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Poemario

 

© María Otal, 2001

 

  

NO ME PERDONES

 

 

No me perdones, amor,

no me perdones…

 

Déjame extrañarte

siete días por semana

sabiéndote mío.

 

Déjame sedienta

con la abundancia

del cauce desbordado.

 

Déjame hambrienta

con las viandas expuestas

en la vitrina.

 

Déjame ausentarme

con la distancia prohibida

del hijo pródigo.

 

Pero no me perdones, amor,

no me perdones

hasta que no sepa

contar las estrellas

de una en una.

 

                   

 

      IMPERDIBLEMENTE

 

 

Sus ojos cierran relámpagos.

Del ímpetu del fuego

a la quemazón del hielo

hay una insignificante línea fortuita

donde uno aprende a convencerse.

Del sueño finito, las raíces

juegan con su pecho de hojalata

que parece destruirse…

Ave Fénix de ida y vuelta,

imperdiblemente exacto;

fiel como el propio latido.

 

     

 

QUIERO SER COMO TÚ  

 

 

Señor, tú que me has relegado

como a muchos otros…

a tantos como pasan a mi lado

y no reconozco,

ni siento, ni acompaño,

ni siquiera miro.

 

Déjame una señal

para ser como tú,

para hablar como tú,

olvidar como tú;

una muestra de tu existencia,

una sombra tenue de la figura mística

de tu cuerpo mortal.

 

Déjame escuchar, Señor, tu voz,

la que nunca me habla

y sé tú, quién implore

el respeto que debo a mis semejantes,

aquéllos que me humillan a diario

con sus guerras infames,

con sus muertos valientes,

o ese trozo de pan

que se seca y lo comen los cerdos,

mientras gana la hambruna

territorios inmensos.

 

Déjame una señal

para estar como tú,

para callar como tú,

para dormir como tú…

una razón simple para cerrar los ojos

sin remordimiento,

para esperarte, si es que eres, sin desilusión

y cruzar esa línea infinita

que trazaste en el tiempo.

 

…¡Y creerte, Señor,… y creerte!

 

Porque es triste mirar hacia arriba

y estar solo;

volver los ojos

y seguir estando solo…

No hallar respuesta, ni calor,

que repare los miedos

que me impiden hablar.

 

Quiero sentir como tú,

soñar como tú,

amar como tú.

 

Tal vez si lo logro, ese día,

aprenda a rezar.

 

 

 ****

 

 

Los días que se tuercen

parecen imperfectos.

 

Como un rosario

al que le faltase un misterio

o aquél pluviómetro

sin escala.

 

No es difícil encontrarlos

todos tienen un mismo desvarío,

son días impuros,

impíos,

imprevisibles,

días inmensos,

inmersos en la vorágine

de lo imposible.

 

Acaso,

 ¿tú no los conoces?

 

                                 

 *****

 

 

 

Acaso los caballos huyeron en la noche

encontrando las trabas de su melancolía,

acaso los guijarros que rompían los cascos

fueron simplemente polvo en las crines

del paisaje obligado en la huída.

y los golpes del peso

traqueteo indomable del hierro y la piedra,

el camino una trampa

que dejaba en libertad el relincho;

aunque cuesta creerlo,te digo,

que en el fondo del valle

a través de los montes, se oye un lamento,

que con voz de caballo se propaga

y el eco descerraja en el pecho.

 

 

*** 

 

Quiero querer

como el ombligo quiere

su interior,

siquiera sin pensarlo.

Como se ama

todo aquello que se desea

inalcanzable,

a veces impreciso.

Como se busca

el corazón donde intimida

lo desconocido,

sin fronteras.

Quiero querer

como la nieve quiere

la cima,

aún a pesar del sol.

 

                                     

 

LA VIEJA ALDEA

 

El viento silba, azota los árboles

del huerto detrás de la casa.

No hay gritos de niños huyendo

o jugando a ladrones y jueces

en las callejas de la vieja aldea.

 

La tormenta se acerca deprisa,

el viejo se afana en recoger la silla

que tiene en la puerta.

No es bueno que se moje la anea,

murmura, y se mete con ella.

 

La  vieja, con su andar torpe,

recorre la casa buscando goteras,

después vuelve y se sienta

al amor de la lumbre, en sus dedos

torcidos girando la rueca.

 

Avanza la tarde, los truenos

rompen el silencio que guardan los viejos,

a la luz de las velas se ven

tan sólos, tan pobres, tan indefensos...

Parecen dos seres tan tiernos.

 

Quién sabe la edad que ellos tienen,

nacieron a la par de la aldea,

forman parte de ella y su suerte

es la misma. No pueden, no deben

dejar que se muera.

 

Sentados el uno frente al otro,

la vieja tejiendo, sus manos

siguiendo el girar de la rueca,

el viejo, sentado en la silla de anea,

los ojos perdidos mirando la nada.

 

De pronto, la mirada del hombre

descansa en los ojos de su compañera

y con voz conformada, susurra:

¡Qué poco nos queda, mujer,

 qué poco nos queda!.

 

 

 

 

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