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  Los micro relatos de Pilar Aguarón   

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Un mal momento

Julia consideró que Manuel era el hombre de su vida desde que o vio aparecer por el despacho en el que acababa de ser contratada como secretaria. Manuel era uno de los cuatro abogados que trabajaban en la inmobiliaria y aunque Julia no dependía jerárquicamente de él, siempre le dio un trato deferente y más de una vez le sacó de un apuro profesional.   Manuel sólo la veía como la chica eficaz que siempre le resolvía los problemas. En los siete años transcurridos desde entonces la fascinación que sentía por él fue en aumento. Pero ese sentimiento nunca fue correspondido.

Julia fue conociendo las variadas y efímeras acompañantes de Manuel, su casi boda, sus rupturas, sus infidelidades. Asumió conformada el papel de perdedora. Hubiese dado media vida por estar con él aunque sólo fuera una noche, lo deseaba con una desesperación de enamorada pero aún así se hubiese conformado con las migajas... con una invitación a comer, con un regalo por navidad, unas flores por su cumpleaños. Nunca recibió nada.

Quizá porque a veces la vida se dulcifica o la suerte se pone de nuestro lado, el caso es que en las últimas semanas había notado un cambio de actitud en el abogado. Él buscaba su compañía a la hora del café, le alababa la ropa, le preguntaba por sus planes...  Julia se sentía renacer, nunca fue a trabajar de mejor gana, se compró ropa, se maquillaba con esmero, saludaba a los extraños... la vida por fin le sonreía.

Aquella mañana Julia se despertó con una ligera molestia en una muela. Según iban avanzando las horas el dolor se hacía más intenso, punzante y agudo; era un aguijonazo que le atravesaba el oído y le subía hasta el centro del cerebro como una aguja, como un estilete. Ni la sobredosis de calmantes que se automedicó le sirvieron de ayuda.

Tuvo que ser ese malhadado día cuando Manuel recibió una invitación en la que a su nombre se añadía la coletilla de "y acompañante". Con el tarjetón en la mano y su mejor sonrisa se acercó a la mesa de Julia, le enseñó la cartulina y le preguntó :¿Quieres acompañarme?.

Siete años había esperado escuchar esas palabras. Siete años tejiendo sueños y limando frustraciones... y tuvo que ser en ese preciso momento cuando un dolor punzante, agudo y horrible le atravesó como un hierro ardiente desde el centro del cerebro a su maxilar izquierdo, en esa milésima de segundo fue cuando su cerebro tuvo que responder a la invitación de Manuel y mirándolo con la cara desencajada y los ojos irritados le gritó con rabia:

  -¡Vete a la mierda, imbécil!  

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