Reservados los derechos de autor

 

  De amigos, genios y musas... 

      volver al inicio                                    volver 

 

Tras los visillos

 

© María Otal, 2001

 

        Samilia es una mujer negra, negra como el hollín. No es marrón, hay muchos que se dicen negros y sólo son de un marrón oscuro, como el chocolate con leche, pero Samilia es negra, negra como la noche sin luna, de ése negro que parece betún y siempre te da la sensación de que vaya a desteñir si lo tocas. Ella está orgullosa de su color; siempre dice que la madre naturaleza la obsequió como a una princesa, con un color “Real”, que ni siquiera necesita cambiar el tono de su piel para sentirse atractiva. Dice, que su cuerpo desnudo invita a lamerla, como se lame el chocolate, con fruición.

 

         A Samilia le gusta madrugar, a las seis de la mañana se levanta religiosamente todos los días del año, haga frío o calor, sea verano o invierno, trabaje o no, y con su contoneo negro recorre toda la casa para dejarla limpia, relimpia, como es ella, una mujer extremadamente pulcra, hasta la obsesión.   A las seis y media, con la sonrisa en los labios, cierra la puerta de su casa, con el mismo gesto saluda al anciano del tercero, que no puede dormir y se pasa la noche vagando por la escalera, le da ánimo y le acaricia el rostro con su manaza negra. Si, porque Samilia es una mujer grandota, africana, una mujer con caderas y tetas grandes, una mujer de formas rotundas.  Inmigrante, ni siquiera su acento la delata, está tan aclimatada al paisaje y a la gente que su color parece una broma, su aspecto negro es un disfraz que confunde a quien la trata por primera vez.  Vive sola. No se le conoce ninguna compañía, ni masculina, ni femenina; sin embargo,  su hogar es la casa de vecindad, la casa donde todos los habitantes dejan parte de sus emociones, bien contando sus penurias, bien compartiendo gozos, y ella, es el pañuelo que enjuga tanta cotidianeidad.

 

         Tiene un trabajo, largo y fatigoso, Samilia es una empleada de hogar, una sirvienta con seguro, como ella misma proclama. Trabaja como lo que es, como una negra, de sol a sol, compartiendo miedos con la escoba y tal vez escondiendo lágrimas en el trapo del polvo. Pero no se queja, jamás brotó de sus labios un suspiro o una renuncia. Está contenta, en un país de blancos y con tanto parado se siente privilegiada, no es que su sueldo dé para mucho, pero puede permitirse el lujo de vivir en una casa humilde, y aún ahorra algún dinerillo al mes. Jamás guarda vacaciones, los domingos los dedica a sus cosas, va a misa, pasea por el parque y sueña, como todo el mundo sueña y Samilia se siente parte, muy importante, de ese mundo. Es la clave. 

 

La calle apenas está despierta cuando sale de casa con sus tacones altos y el alegre contoneo de su cuerpo, tiene que andar cuatro manzanas hasta la parada del autobús, en una mano lleva una bolsa del Corte Inglés con su uniforme de trabajo y en la otra un gran bolso de piel negra, regalo de la señora de la casa en la que sirve y que debe tener los mismos años que ella, pero no tiene importancia, a Samilia le hace su papel. No necesita comprarse otro.

 

