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  De amigos, genios y musas... 

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Lima sin agustias

Poemario 

    ©Lucevan vagh Owen Berg

 

Tras tres luces

 

Tras tres luces,

salgo del refugio de

los artistas limeños…

con el cielo oscureciendo.

 

Tras tres luces…

voy a bordo de un bus

a 20 Kilómetros por hora.

 

Tras tres luces…

sólo quedan 30 minutos

para llegar a casa.

 

Tras tres luces

y por la ventana…

los parpados recorren

la ciudad entera.

 

Tras tres luces…

un poste,

dos postes

árboles

casas…

 

Tras tres luces…

más postes

más luces

gentes

árboles

casas…

 

Tras tres luces…

luces

luces

luces.

 

Tras tres luces…

el sueño me lleva a casa.

 

Tras tres luces…

despierto, llego;

diez largos minutos

a bota por un camino

recto y oscuro.

 

Bajo mil lucecitas…

la puerta está cerrada.

 

Y lo abre un arrebato

desde adentro,

ajeno a mi.

 

Se apagan las luces.

 

  Doncel expiación

 

 

No bastan catorce soplos

para esperar a que una estrella te brille,

y apagues la dulce melodía

que guarda la rabia contenida

y la impotencia de decir:

 

¡Los odio!...

los amo…

 

No bastan catorce soplos

para tener la luz apagada

y te cobijes entre ella

y te abraces

con sus toques únicos de soledad,

a donde te lleva, la no compresión…

 

No bastan catorce soplos

para rebelarse contra el cansancio,

esa que deja a medias la manivela

de la música suave, leve,

melodía dulce que duerme…

ahora, contigo.

 

No bastan catorce soplos

para que una estrella te brille,

en el silencio violentado,

después del grito apaciguado. 

 

  Autob ús

 

Tus niñas piernas,

tus negros brazos,

tu elevado andar,

tu galante ocasión,

tus horas segundos.

Adiós… 

 

  Plebeya del humo

 

Qué miras niña,

tornada tú…

sorprendida tú…

 

Revuelcas tus uñas entre las rejas

y rondas mi humo

y mi sólida sugestión de drama.

 

Te ubicas sin ánima

y con prenda rosa…

apuntas tu punta y olfateas.

 

Y como servidora de fábula,

contemplas humilde el hálito tóxico

que marinamente sale de mi boca.

 

Qué miras niña;

no sabes acaso,

que la peste del cáncer,

disminuye la vitalidad de tu aire.

 

Qué miras niña;

no sabes que vigilar a una

fiera enjaulada,

es por momentos inútil.

 

Qué miras niña, 

qué miras… 

 

  En el aislamiento

 

Si no tuviera que matarte,

te amaría.

 

Si no tuviera que ahorcarte,

te amaría.

 

Si no tuviera que devorar tus entrañas,

te amaría.

 

Si no tuviera que violarte,

te amaría.

 

Si no tuviera que romperte las piernas,

te amaría.

 

Si no tuviera que mirarte ausente,

te amaría.

 

Si no tuviera que odiarte con tanto asco,

realmente, te amaría… 

 

  Menguando un alma.. .

 

 

La visión palpitante...

el techo borroso...

 

Es el miedo del alma doble,

que se aleja

y concibe en arroyo rojo

a la muerte.

 

Padre nuestro en boca atea:

un recurso de perdón y salvación,

pero ni aun así

el vientre al dolor

no pelea...

 

¿Qué pude haber hecho

para que el agua limpiadora,

no se lleve los restos de una parte

que de a pocos amé?

 

Débil al deseo y a la vida,

con el silencio al lado,

termina todo con

una sonrisa y un beso...

 

Al final concluyo:

 

Qué miserable aventura.” 

 

  Tumba blanca bajo el brazo

 

 

Niña cándida,

que desmiembra

sus piernas

con cada salto.

 

Niña dulce,

que desnuda

su sexo bajo mis manos.

 

Niña bella,

de corto cabello

y piel tibia;

desenvuélvete en

mi cuarto,

que tapo tu boca y

ausento tu mente.

 

Su alma fluye

en el limbo;

su madre solloza

allá lejos…

debajo de una flor.

 

Niña ida,

tumba blanca bajo el brazo,

no llores

que te despido,

te beso,

y te rezo. 

 

  Y ahí va…

 

 

Y ahí va ella…

simple y blanca,

como una niña

pidiendo ser grande.

 

Tantas veces pura,

tantas veces violada,

tantas veces oculta.

 

Cuando nadie quiere tocarla,

cuando nadie puede alcanzarla. 

 

  Lima sin angustias

 

 

La ciudad Lima.

 

“Extraña”

 

En extremos es desnuda y seca,

y su centro absorbente…

 

Tiene el velo que la protege

de falsas esperanzas,

y da nota del desaliento

que termina siempre desafiando

al poder de Dios

en el corazón humano.

 

Lima no es triste, sólo discreta;

no se pinta como ramera,

de colores frutales ni amarillo chillón.

 

Mas bien despliega

su capacidad de difuminar

los dolores del alma, 

y la alegoría de los cuentos felices.

 

 

 

 

 

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