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    Los micro relatos de Pilar Aguarón   

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Treinta años y un día

Pablo llegó a la vida de Teresa en el momento más oportuno para ella, siempre tuvo esa suerte,  su matrimonio hacía aguas y el encuentro con Pablo le sirvió de salvavidas y de consuelo, él sin embargo cometió el error de enamorarse como un adolescente, acababa de cumplir 25 años y todavía relucía su recién estrenado título de ingeniero, Teresa tenía 8 años más, un marido indiferente y dos hijos consentidos. 

Desde que la vio no tuvo otro afán que estar con ella, se encandilaba con sólo mirarla, la buscaba, le suplicaba, aceptaba obediente sus caprichos y sus cambios de humor. Al cabo de un tiempo no le quedó otro remedio que conformarse con pasar a ser el tercero cuando la voluble Teresa se encaprichó de otro, desde entonces, además de compartirla con el marido,  tuvo que "tragar" con su nuevo amante y cuando se cansó de este con el siguiente.

Los meses y los años fueron pasando, ella cambiaba de amantes y su matrimonio acabó perdido entre los sórdidos y empolvados legajos del tribunal de La Rota,  pero ni siquiera entonces Pablo subió en el escalafón, siempre fue un entretenimiento en la vida de Teresa al que recurría cuando le convenía y él, paciente, la esperaba, la aceptaba y la amaba.

El tiempo siempre juega a favor del olvido y los pocos mimbres de esta relación fueron cediendo, cuando ya sólo se sostenía de un frágil hilito, Pablo sintió pánico, temió perderla y  suplicó, se arrastró y mendigó una última cita para la noche en que él cumplía treinta años...

Aquel veinte de mayo Pablo no fue a trabajar, nervioso y emocionado desplegó todos sus recursos, preparó con mimo el encuentro que en su delirio imaginó que cambiaría su vida y  así fue, pero no como él lo tenía previsto. Desde el alba se afanó en adecentarlo todo, limpió piso, lavó los visillos, sacudió las alfombras, preparó la mesa con exquisito detalle, el mantel de hilo, las copas de cristal, compró margaritas para el centro y hasta estrenó una vajilla nueva. Se encerró en la cocina durante horas,  todo para complacerla, para agradarla, para retenerla... no sirvió de mucho, ella estuvo toda la velada amable pero  distante, con el pensamiento en otra parte, incluso durante el desganado sexo que vino después.

Pablo según iban pasando las horas fue palideciendo, apagándose, tan evidente era su desazón que hasta la impávida Teresa se apiadó de él y en un último gesto de falsa condescendencia aceptó quedarse a dormir, pero no supo fingir, estuvo esquiva y el infortunado Pablo sólo llegó a sentir el alma helada. 

A medianoche Teresa se quejó de frío, los brazos de Pablo no le fueron suficiente y  complaciente le prestó  una vieja camiseta, grande, de algodón blanco. Aún no había amanecido cuando ella simuló que se le hacía tarde,  se despojó al mismo tiempo de la camisola y del pasado, como quien se deshace de trapos viejos los arrojó con indiferencia sobre la cama revuelta. Se  vistió deprisa y desapareció escaleras abajo dejando una estela  de perfume en la penumbra de la alcoba. Pablo todavía con los ojos cerrados, estiró la mano queriendo  retener el tiempo abrazando la  ropa abandonada y se desmoronó como una marioneta al darse cuenta que todo había terminado.

Poco a poco tuvo que acostumbrarse a vivir sin ella, se dedicó al trabajo, a ganar dinero, viajó y la buscó en los ojos y en la piel de cien mujeres, pero ninguna era ella. Cambió de hábitos, se compró un piso en el centro, malgastó su dinero y su vida en diversiones huecas y jamás fue capaz de enamorarse de otra.

A su viejo pisito sin ascensor regresaba con frecuencia casi como un autómata,  tocaba los muebles, se empeñaba en convencerse de que todavía olía a ella y cada veinte de mayo volvía a extender aquel mantel de hilo, a  abrillantar las copas y a comprar margaritas para el centro de la mesa, siempre para dos y siempre con una silla vacía. Así con ese ensimismamiento y con esa terquedad pasaron diez, veinte, treinta años.

Aquella noche de mayo después de prepararlo todo con la misma ceremonia monótona y obsesiva cenó como siempre solo, brindó por ella, bebió, lloró y la congoja fue más grande que otras veces, se vio indefenso como un chiquillo; fue entonces cuando se sintió mareado, lo achacó al vino y a los recuerdos; como pudo, tambaleante y aturdido, se acostó en la cama y la buscó entre la bruma, creyó percibir su aroma y fue  entonces cuando un dolor inmenso le atravesó el pecho y un ahogo mortal le arrebató el alma.

Los primeros calores de mayo ayudaron a que el hedor alertará a los vecinos; el barullo, el ir y venir de las escalas de los bomberos y las sirenas de la policía trastornó la aburrida existencia de la barriada obrera.  Los vecinos murmuraban que siempre fue un hombre solitario y extraño, que nunca hizo demasiado ruido y que nadie le conoció visita alguna, pero aseguraban que nunca dio problemas y hasta algunas almas misericordiosas le consideraban un buen hombre.

A media tarde llegaron el juez y su secretario: "debe llevar cuatro días muerto", supuso el magistrado  mientras echaba un vistazo a la habitación, todo parecía en orden, pero el olor a rancio era evidente incluso por encima de la peste que despedían los restos del infeliz Pablo.

El cadáver estaba sobre la cama, con la cabeza ladeada, la boca ligeramente entreabierta, tenía un aspecto dócil y apacible como si la muerte le hubiera sorprendido en el momento justo y casi de mutuo acuerdo... 

-Caramba, ¡cómo está esto de lúgubre!, parece que aquí nadie ha movido nada desde hace  de treinta años- comentó el juez.

-Habrá que esperar a la autopsia, pero este  ha "palmaó" de un infarto, démonos prisa que poco drama vamos a encontrar aquí, lo que sí que hay es mucho polvo, ¡joer¡ , exclamó,  mientras se sacudía la chaqueta. 

El juez frunció el ceño y señalando la mano inerte de Pablo preguntó:

 -¿Qué es eso que lleva en la mano? 

Parece una camiseta vieja, respondió su ayudante

-¡Vaya, a lo que se agarra uno cuando sabe que se va a morir!, sentenció el juez

y ordenó el levantamiento del cadáver.

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