Tras
tres luces…
Tras
tres luces,
salgo
del refugio de
los
artistas limeños…
con
el cielo oscureciendo.
Tras
tres luces…
voy
a bordo de un bus
a
20 Kilómetros por hora.
Tras
tres luces…
sólo
quedan 30 minutos
para
llegar a casa.
Tras
tres luces
y
por la ventana…
los
parpados recorren
la
ciudad entera.
Tras
tres luces…
un
poste,
dos
postes
árboles
casas…
Tras
tres luces…
más
postes
más
luces
gentes
árboles
casas…
Tras
tres luces…
luces
luces
luces.
Tras
tres luces…
el
sueño me lleva a casa.
Tras
tres luces…
despierto,
llego;
diez
largos minutos
a
bota por un camino
recto
y oscuro.
Bajo
mil lucecitas…
la
puerta está cerrada.
Y
lo abre un arrebato
desde
adentro,
ajeno
a mi.
Se
apagan las luces.
Doncel
expiación
No
bastan catorce soplos
para
esperar a que una estrella
te brille,
y
apagues la dulce melodía
que
guarda la rabia contenida
y
la impotencia de decir:
¡Los
odio!...
los
amo…
No
bastan catorce soplos
para
tener la luz apagada
y
te cobijes entre ella
y
te abraces
con
sus toques únicos de
soledad,
a
donde te lleva, la no
compresión…
No
bastan catorce soplos
para
rebelarse contra el
cansancio,
esa
que deja a medias la
manivela
de
la música suave, leve,
melodía
dulce que duerme…
ahora,
contigo.
No
bastan catorce soplos
para
que una estrella te brille,
en
el silencio violentado,
después
del grito apaciguado.
Autob
ús
Tus
niñas piernas,
tus
negros brazos,
tu
elevado andar,
tu
galante ocasión,
tus
horas segundos.
Adiós…
Plebeya
del humo
Qué
miras niña,
tornada
tú…
sorprendida
tú…
Revuelcas
tus uñas entre las rejas
y
rondas mi humo
y
mi sólida sugestión de
drama.
Te
ubicas sin ánima
y
con prenda rosa…
apuntas
tu punta y olfateas.
Y
como servidora de fábula,
contemplas
humilde el hálito tóxico
que
marinamente sale de mi boca.
Qué
miras niña;
no
sabes acaso,
que
la peste del cáncer,
disminuye
la vitalidad de tu aire.
Qué
miras niña;
no
sabes que vigilar a una
fiera
enjaulada,
es
por momentos inútil.
Qué
miras niña,
qué
miras…
En
el aislamiento
Si
no tuviera que matarte,
te
amaría.
Si
no tuviera que ahorcarte,
te
amaría.
Si
no tuviera que devorar tus
entrañas,
te
amaría.
Si
no tuviera que violarte,
te
amaría.
Si
no tuviera que romperte las
piernas,
te
amaría.
Si
no tuviera que mirarte
ausente,
te
amaría.
Si
no tuviera que odiarte con
tanto asco,
realmente,
te amaría…
Menguando
un alma..
.
La
visión palpitante...
el
techo borroso...
Es
el miedo del alma doble,
que
se aleja
y
concibe en arroyo rojo
a
la muerte.
Padre
nuestro en boca atea:
un
recurso de perdón y salvación,
pero
ni aun así
el
vientre al dolor
no
pelea...
¿Qué
pude haber hecho
para
que el agua limpiadora,
no
se lleve los restos de una
parte
que
de a pocos amé?
Débil
al deseo y a la vida,
con
el silencio al lado,
termina
todo con
una
sonrisa y un beso...
Al
final concluyo:
“Qué
miserable aventura.”
Tumba
blanca bajo el brazo
Niña
cándida,
que
desmiembra
sus
piernas
con
cada salto.
Niña
dulce,
que
desnuda
su
sexo bajo mis manos.
Niña
bella,
de
corto cabello
y
piel tibia;
desenvuélvete
en
mi
cuarto,
que
tapo tu boca y
ausento
tu mente.
Su
alma fluye
en
el limbo;
su
madre solloza
allá
lejos…
debajo
de una flor.
Niña
ida,
tumba
blanca bajo el brazo,
no
llores
que
te despido,
te
beso,
y
te rezo.
Y
ahí va…
Y
ahí va ella…
simple
y blanca,
como
una niña
pidiendo
ser grande.
Tantas
veces pura,
tantas
veces violada,
tantas
veces oculta.
Cuando
nadie quiere tocarla,
cuando
nadie puede
alcanzarla.
Lima
sin angustias
La
ciudad Lima.
“Extraña”
En
extremos es desnuda y seca,
y
su centro absorbente…
Tiene
el velo que la protege
de
falsas esperanzas,
y
da nota del desaliento
que
termina siempre desafiando
al
poder de Dios
en
el corazón humano.
Lima
no es triste, sólo
discreta;
no
se pinta como ramera,
de
colores frutales ni amarillo
chillón.
Mas
bien despliega
su
capacidad de difuminar
los
dolores del alma,
y
la alegoría de los cuentos
felices.