|
Sueños
de un seductor
En
la planta novena, y supongo que las
demás también, del Hospital Miguel
Servet de Zaragoza, hay un habitáculo
que divide las dos alas de la planta,
con una docena de asientos de plástico
alrededor de una mesita baja. Hay
también dos máquinas expendedoras de
bebidas calientes y frías, donde los
enfermos y sobretodo sus familiares
recurrimos con avidez y adicción para
pasar las tediosas e interminables
horas hospitalarias.
El
otro día fui a sacar mi tercer o
cuarto "cortadito" y vi que en una de
esas sillas estaba sentada una chica que tendría
treinta y pocos años, con su camisón
hospitalario y una batita rosa encima, la
boca y la nariz tapadas con una
mascarilla verde; sólo se le veía
una media melena rubia y unos ojillos
perdidos detrás de unas gafas pequeñitas
de montura azul.
De
repente apareció otro enfermo que
rondaba los 70 años, movía el mismo
su silla de ruedas, era flaco, casi
escuálido, con una delgadez enfermiza
que aún lo parecía más al llevar un
pijama tres o cuatro tallas más
grande que lo que necesitaba. Un
montón de huesos, una nariz
prominente que casi se le juntaba con la
barbilla y unos pómulos hundidos era
todo lo que quedaba de él, si alguna
vez fue algo más que eso, quien sabe.
El
hombrecillo vio a la chica de la bata
rosa y se le debieron despertar sus
viejos sueños de seductor. Dirigiéndose
a ella y sin más preámbulos señalando
a las máquinas le dijo
-Si
quieres tomar algo te invito, ¡eh!
Ella
entre sorprendida y asustada le
respondió con una voz apenas
audible y negando al mismo tiempo con
la mano
–
No, no, muchas gracias.
Pero
el hombrecillo no quiso darse por
vencido tan pronto, cogiendo con su
huesuda y pálida mano un puñado de
monedas que sacó en una carterita
negra, se las mostró y con
entusiasmo de adolescente le insistió
-
Te lo digo en serio, eh, tómate lo
que quieras... ves, ves... ¡tengo
dinero p'a los dos!
Copyright
©Pilar Aguarón Ezpeleta
|