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La
luna de agosto
Dedicado
a mi amigo Alberto Pérez
El
dormitorio apenas estaba iluminado por
la luz de la luna, Roberto se movió
despacio para no despertarla,
el menudo cuerpo de Mariana
parecía más hermoso aún en la
penumbra, Roberto la amaba con locura
y aceptaba de buena gana las migajas
de amor que ella le regalaba cuando llegaban los
calores de agosto,
cuando los niños se iban con
su padre y ella se
sentía vulnerable y vacía,
entonces era cuando reclamaba
los besos,
las caricias y la pasión que
Roberto había ido acumulando
en los largos meses de alejamiento y
desdén... él se los entregaba sin
pedirle más.
El
joven se levantó despacio y se acercó
al ventanal, en el cielo una hermosa y
redonda luna iluminaba la noche;
Roberto suspiró y recordó que agosto
agonizaba y septiembre traería junto
a la rutina, la indeferencia y la
ausencia.
Miró
la luna y luego la miró a ella, la
curva de sus nalgas le salvó de la
melancolía y pensó que no servía
lamentarse cuando a este agosto todavía
le quedaban un par de horas de luna
llena, se acurrucó a su lado, la
acarició y la amó hasta la aurora...
y sin apenas darse cuenta amaneció
septiembre.
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©Pilar Aguarón Ezpeleta
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