Sacerdotisas
para morir
©Shedy Martin (*)
Es
mediodía y no hay luz.
Reviso los relojes, todos
los de casa, y son las doce en
punto, sin duda.
La televisión y la radio
no funcionan, siento un terrible
silencio que casi me hace daño,
como si estuviera sordo, o así
creo que deben no escuchar los
sordos.
He dormido entonces cuatro
horas, aún era de noche cuando
llegaba, he visto las siete y
cincuenta
y cinco en el reloj de la tienda
de forjas, ahí al lado.
Muy poco más recuerdo, a
pesar de que no bebí alcohol,
creo. Mirar a Charlotte a los ojos me aturdió igual que si ella
intentara hipnotizarme y yo
quisiera evitarlo con toda mi
fuerza.
Sus ropajes eran feos,
austeros, olían muy extraño y,
en cambio, su piel brillaba.
Con sus pupilas quería
capturarme, parece. También huele raro mi traje.
La americana está rasgada
en el dorso con un descosido que
se habrá producido por un
movimiento brusco de mis dos
brazos hacia delante; no lo
recuerdo.
Me está algo pequeña.
He engordado desde la última
vez que me la puse, en el entierro
de mi tío.
¿Por qué me la he vuelto
a poner?
Los pantalones me aprietan,
el michelín sale por encima y los
bajos están sucios de tierra.
Me pica, ¿qué me ocurre?
¡Llevo marcas en las
manos!, qué símbolos tan
raros…
En esa casa ha debido
ocurrir algo extraño.
No llevo camisa.
Me duele la cabeza.
Charlotte, ¿quién es
Charlotte?
Creo
que se despierta el recuerdo de
esta noche.
Sí, qué dolor de cabeza,
recibo imágenes lentas.
***
Por
la calle de San Fernando, vino
hacia mí Manoli, una compañera
de bachiller. Estábamos frente a la iglesia del cuartel, más o menos.
Nos alegramos de
encontrarnos y se mostraba muy
amable conmigo, incluso con gestos
de seducción, los que siempre me
lanzaba en el colegio y nunca le
hice caso.
Esa chica estaba muy
enamorada de mí, me decía un
colega. Hablamos bastante rato y fuimos a mi casa para buscar un
libro que me pedía, que
ya se lo había dejado años
antes, que nos lo recomendó la
profesora de literatura, una
novela gótica sobre la que
hicimos un comentario de texto en
grupo, me atosigaba la chica.
Estábamos ya dentro y en
menos de un minuto llamaron al
timbre.
Quise ir hacia la puerta,
pero ella me sujetó mientras se
daba la vuelta para acudir a la
llamada.
Entraron dos mujeres más,
fantasmagóricas, con unos
pasamontañas finos y unas
vestimentas muy ajustadas, sin
dejar ver nada de piel, una de
blanco, otra de negro. Manoli vestía
igual, en color gris perla, pero
no llevaba pasamontañas, supongo
que para dejarme ver su cara y así,
con la confianza de reconocerla,
permitir su entrada. Parecían
disfrazadas para una fiesta de
Halloween.
Se mostraron amenazadoras,
aunque mi compañera me acariciaba
el pelo. Una de las otras sacó un
cuchillo, parecía una daga con
empuñadura tallada, no podía
verlo bien porque enseguida lo
apoyó en mi espalda.
Mi amiga empezó a
desnudarme, me sentí paralizado,
sin poder responder.
La mujer de la daga me miró
queriendo dominarme y no tuve más
remedio que dejarme hacer.
Ellas dos intercambiaban
sonrisas de complicidad.
Me dejaron con el boxer a
pesar del frío…
Temblaba…
Entró la otra con el traje
gris que guardaba al fondo de mi
armario. Me puso la chaqueta. Llevaba
también el pantalón colgando de
un brazo, lo estiró de golpe, lo
abrió y me sugirió que metiera
las piernas.
Vestido sin camisa, me
arrastraron al rellano y cerraron
la puerta comprobando antes que
habían dejado las llaves en el
bolsillo de la americana.
Con sus cuerpos formaron un
triángulo que no dejaba resquicio
entre ellas y yo.
Así entramos al
ascensor...
En la calle, esperaba un
coche plateado, grande, elegante.
Quien conducía iba con una
vestimenta igual, negra.
Manoli ocupó el asiento
delantero. Las otras dos mujeres
se colocaron conmigo atrás, una a
cada lado sin evitar rozarme.
Callejeamos despacio mientras un
efluvio me iba adormeciendo, sentía
sopor, pero no recuerdo que me
durmiera.
Querían que no viera por dónde
íbamos.
***
No
funciona el ascensor y bajo por
las escaleras de mi casa; algo me
impulsa, alguien me llama, me
atrae.
Me siguen el silencio y la
penumbra.
Reviso de nuevo la hora.
El segundero se mueve por
encima de las saetas que marcan
las doce y cinco; sin embargo, la
casa parece vacía, ni una luz ni
un ruido.
Me siento cansado, arrastro
los pies, tengo frío y cruzo los
brazos en aspa por delante de mi
pecho para cubrirme la abertura de
la chaqueta. A lo lejos, hay gente caminando muy deprisa, tapada para un
frío de muchos grados bajo cero.
Los escaparates tienen luz,
las tiendas están abiertas, sin
gente o únicamente con el
vendedor.
Algunos coches circulan por
la avenida, en silencio, ni
siquiera susurrantes, y sus
viajeros no hablan entre sí,
pasan y no me miran.
