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  De amigos, genios y musas... 

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¡Anda suelto Satanás!

 

© Javier Bellosta

 

 

El rostro del guarda jurado que yacía inane en suelo de la administración de loterías de la Calle San Braulio mostraba la huella de un horror insufrible. Acababa de desplomarse como si un rayo lo hubiera fulminado.

 

¡Anda suelto Satanás!

 

En el ambiente percibo el hedor del chivo lúbrico que ha subyugado a su rival y se apresta a tomar su carnal trofeo. El tufo del vencedor -no por su fuerza sino por su lujuria- que se dispone a gozar su botín de hembras todavía dolido por los golpes de la refriega.

 

De niño había olfateado ese olor que se ha enquistado en mi cerebro. A veces, cuando fornico como una bestia se reproduce en mi mente y me hace gozar animalmente.

 

¡Anda suelto el Gran Cabrón! ¡Sabía que olía así!

 

Había entrado a la administración atraído por un esta noche BOTE de diez millones de euros. La mala marcha de mis negocios, el derrumbe de la bolsa, las pensiones a mi exmujer … me habían conducido a un deplorable estado de ruina. Iba a apostar mi resto a ese maldito bote de diez millones.

 

Un hombrecillo insignificante vestido con una gabardina gris que casi le tapaba los pies estaba frente a la ventanilla. Tras él aguardaba su turno una mujer rolliza cargada con tanta chatarra que habría hecho saltar la alarma de un arco detector con tan solo acercarse.

 

Rebuscaba en mis bolsillos el montante de mi ridículo capital cuando el hombrecillo de la gabardina dejó su puesto a la gorda. De su bolsillo cayó un boleto. Un sonrosado boleto.

 

Con disimulada impaciencia me disponía a ir a por él cuando el guardia de seguridad, un hombre recio camuflado tras un mostacho azabache, puso su zarpa, oculta por una bota militar, sobre el delicado papelito. Simuló apretarse las hebillas y lo recogió. Se fue, si dejar de mirarme, hacia la esquina y contempló su trofeo. En su semblante se dibujó la decepción: ¡no estaba sellado!

 

La botija discutía con gritos de cacatúa con la dependienta por no sé qué de los cambios. El guarda se acercó y se unió a la bronca. Por fin la gorda se fue bufando y el jurado sacó de su bolsillo el boleto del insignificante. La dependienta lo selló y él lo puso en el interior del bolsillo del pecho.

 

En ese momento sus facciones se distorsionaron y cayó como un saco desde lo alto de una torre.

 

El Gran Cabrón se había fijado en mi. Sabía que era una presa fácil.

 

Me abalancé sobre el guardia fingiendo darle un masaje cardiaco. Sin ninguna dificultad recogí mi tesoro de su bolsillo.

 

La gente comenzó a arremolinarse en torno a esa masa azul que permanecía inmóvil bajo la ventanilla.

 

Miré un reloj circular que coronaba el dintel cromado de la jaula de cristal tras la que se desesperaba la lotera. Eran las seis y seis del día seis. ¡Como podía ser otra hora!

 

El sorteo era a las nueve.

 

Tenía casi tres horas para pactar con el Maligno

 

¡Qué dulce hedor!

 

 

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