|
El
peso letal del capitalismo
El
ascensor subió silencioso hasta el
último piso. La sala estaba recién
estrenada, todavía olía a nueva. El
suelo entarimado y los muebles
en madera, cristal y
acero. Dos enormes cuadros de un
pintor de moda, que ninguno de los
presentes se acercó a contemplar, y
cuatro grandes maceteros traídos esa
misma mañana del invernadero. Todo
exquisitamente frío e impersonal.
Los seis ejecutivos convocados hacían
juego con el decorado aburrido y
convencional. Uniformados como
colegiales, con sus impecables
trajes azules y sus exclusivas y casi
idénticas corbatas de seda.
Mientras hablaba, por el rabillo del
ojo observó que por el impoluto suelo
caminaba tranquila y majestuosa una
audaz e insensata cucaracha grande,
negra y brillante. El ejecutivo siguió
con su arenga con gesto firme e
indiferente al tiempo que vigilaba la
ruta suicida del insecto. Cuando el
frío gestor calculó que la intrusa
estaba a unos quince centímetros de su
silla, movió la pierna derecha,
levantó el pie apoyándolo en el tacón
y con la precisión de un ensamblaje
espacial dejó caer justo a tiempo todo
el peso de su cuerpo contra la tarima.
Se había hecho el silencio y sólo se
escuchó un mortal y estruendoso "shcrechssssss",
cuando su carísimo zapato italiano
espachurró a la infeliz cucaracha.
Miró por encima de sus gafas al resto
de los presentes, todos le devolvieron
la mirada y algunos una sonrisa
cómplice, de pronto notó un roce en el
antebrazo derecho y escuchó la voz
desganada del Presidente que le decía:
-Prosiga, prosiga...
Copyright
©Pilar Aguarón Ezpeleta
|