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Las hermanas de Licer

 

© María Otal, 2001

 

A la sombra de una higuera

de un pueblo, al atardecer,

se ven sentadas cosiendo

las hermanas de Licer.

Elena, Pepita y Flora,

la más pequeña Isabel

está enfadando a Marina

porque no quiere  coser.

Cinco hijas y una madre,

empeño de varonía,

hace poco vino al mundo

el niño que apetecía.

El mes de abril avanzaba,

Dicen que por la mañana

una cigüeña metió

un niño por la ventana.

Así, Licer, fue a nacer;

contaron a las hermanas

que gracias a esa cigüeña

nació varón en la casa.

 

El padre vuelve del monte

cansado de trabajar,

sus hijas están tejiendo,

cada una con su ajuar.

 

Elena tiene los ojos

dorados como la miel,

sus labios suaves de grana,

de tersa seda la piel.

No conoce ni muchacho

que la pueda pretender

pero ella sigue esperando

y no deja de tejer.

Cose un peinador de raso

para el día de su boda

y unos zapatos con lazo

que no se pasan de moda.

 

Pepita sueña con Dios,

hace tiempo que pretende

ser monja en congregación.

Cabellos negros le caen

como cascada a la espalda, +

brillantes como los ojos

que le dan gracia a su cara;

sigue a la puerta tejiendo,

su pensamiento contento,

borda sábanas de lino

para entregar al convento.

Sus labios como cerezas

mientras cosa, va rezando,

y parece una princesa

a la que están cortejando.

 

Flora de las cinco hermanas

la más bonita ha de ser,

tiene talle de muñeca

en su cuerpo de mujer,

su piel desprende un aroma

que conquista sin querer

y su sonrisa, es del cielo,

el éxtasis del placer,

pero ella es consciente

y aprovecha la ocasión,

deja a un lado a sus hermanas

sin dolor de corazón.

Está cosiendo un corpiño

de blonda y de terciopelo,

que lucirá para el baile,

a juego con su pañuelo.

 

La madre desde lo oscuro

en silencio las espera

¡y que orgullosa se siente

teniéndolas a su vera!

Marina siempre está en guardia,

pendiente de los demás,

es la hermana responsable

por ser la de más edad.

Preferida de su padre

siempre la más singular

mayor en todas las cosas

y con menor libertad.

Mujer de mirada dulce,

que trabaja sin cesar,

al alba todos los días

se tiene que levantar.

Teje delantal de lino

y enaguas de tafetán,

espera casarse un día

para poderlo estrenar.

 

La más pequeña de ellas,

la más mimada, tal vez,

tuvo cerca cinco madres,

la más risueña, Isabel.

Sentada, siempre soñando,

no le gusta la costura;

se empeñan que cosa algo

y la aguja la tortura.

Su carita es una rosa

llena de pecas su tez,

dos ojos como dos soles

que denotan altivez.

Entre un bastidor dorado

con hilos de mil colores

en punto de cruz dibuja

sobre la tela unas flores.

 

La España de aquellos tiempos

reflejada en la costura,

mujeres con ilusiones

de madres en su cintura.

 

Murióse el padre verano

cuándo Licer era un mozo,

se fue al campo y no volvió,

lo encontraron en un pozo

con la cabeza sangrante

y la bota en una mano,

dicen que lo empujó el vino

que una amigo villano.

Licer quedó como amo,

dueño y señor de la casa,

a su encomienda instaladas

una madre y cinco hermanas.

Trabaja de sol a sol

la tierra de sus mayores,

muchas bocas que llenar

a costa de sus sudores.

Ninguna ha encontrado novio

con quien poderse casar

ninguna se va de casa

para crear otro hogar.

 

Sentada para el almuerzo

la madre no desespera

¡Y que orgullosa se siente

teniéndolas a su vera!

 

Cuentan que un atardecer

oculto el sol en la vega

está esperanzo Licer,

una visita que llega,

hablaron por largo rato,

nadie sabe que dijeron,

ni si era hombre o mujer,

conversaron y se fueron

y nadie los volvió a ver

ni juntos ni separados,

ni la huella de sus pies

estaban por delatarlos.

