el nombre, qu e
quise interpretar como "Cap.
José de J. Moraleda de Otárola",
pero esto es sólo una suposición.
Finalmente del mismo puño y letra
decía "Doy Fe". Ya en
casa, en Santiago, pude verificar
que habían revisado mi portátil
y copiado varios archivos, entre
los que se encontraban "La
conferencia" que relata la
primera conferencia en Madrid y
"La otra conferencia"
que relata mi experiencia en el
metro de la misma ciudad y de lo
que entonces sucedió, el año
recién pasado.
Cuando
el bus salió de su andén, logré
distinguir entre la gente que se
despedía de quienes viajaban, a
la boricua que sonreía aviesa,
con los brazos cruzados sobre el
pecho. A su lado Packi saltaba,
haciendo señas sonriendo, a pesar
de cierta compunción evidente en
su actitud. Cuando saltaba, sus moños
y sus pechos lo hacían al mismo
ritmo pero de manera inversa: Unos
subían mientras los otros
bajaban. Reflexioné que, si bien
sus senos eran algo pequeños,
como limoncitos, habrían cabido
con comodidad y precisión en mis
manos, entonces me dije que
seguramente serían gratamente
tibios, al contrario que sus
muslos. Al otro lado de la boricua
estaba esa mujer, la del ascensor
del diez y siete, que sólo me
miraba con una semi sonrisa
dibujada en su boca fina. Sos ojos
fijos y serenos me abrasaron sin
quemar, con infinita calma, casi
quise pensar que con ternura;
hasta que su figura se perdió en
el pasado y se imprimió en el
recuerdo. Sólo por eso, esta
conferencia ya h abría valido la
pena.
Kepa
Visita
desde aquí el sitio de Kepa