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El rostro del guarda jurado
que yacía inane en suelo de
la administración de
loterías de la Calle San
Braulio mostraba la huella
de un horror insufrible.
Acababa de desplomarse como
si un rayo lo hubiera
fulminado.
¡Anda suelto Satanás!
En el ambiente percibo el
hedor del chivo lúbrico que
ha subyugado a su rival y se
apresta a tomar su carnal
trofeo. El tufo del vencedor
-no por su fuerza sino por
su lujuria- que se dispone
a gozar su botín de hembras
todavía dolido por los
golpes de la refriega.
De niño había olfateado ese
olor que se ha enquistado en
mi cerebro. A veces, cuando
fornico como una bestia se
reproduce en mi mente y me
hace gozar animalmente.
¡Anda suelto el Gran Cabrón!
¡Sabía que olía así!
Había entrado a la
administración atraído por
un esta noche BOTE de diez
millones de euros. La mala
marcha de mis negocios, el
derrumbe de la bolsa, las
pensiones a mi exmujer … me
habían conducido a un
deplorable estado de ruina.
Iba a apostar mi resto a ese
maldito bote de diez
millones.
Un hombrecillo
insignificante vestido con
una gabardina gris que casi
le tapaba los pies estaba
frente a la ventanilla. Tras
él aguardaba su turno una
mujer rolliza cargada con
tanta chatarra que habría
hecho saltar la alarma de un
arco detector con tan solo
acercarse.
Rebuscaba en mis bolsillos
el montante de mi ridículo
capital cuando el
hombrecillo de la gabardina
dejó su puesto a la gorda.
De su bolsillo cayó un
boleto. Un sonrosado boleto.
Con disimulada impaciencia
me disponía a ir a por él
cuando el guardia de
seguridad, un hombre recio
camuflado tras un mostacho
azabache, puso su zarpa,
oculta por una bota militar,
sobre el delicado papelito.
Simuló apretarse las
hebillas y lo recogió. Se
fue, si dejar de mirarme,
hacia la esquina y contempló
su trofeo. En su semblante
se dibujó la decepción: ¡no
estaba sellado!
La botija discutía con
gritos de cacatúa con la
dependienta por no sé qué de
los cambios. El guarda se
acercó y se unió a la
bronca. Por fin la gorda se
fue bufando y el jurado sacó
de su bolsillo el boleto del
insignificante. La
dependienta lo selló y él lo
puso en el interior del
bolsillo del pecho.
En ese momento sus facciones
se distorsionaron y cayó
como un saco desde lo alto
de una torre.
El Gran Cabrón se había
fijado en mi. Sabía que era
una presa fácil.
Me abalancé sobre el guardia
fingiendo darle un masaje
cardiaco. Sin ninguna
dificultad recogí mi tesoro
de su bolsillo.
La gente comenzó a
arremolinarse en torno a esa
masa azul que permanecía
inmóvil bajo la ventanilla.
Miré un reloj circular que
coronaba el dintel cromado
de la jaula de cristal tras
la que se desesperaba la
lotera. Eran las seis y seis
del día seis. ¡Como podía
ser otra hora!
El sorteo era a las nueve.
Tenía casi tres horas para
pactar con el Maligno
¡Qué dulce hedor!
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