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La
luna de agosto
Dedicado
a mi amigo Alberto Pérez
El
dormitorio apenas estaba iluminado por
la luz de la luna, Alberto se movió
despacio para no despertarla,
el menudo cuerpo de Mariana parecía más hermoso aún en la
penumbra.
Alberto la amaba con locura
y aceptaba de buena gana las migajas
de amor que ella le regalaba cuando
llegaban los calores de agosto,
cuando los niños se iban con
su padre y ella se sentía vulnerable
y vacía.
Entonces
era cuando ella reclamaba los besos,
las caricias y la pasión que
Alberto había ido acumulando en los
largos meses de alejamiento y desdén...
El
joven se levantó despacio y se acercó
al ventanal, en el cielo una hermosa y
redonda luna iluminaba la noche;
Alberto suspiró y recordó que agosto
agonizaba y que septiembre traería junto
a la rutina, otra vez, la indeferencia
y la ausencia.
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Miró
la luna y luego la miró a
ella, la curva de sus nalgas
le salvó de la melancolía y
pensó que no servía de nada
lamentarse, cuando a este agosto todavía le quedaban un par de horas de
luna llena. Se acurrucó a su
lado, la acarició y la amó
hasta la aurora... y sin
apenas darse cuenta amaneció
septiembre.
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©Pilar Aguarón Ezpeleta
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