©Miguel
Angel Marín Uriol
ATHOS
1986
Nunca
ausente la voz pues he vivido
Me
alumbra con sigilo un alba muda,
escarchada
de pájaros y flores,
como
una luz que pasa y se hace
estrella
para
hundirse en la niebla prodigiosa
de
las miradas leves, que no bastan
a
este sueño irreal por lo vivido.
Inconsciente
me humillo y beso rostros
con
el altivo gesto de los árboles,
póstuma
opacidad de mi condena
tan
próxima al final, a una aventura
fulgurante,
de espaldas a esta ruina
fingida
de sonrisas, tan lejanas…
Para
seguir andando necesito
otro
trago y las cumbres, otra nieve
en
un llanto estrenado, esta noche
temblorosa
de soledad inmóvil
por
la muerte desnuda de los cielos
sin
luna, en las almenas del crepúsculo.
Aún
deseo volver, beber la espuma
de
este falso sabor que me apasiona,
y
esta nada sangrante, tan vacía
de
los ecos ahogados por un viento
oculto,
en las tinieblas del ingenio
y
rituales turbados del asombro.