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Los amores de Marta
Conozco a Marta desde que teníamos seis años. Éramos vecinas de
barrio y compañeras de colegio. Marta
era una niña soñadora y
solitaria, para protegerse del mundo
fingía ser huraña y antipática,
pero no lo era, jamás he conocido a
nadie con un corazón tan generoso y
tan dulce. Cuando teníamos diez años nos preguntaron que queríamos ser de
mayores y ella sin apenas pensarlo respondió: "yo
quiero ser enamorada" y siempre lo
fue.
Nos llevábamos muy bien aunque éramos distintas
en casi todo, yo por aquellos años
era una niña domesticada y tranquila,
Marta un torbellino, a solas estaba relajada y divertida, pero en presencia de
"extraños", entre los que
incluyo a sus propios padres, sacaba las uñas y
bufaba como una gata acorralada.
Cuando miro atrás, los
mejores recuerdos de mi infancia
siempre van unidos a ella, con Marta
fui a vigilar nidos, a cazar luciérnagas,
a montar en bicicleta, a chapotear en
la acequia, a recoger morera para
nuestros gusanos de seda; jugábamos a hacer "comiditas"
con barro, fuimos peluqueras, mamás
embarazadas, princesas, brujas, médicos
y misioneras... y a los once años
empezamos a fijarnos en los chicos, los espiábamos,
los seguíamos entre risas... todo era
divertido y mágico.
Al llegar a la adolescencia la vida nos
separó, nuestros caracteres nos
fueron distanciando, ya no nos
divertían las mismas cosas; cuando
cumplió 17 años entró en una
profunda crisis de melancolía y
espiritualidad y se quiso meter
monja, pero el entusiasmo le duró
poco, sólo hasta que se enamoró de
su capellán y tuvo la osadía de
confesárselo, así que la
"invitaron" a salir por el
mismo camino por el que había
entrado. Esa afición por las
sotanas le duró un largo tiempo, la
condición de sacerdote hacía que
cualquier hombre, por vulgar que
fuera, le produjera una atracción que
yo nunca fui capaz de entender. Alguna
vez intenté esbozar alguna crítica
o malgastar un consejo, pero nunca me hacía
caso, se revolvía airada y acababa
lanzándome a la cara un "pues
anda que tú", así que
desistí y me limitaba a escuchar sus
lamentos y a curar sus heridas cuando volvía
maltrecha y con las orejas
gachas. Casi sin quererlo, que ella
lo evitaba para escapar de mis
reproches, le fui conociendo uno tras
otro y en una docena de años un puñado curas-amantes.
Pero está carrera sin sentido sólo la
condujo al desánimo y a la
frustración. Se dejó
llevar, engordó, su
humor se fue agriando, ya no salía
apenas de casa, pasaba los fines de
semana abandonada en
el sofá, y allí tirada con el mando
a distancia entre los dedos ocurrió el milagro. El primero de
enero de 1994 su fascinación por el
sacerdocio dio un giro
extraño, el telediario la sorprendió
con la noticia de que unos dos mil
guerrilleros indígenas encabezados
por un enigmático personaje habían
ocupado cuatro municipios del estado
mexicano de Chiapas al grito de
"democracia, justicia y
paz". Quedó como hipnotizada por
aquel embozado de ojos intensos y palabrería fácil. Durante los
meses que siguieron ya no tuvo otro afán
que saberlo todo sobre aquel nuevo
"místico de la revolución".
Se enteró o se inventó que se
llamaba Rafael Sebastián Guillén, que era hijo de un rico comerciante, que se hizo marxista en la
universidad, que tuvo una novia, que
de pequeño jugaba al fútbol, que se
sabía de memoria párrafos enteros de
las novelas de García Márquez y
tarareaba canciones de Bob Dylan... ¡Se parece al Che y tiene los ojos de
Jesucristo!" me llegó a decir y
se fue tras él.
No intenté persuadirla, al contrario,
casi envidié su valor para seguir la
estela de su sueños, yo ya empezaba a
estar de vuelta de todo e
iba derrochando los míos sin
alcanzar ninguno. Así que al verano
siguiente quemó sus naves y se
despidió del trabajo, yo le ayudé a hacer las
maletas, me
regaló sus discos, repartió sus
libros y se enroló en la primera ONG
que le dio la oportunidad de volar a
Chiapas. Por supuesto en México nada fue como ella había
imaginado, nunca la vida estuvo a la
altura de sus sueños. El guerrillero
resultó ser un machista, pagado de si
mismo, neurótico, celoso y
malpensado... Pero ya no desanduvo el
camino andado, no quiso o no se atrevió a volver ¿para
qué? y allí sigue ayudando en lo que
puede... y perdiendo poco a poco la
fe, las ganas y la vida.
Ya han pasado diez años y ahora el revolucionario le dice que se
vuelva, que ni él ni sus guerrilleros se
hacen responsables de lo que le pueda
pasar, que quieren emprender una nueva ofensiva militar y
temen por las "cooperantes". El dolor de
Marta por el rechazo es más intenso
que el miedo a la propia muerte, sólo
ruega que si todavía existe una pizca
de suerte reservada a su nombre,
quiera Dios que aparezca en forma de
bala en medio del combate.
Copyright
©Pilar Aguarón Ezpeleta
publicado
también en www.microrelatos.com
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