         A las nueve de la noche, desde el portal de su casa, pueden oírse sus pasos retornando, ya no tienen la elegancia y la soltura de la mañana, son más profundos, más pesados. Oteando el viento se percibe su cansancio, sin embargo, cuando saca las llaves del bolsón, la sonrisa que dibujan sus labios y la amplia abertura de sus ojos indican su felicidad.  Hace girar la llave con pulcritud y se mete en el portal, solitario a ésta hora, la escalera está oscura y su casa la espera... siempre siente lo mismo, todos los días un escalofrío de miedo le recorre el cuerpo en una fracción de segundo, es solo una sensación, un malestar casi imperceptible que apenas mella en su piel, al segundo siguiente, la luz de la escalera le devuelve la placidez y con monótona cadencia  sube escalón tras escalón hasta su hogar. Ya está conforme, hay tramos en que su inmensa sombra juega con ella y la adelanta, y ella se recrea siempre en ese capricho de sombra y realidad.  Abre la puerta y la penumbra la invita a entrar, es su casa, el interruptor está cerca de la columna y con seguridad lo pulsa.  Su hogar, su casa está como siempre, inmaculada, esperándola. Samilia deja sus cosas en el perchero de la entrada y con paso largo se mete en su habitación,  se cambia de ropa y de calzado, las zapatillas de estar en casa son un bálsamo para sus cansados pies, suspira y se dirige a la cocina. Tiene que cocinar, ella misma debe cenar, pero sobre todo la señora del quinto, una mujer medio paralítica, a la que todos los días visita, lleva la cena y acuesta.  Nadie se lo paga, nadie la obliga, pero ella siente que es su deber. Todos los días se cumple el mismo ritual, la pobre espera con impaciencia, cuando oye el timbre las alas de sus pies quieren volar para abrir la puerta, Samilia está acostumbrada a esperar sus pasos lentos, la oye tras la puerta trastear en la mirilla observando la larga fila de marfil blanco. La sonrisa de Samilia es la reencarnación del amor, charla y charla hasta que la buena mujer cae derrotada, la acuesta, la besa como una madre a su niña y regresa a su casa. No hay noche diferente de otra, en la calle del Sol, nº 5, todas son iguales, pero la misma rutina confiere veracidad a la vida de Samilia. Ella cena, ni siquiera se sienta, con el bocado en la boca saca de la bolsa del Corte Inglés su uniforme de trabajo y lo cuelga en una percha para que no se arrugue. Suena el timbre de la puerta y como siempre, imagina el llanto de Dª Adelaida y Don Cosme, que viven en el segundo y se llegan hasta su casa para contarle la sempiterna desgracia de tener un hijo drogadicto, que no los quiere, abre y con la misma sonrisa los invita a sentarse alrededor de su mesa.

 

           -.No gracias, ya hemos cenado, cena tú, cena tú, hija.

 

Samilia cena mientras los abuelos lloran su infortunio con una copita de coñac, que siempre guarda en la alacena para sus huéspedes. No suelen quedarse mucho rato, solo el suficiente para descargar sus viejos corazones y ella, mientras tanto, los consuela y les cuenta historietas que alejan los fantasmas de sus vidas. Solo en una ocasión tuvo en su retina la imagen de ése hijo desamorado y malandrín que los ancianos criaron. Era un día que llovía a mares, se encontró en la escalera con un hombre, ni joven ni viejo, rapado y vestido con ropas militares que subía las escaleras tambaleándose, le chocó  ver una persona nueva en la casa y con ese aspecto. Samilia no era curiosa, pero ese día se quedó a la puerta de su casa observando al individuo. Vio como llamaba en el segundo y como Dª. Adelaida con voz sofocada le decía:

-.¡Hijo mío, ¿por qué vienes a ésta casa si no tenemos nada?.

 

         Apostada en su puerta espero unos instantes, pero no se oyó nada más, el silencio volvió a cubrir la casa y a sus habitantes. No recuerda haberlo oído bajar la escalera, pero indudablemente, se fue. Nunca más ha vuelto a verlo merodear por allí.

 

         Encarna y Maruja son las vecinas del cuarto, también recibe su visita a diario, son hermanas, cuarentonas, aunque su mente no lo acepte, Encarna es la mayor y tiene un pequeño retraso, Maruja hace de madre y la cuida y protege como tal. Sus risas cuando bajan por la escalera se dejan oír en toda la casa y dan vida y color a las horas pre-nocturnas. Llaman con los nudillos, deprisa, como si el tiempo les pisase los talones, Samilia abre la puerta con su eterna sonrisa que no deja entrever el cansancio y les ofrece café. Maruja fuma como un carretero, tal vez con el humo,  como dice la canción, se siente relajada y segura. Gritan, bailan y hacen que Samilia les riña, a diario participa de ese ritual casi infantil. Le cuentan amoríos que siempre son inventados, porque la realidad es que nunca salen de casa y nunca conocieron varón alguno. Samilia se siente cansada, su carota negra está rodeada de profundos surcos sombrilíneos. Es muy  educada, casi demasiado, no demuestra su cansancio a sus amigas, ellas siguen y siguen alborotando en la casa. Apaga la luz de la cocina y el reloj de cucú, que cuelga de la pared del salón, canta la media para las doce, Samilia como incrédula mira su reloj y un gran bostezo inunda la habitación. Se despiden, la comen a besos y ella las acaricia gentilmente, abre la puerta y suben los peldaños de dos en dos.  -¡Hasta mañana!-, sus voces cantarinas se oyen en toda la casa. -¡Por fin sola!-. Se sienta en el sillón derrengada, no puede ni con el pelo, solamente pretende ponerse su blanco camisón y acostarse. Cuando la cabeza, llena de trenzas interminables, se apoya sobre la almohada, siente una sensación tan placentera que parece olvidar hasta su tierra, lo lejos que se encuentra de ella y el terrible silencio que provoca la soledad. No le da tiempo. Se duerme irremisiblemente.

