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Café
largo y sin azúcar
El
notario D. Julián Barrena y Casas, es
demasiado serio para creer en el amor,
de hecho ya no cree en casi nada. A
punto de jubilarse es un hombre de
costumbres fijas, desde hace más de
dos años cada tarde de lunes a
viernes, un poco antes de las tres,
entra en la Cafetería Imperial y se
sienta en la misma mesa frente a la
cristalera. Los camareros se encargan
de poner a tiempo el cartelito de
"reservado" porque D. Julián
deja buenas propinas y no quiere otra
mesa que no sea esa.
Hoy llegó
cuando todavía faltaban siete minutos
para las tres, sereno e hierático se
sentó en la silla a observar la
calle, ni siquiera se quitó el
abrigo, el camarero, como de costumbre, le trajo un café largo y sin
azúcar, el notario le dijo un educado
"gracias Paco", pero ni se
volvió a mirarlo. Ladeó levemente la
cabeza para tener unos grados más de
visión y esperó a que apareciera
ella, como cada tarde desde hacía más
de dos años. No sabía ni su nombre,
pero odiaba los días festivos y las
vacaciones que le impedían verla, sin
ella los días eran áridos, largos
y grises.
A las
tres y nueve minutos, la muchacha
apareció por el paso de cebra justo
delante de la cristalera, caminaba
tranquila y despreocupada, ajena por
completo al interés que despertaba.
El notario en cuanto la vio aparecer
sintió que el corazón le latía más
deprisa, sintió calor y frío, sintió
un amago de fuego entre las piernas,
sintió como si todo su cuerpo
rejuveneciera y apretó los dientes y
sujetó con más fuerza la servilleta
que sostenía en su mano derecha y
se aisló del mundo para
concentrarse sólo en ella hasta que
la joven cruzó por delante de la
cristalera y desapareció de su vista.
Él todavía tardó unos minutos en
reaccionar, volvió a revivir toda la
escena, recordó su rostro, su bufanda roja, su bolso
en bandolera, su melena castaña
movida por el viento y su paso firme
cruzando frente a él.
Eran las tres y
diecisiete minutos cuando D. Julián
se levantó despacio, giró la cabeza
para buscar la mirada de Paco y espero
hasta escuchar un servil
-
Hasta mañana, D. Julián
-
Hasta mañana, Paco -respondió
Y
empujó la puerta acristalada, el frío
le sacudió el rostro, hoy tampoco se
atrevió a mirar calle abajo por donde ella
desaparecía cada tarde, se subió el cuello del
abrigo y volvió a su vida. Mientras
se encaminaba hacia su despacho, tres
portales más arriba, volvió a ser el
hombre serio que ya no cree en casi nada y
menos en el amor, pero
le alivió pensar que ya faltaba menos
para que Paco le sirviera un café
largo y sin azúcar... y volver a
verla.
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©Pilar Aguarón Ezpeleta
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