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A Pilar Aguarón © María Otal Ahora piensa en él. Rabiosamente intensa, su piel dormida, dispuesta entre los pliegues del entrecejo, analizando el espacio en blanco y la hora, que se acelera irremediablemente. El tiempo pasa pero no avanza.
Ahora piensa en sí misma, en sus manos desprendidas fugitivas de colores, en sus labios fugaces, mudos, de apretada postura, en su campo de batalla impoluto de heridas insalvables.
La hora sigue su legítima marcha.
Comienza un rodeo de ocres, una fatiga de imaginarios gigantes que aterrizan, uno a uno, en un lugar expreso del lienzo. Esos ojos o, las manos estrepitosas, dejan paso al relax del otoño dónde los sueños vagan convaleciendo sus males. Ya no piensa, ahora admite vivir.
En sus ojos hay luz ambarina y una estrella palpita en su frente cuando dejan, sus manos, definida su obra y una pluma, adivina sin pausa, el rubor que destila y se impregna en el aire.
Ni el reloj, ni la hora, ni el tiempo tienen importancia… ¡Ha nacido de la nada, su obra de arte!
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