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Un
siniestro
destino
Hay
destinos marcados desde antes de
nacer. Todos sabemos que nuestro
bienestar e incluso nuestra dicha
depende de si atinamos a nacer en un
hogar o en otro. No es lo mismo
aparecer en un confortable hogar burgués del
barrio de Salamanca, pongamos por
caso, que hacerlo en una fabela de Sao Paulo o en las Villas Miseria
de Santiago o Buenos Aires.
Y
no te digo nada si estás destinada a
nacer rata, pero no os desaniméis tan
pronto, la historia que os voy a
contar tiene un final feliz.
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En mi barrio han abierto una tienda
"siniestra" habitada por
gentes que parecen los parientes
pobres de la familia Monsters. La
tiendecita es muy, pero que muy
siniestra, toda pintada de morado
oscuro y para darle un toque de color
le han puesto unas cenefas negras a la
altura de los ojos.
A
través del cristal veo a dos siniestras y pálidas
jovencitas con las ojeras, los labios
y las uñas enlutadas, a las que
lamentablemente les falta todo el
glamour siniestro que tenía la
encantadora Lily Monsters,
hasta en los "inframundos" ha habido y
habrá clases.
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La
tienda es tan siniestra que por no
tener no tienen ni clientes, las veo siempre sentaditas en sus taburetes morados, sin nada mejor que hacer
que vivir la fascinante ensoñación
de su siniestra existencia y por lo
que sospecho ajenas a esas cosas que
tanto nos enardecen, no las creo
preocupadas ni por las guerras
olvidadas ni por el hambre en el
mundo, ni saben de banderas, ni les
importa un carajo nada de nada, que ya
llegará la vida y las despertará,
pero seguro que todavía este verano
no será.
Echar
un vistazo al escaparate es uno de mis
pasatiempos callejeros favoritos, ahí
puedes ver unos siniestros monederos
en forma de ataúdes; camisetas que
simulan telas de arañas,
cinturones con hebillas de
calaveras, juegos de ajedrez con
esqueletos por peones y la misma
muerte asida a su guadaña como reina
poderosa.
Pero lo más tierno y
pintoresco que he visto en la tienda
es a un siniestro caballero que ronda
la treintena, pálido, calvo y
ojeroso, con una media barba
pelirroja, que lleva siempre al hombro
una rata blanca, grande y obesa, con
una larga cola rosada.
A simple vista los dos parecen
estar muy satisfechos de su mutua
compañía, la
pasea por el barrio y la luce con
orgullo de padre. A veces el animalito
mueve la cola o levanta la cabecita
para otear el horizonte y olisquear el
ambiente. Cuando no está en el hombro
de su benefactor está en las manos o
en el regazo de una de las pálidas y
enlutadas muchachas, que la acarician y la
miman como si fuera una gatita persa y
el otro día vi como le daban quesitos
y jamón dulce para merendar.
No
sé si esta criatura es
consciente de su afortunado destino y
de la suerte que ha tenido en caer en
las pálidas manos de estos siniestros
de tan buen corazón.
Copyright
©Pilar Aguarón Ezpeleta
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