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La
jeune fille
En
el año 1972 aquella pequeña ciudad
provinciana, donde yo pasé mi
adolescencia, no estaba preparada para
una visitante con semejante
desenvoltura, sabe Dios de dónde habría
salido y
por qué nos la tuvo que enviar
hasta la ribera del Ebro, pero allí
apareció, detrás de sus padres, dos
franceses rollizos y blanquecinos a quienes
nadie hizo caso porque sólo
había ojos para ella, una adolescente
rubia, alta y de aspecto delicado,
muy pálida, casi translúcida, como
un hada del bosque.
Su
aparición por la piscina municipal
causó un impacto turbador entre la
media docena de cándidos adolescentes
que por ahí se agitaban, que babearon
como niños de pecho en cuanto la
vieron aparecer coqueta y desinhibida
arrasándolo todo con su balanceo y su
mirada de gata francesa. Atraídos
como por un imán, dejaron de enredar y se dedicaron a contemplarla desde lejos
controlando a duras penas el incendio
de sus desentrenadas entrepiernas.
Hacía un calor sofocante, la francesita sabedora
del impacto que estaba causando se
quitó lentamente el mini-vestido y los
deslumbró todavía más con un
sorprendente bikini de hojitas verdes
que eclipsó totalmente a nuestros púdicos
bañadores de una pieza. La jeune
fille
aprovechó para zambullirse,
exhibirse, contonearse y dejarnos a
las demás como lo que éramos unas
timoratas y acomplejadas adolescentes
provincianas.
Pero la suerte justiciera se presentó a la hora
de la siesta, cuando la muy felona se
cansó de alborotar el gallinero, se
tumbó lánguida
en una hamaca de lona, cual si fuera
la reencarnación de la mismísima
Margarita Gautier, los jovencitos no
le quitaban ojo y los más valientes se
fueron acercando para observarla como
quien mira una delicada pieza de
porcelana de Limoges. No
habían pasado ni cinco minutos cuando
se empezó a escuchar una respiración
profunda, que se convirtió enseguida
en un resoplido sordo y acabó siendo
un ruido estruendoso como el silbato
oxidado de una vieja locomotora.
El primero que se atrevió a soltar una
risita fue el desvergonzado Iñigo Ocaña,
luego siguieron otros y ni tan
siquiera las risotadas de todos juntos
fueron capaces de despertarla de su
modorra y de sus ronquidos de caballo...
Cuando se despertó ya ninguno le
hacía coro y jugaban indiferentes a las cartas, como
cada tarde.
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©Pilar Aguarón Ezpeleta
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