Aquella
mañana se aseó y se vistió como un autómata
con la cabeza llena de nubes blancas salpicadas de
estrellitas de color miel. No se pudo terminar el
desayuno y se marchó al colegio con el corazón
latiendo a mil por hora y un coro de serafines
resonando en su cabeza.
Recorrió
los pasillos como un sonámbulo,
sin saludar a nadie, se sentó en su
pupitre y allí quedó embelesado mirando como un
auténtico memo el asiento vacío de su compañera.
Ya había sonado el timbre cuando apareció ella,
como siempre, con prisas y sin prestar la menor
atención a su vecino, pero Nico con sólo verla
sintió una sacudida en todo su cuerpo y notó que
toda la ropa se le empezaba a quedar pequeña.
-¡Hola!
- saludó ella- pero él ya fue incapaz de
contestarle, no pudo ni articular palabra, parecía
que su lengua no le cupiera en la boca, sus manos
se le agrandaron como botijas, la correa de su
reloj estalló, sus labios y sus mofletes se
inflaron, las pantorrillas parecían no caberle en
los pantalones y los cordones de sus zapatillas
reventaron. Entre los gritos de la asustada Irene
el pobre Nico se hinchó e hinchó hasta no caber
en el pupitre.
Tan
extraño caso clínico corrió como la pólvora
entre los científicos de todo el mundo, apareció
en las más eruditas revistas médicas,
vinieron a visitarle los más afamados
alergólogos, nefrólogos, cardiólogos,
otorrinolaringólogos, urólogos, endocrinólogos
y ante la desesperación de sus padres fueron
consultados varios gurús, un cura exorcista y
hasta una echadora de cartas, pero todo fue inútil.
Nico no se deshinchaba y lo sorprendente
era que a él
parecía no importarle, sólo de vez en cuando se
quedaba con los ojos en blanco y musitaba un ¡ah!
Con
el paso de los meses el cuadro clínico pareció
remitir, fue poco a poco perdiendo volumen, ya podía
tragar y hablar y empezó a quejarse
de todo, de la cama, de la almohada, de la
comida, de la tele, de sus padres, de las
enfermeras, se volvió intratable y de buenas a
primeras se invirtió el proceso y se deshinchó
totalmente, ya parecía que todo había le vuelto
a su ser.
Mientras
tanto y como las horas del hospital se le hacían
tan largas, para matar el tiempo le dio por
emborronar cuadernos con cuentitos e historietas.
Después de esbozar, imaginar, borrar, repetir y
reiniciarlo una docena de veces, terminó un mini
relato de cuatro párrafos titulado
"Estrellas de color miel". Lo leyó y lo
releyó y se sintió
tan contento y tan satisfecho que parecía
que la vida ya no podía darle más.
De
repente empezó a sentir una tremenda picazón por
todo el cuerpo, un malestar general y una sacudida
y el pijama se le quedó pequeño y se hinchó y
se hinchó y se hinchó.
Volvieron
a juntarse científicos y sanadores de almas;
barajaron todas las posibilidades y
llegaron a la única solución posible. Por fin
una mañana el jefe del equipo médico citó a sus
padres y
con la voz severa y mirada grave les dijo:
-Señores
ya sabemos lo que tiene, ocurre pocas veces, pero
su hijo es alérgico a la felicidad.
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©Pilar Aguarón Ezpeleta