 

         Samilia a sus cuarenta y siete años todavía se siente atractiva, no sólo la miran los negros (que ciertamente, cada vez hay más) por la calle, sino que, también los blancos vuelven la cabeza a su paso. Tal vez sea por su estatura, o por esos labios gordos como un clavel reventón que acompasan de tan buena forma a unos ojos miel, enormes y un poco saltones que todavía redondean más su rostro, o sus grandes pechos, puntiagudos y rectos que parecen elevarse para mirar al cielo, o sus caderas hermosas y llenas como un cántaro. No lo sabe.  ¿Será su color negro

 

         No se conoce nada de su vida anterior, ella jamás lo cuenta.

 

         Hoy es un día más, un día en el calendario, sin número, para pasar inadvertido. La vida sigue su inagotable volteo y la primavera espera agazapada en el rellano de la escalera. Si, hoy es martes, un martes sin pena ni gloria, un martes que nunca pasará a la historia.

 

         Samilia está en su casa colgando en el perchero la ropa de trabajo. Suena el timbre, con sonrisa amplia abre la puerta y recibe el saludo de su visita.     

 

-.¡Hola Samilia, parece que se retrasa la primavera este año, no?. 

 

–Todavía es pronto Don Cosme, pasen y tomen asiento, ¿qué cuenta hoy Dª. Adelaida?.

 

No han terminado de sentarse cuando vuelve a sonar el timbre de la puerta.

 

-.Perdón. Dice Samilia y apresuradamente acude a abrir; se encuentra delante de un hombre de aspecto desaseado, huele a alcohol y la mirada parece extraviada. Sin mediar palabra, la empuja y con gesto amenazador se acerca hasta la anciana.

 

-.¡Por favor Juan vete, sabes que ya no nos queda nada!

 

-.¡Vieja bruja!. Ahora veras.

 

 Don Cosme se levanta de la silla y se interpone entre las manos de su hijo y su esposa, pero sus fuerzas frente a las del joven son pocas y unos garfios parecen oprimirle el cuello, las manos siguen aprentado... Samilia reacciona, coge el cenicero de cristal que descansa sobre la mesita y con toda su fuerza lo estampa en la cabeza del hijo. La respuesta no se hace  esperar, deja en libertad el cuello de su padre, que tiene que sentarse respirando con dificultad, y se vuelve furiosamente, con brutal energía la coge por los hombros, la zarandea y medio en volandas la tira al suelo. Un golpe seco y nada más. Silencio. El hijo mira a sus padres temblorosos y sale corriendo. Dª. Adelaida llora desconsolada, se acerca a Samilia, que sigue en el suelo, y se agacha junto a ella.

 

-.No mujer, no toques nada. Es nuestro hijo, ¿no te das cuenta?. ¡Maldita sea!

 

Coge de la mano cariñosamente a su esposa y sacando fuerzas de flaqueza, abandonan la casa. No cierran la puerta, la dejan entornada.

 

La escalera está silenciosa como todos los días, silenciosa y oscura. Las dos hermanas bajan riendo y jugueteando, ante la puerta de Samilia se callan sus voces, hay algo que no encaja ¿porqué está la puerta abierta?, entran hasta el saloncito. Allí, en el suelo, inmóvil, esta la mujer negra. Descuelgan el teléfono y llaman al 112.  Mientras esperan el socorro, arrodilladas junto a ella, desconsoladas, lavan con sus lágrimas el chorrito de sangre que aparece en la comisura de sus labios, la cubren de besos, y le hablan de su cariño. 

 

Dos enfermeros levantan el cuerpo y lo alojan en la camilla.

 

-.¡Vamos, vamos, está muy mal herida, dejen paso señoras, por favor, dejen paso!. ¡Hay que llegar al hospital cuánto antes!

 

Mientras, en el segundo piso, tras los visillos, se dibuja la silueta de dos viejos

rezando de rodillas a su Dios.   Al Dios de los inmigrantes.    Al Dios de los negros.

 

 

                       DESIDERIA  SEINA

 

 

 

  Reservados los derechos de autor

      volver al inicio                                    volver