 

La casa viste de luto,

hasta la higuera del huerto

palideció de repente

para ser un árbol muerto.

 

Tres años de negro, negro,

cerradas a cal y canto,

el sol se coló en verano

para olvidarlas del llanto.

Vuelve el color a sus ojos

y sentadas en un banco

las cubre el día de luz

para vestirlas de blanco.

Sigue la madre de luto,

su corazón está herido

por una daga de muerte,

que esta su hijo perdido.

 

Pasa el tiempo lentamente,

así se va marchitando

las ilusiones del novio

que seguían esperando,

ahora ya no son princesas

que tejen a todas horas,

deben laborar la tierra

porque son mujeres todas

y no da para comer

un corpiño o la cruceta

que aprendieron a tejer;

deben terne como meta,

conservar el patrimonio,

igual arar que segar,

al alba salir al campo

y a la noche regresar.

Poco tiempo para el ocio,

cada tarde más cansadas,

si siquiera tienen ganas

de contestar las llamadas.

Son mujeres de su casa,

casa que no tiene hombre

y no pueden permitirse

tirar por tierra su nombre.

 

La madre está en la cocina,

mientras llena una sopera...

¡y que orgullosa se siente

teniéndolas a su vera!

 

Elena ya peina canas

sobre su rostro arrugado,

sus labios cárdenos cuentan

batallas que no ha ganado

y alrededor de la mesa

cuando se sienta a comer,

siente que el plato la mira

como se ve a una mujer.

Llora su alma en silencio

sin importar la razón,

va perdiendo la esperanza

a golpes de corazón

y el marido que ella tiene,

con el que no se casó,

incumple cada mañana

lo que nunca prometió.

 

Pepita sigue soñando

que Dios la quiere con El,

pero el convento ha cambiado

las celdas por un burdel.

Las sábanas que hace tiempo

tejía con tanto anhelo

se florecen día a día

en un arcón sobre el suelo.

 

A pasar de todo, reza,

y no pierde la ilusión

por ver si Dios la desposa

en acto de contrición.

 

Fue Flora la más hermosa

y la de mas merecer

aún se cree una muñeca

en un cuerpo de mujer.

Igualita a sus hermanas

también tuvo que luchar

dejó su afán de marido

por ponerse a trabajar.

Las medidas de su talle

se han visto multiplicadas

y no le cabe el corpiño

en formas tan complicadas.

 

Isabel mueve sus manos

ágiles en la costura

zurciendo las prendas rotas

con impensable soltura.

La altivez que denotaban

sus dos ojos de gacela

ha quedado en el camino

durmiendo sobre la tela.

Ahora no tiene ilusiones

de novios, ya resignada,

con la familia se siente

cada vez más arropada.

 

Marina guarda silencio

mientras trabaja apurada,

su padre le prometió

una boda muy sonada,

de la promesa quedó

en su cabeza ya cana,

la mentira de ser madre

la pasión de ser hermana,

la paciencia que supone

cuidar a la madre anciana

y arañar la tierra pobre

sin pensar en la mañana.

 

La madre cumplió noventa

cansada de tanta espera

¡y que orgullosa se siente

teniéndolas a su vera!

 

Vistió de negro la casa

un día de atardecer,

la mujer quedó dormida

y no tuvo amanecer.

Cinco flores ya marchitas

junto a la tumba se ven

llorar como cinco niñas

que su supieran que hacer.

 

Solas viven en la hacienda,

ya nadie las ve salir,

el tronco de aquella higuera

rumorear su existir.

Solas viven en la hacienda,

y nadie las ha visto entrar,

el tronco de aquella higuera

les prometió silenciar.

 

Dicen que no ven el sol,

que habrán cumplido los cien,

y que a pesar de la edad

aún se defiende muy bien.

 

Cinco fantasmas habitan

y aunque no se dejen ver

cuentan que en lasa andan

las hermanas de Licer.

 

 

 

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