En el reloj de la tienda,
en rojo fosforito, destellan
intermitentes la hora y la
temperatura: menos siete grados,
qué frío.
Voy bajando, la parte alta
de San José es cuesta abajo, la
cuesta Morón.
Todas las luces iluminan a
medio gas, por eso hay zonas de
oscuridad entre cada foco de
escaparate o farola.
¡Allá hay un resplandor!
Parece que sale de la parte
izquierda de Tenor Fleta.
Quiero avanzar más rápido,
pero casi no puedo levantar los
pies del suelo, como si pisara en
alquitrán, o en arena pegajosa,
pero no hay nada en las aceras, lo
de siempre; soy yo, mis pies.
La luz se mueve, mucha luz,
infinidad de luz, todo sigue en
silencio y no siento calor.
¡Lo veo, lo veo! Es la guardería redonda, la de la esquina.
No es un incendio, nada
crepita, es un haz de luz,
resplandores que no queman y sin
embargo son luz.
Ahora me duelen las tripas,
algo se revuelve aquí dentro,
parece que se quieren encoger.
Recuerdo
ahora más.
Se va aclarando mi memoria,
pero se extiende con un movimiento
de
líquido denso, negro,
sucio y maloliente.
***
La
casa estaba en las afueras, por
los alrededores de pabellón Príncipe
Felipe, cerca de la Z-30.
Se rodeaba de cañizos
altos y descuidados, también una
higuera y dos árboles más, que
parecían crecidos al azar sobre
la ribera de una antigua acequia,
pero el edificio se veía bien
antes de llegar, no tenía pérdida…
si no fuera de noche.
Sí, era noche cerrada, sin
luna y a nuestro alrededor sólo
alumbraba una pequeña farola,
adherida a la fachada principal,
con una tenue luz amarilla.
Me obligaron a bajar del
coche empujándome, no porque me
resistiera, sino por ese sopor que
aún no había desaparecido. Por
encima de la casa, se alzaba a lo
lejos el perfil del silo de la
carretera de Castellón y también
distinguí los focos del campo de
fútbol del Fleta.
Aunque quisieron
desorientarme en el trayecto, creo
que no lo lograron.
Dieron muchas vueltas.
Quienes me acompañaban se
preocuparon por mis movimientos.
No me sujetaban, pero me
habría resultado muy difícil
escapar.
¿Quiénes son? Se abrió la puerta de la casa y en la oscuridad del
recibidor destacaba una mujer
desnuda con una piel blanca, muy
blanca.
Pasamos adentro. Percibí un olor extraño; lo reconocía, pero no acertaba a
identificarlo.
También olían igual las túnicas
que sacó el anfitrión para ofrecérselas,
dos blancas, dos negras.
Se las pusieron. Coincidían con el color de su pasamontañas.
Manoli se lo había puesto
antes de bajar del coche, así que
todos los personajes guardaban la
misma estética.
Una de ellas me hizo notar
con un gesto que sobre un mueble
había otra túnica plateada, quizá
para mí. Comenzaron a comunicarse
en un idioma que no entendía…
pero así pude comprobar que todas
tenían timbre de mujer.
Estaba secuestrado por
mujeres, me fijé mejor y las
siluetas me lo confirmaron.
Se acercaron a mí las
seis, despacio, sonriendo, parecían
provocativas, mientras, ya sin
embotamiento, me volvió la
sensación de temor que tuve en mi
casa.
Manoli se mantuvo de
espectadora muy cerca de mí, y
las otras diez manos comenzaron a
quitarme la ropa… la americana,
las zapatillas, el pantalón…
Y siguieron moviendo sus
dedos sin rozarme, a milímetros
de la piel; me hicieron sentir
como si cientos de gusanos se
arrastraran sobre mí con sus
movimientos serpenteantes… y
luego, en cambio, sus palmas se
deslizaron por los mismos
senderos, pretendiendo apartar el
rastro baboso expulsado antes.
Cuando estábamos entrando
en éxtasis, Manoli, sin dejar de
sonreír provocativamente, trajo
el
pasamontañas y
la túnica desde el mueble
para vestirme así, igual que
ella, en gris plateado.
Cerca de mi boca chasqueó
suavemente sus labios.
***
Tengo
miedo de acercarme a esa emanación
de luz, no hay nadie cerca, la
gente camina en la acera de
enfrente, entran a una tienda,
salen con barras de pan y ni
siquiera lo miran, no se extrañan
de lo que ocurre en ese edificio.
Cruzo Tenor Fleta y sigo
caminando.
En el chaflán hay una
tienda de jamones con todas las
luces encendidas, no hay nadie, me
detengo a mirar fijamente, pero en
esa distancia veo distorsionado,
borroso, con las figuras
alargadas, sufro mareo.
Me sujeto al tirador de la
puerta, empujo… no se abre… ¿por
mi falta de fuerzas o porque tiene
el pestillo echado?
Levanto la mirada al
frente.
Noto que pasan dos
autobuses del 40 a una velocidad
de centella.
Circulan vacíos.
Ni siquiera acierto a ver a
quien conduce.
Al fondo de la avenida,
parece que la casa de la parroquia
de San Agustín está
desapareciendo, se está llenando
de brumas, de nubes oscuras que lo
abrazan en remolinos.
Avanzo sujetándome a la
valla de protección para peatones
que hay sobre el bordillo.
Por suerte es cuesta abajo,
porque camino arrastrándome, no
puedo más… y a cada momento me
vuelve el dolor de vientre, parece
que un organismo se me ha
instalado dentro y pasea entre mis
vísceras, como un alien.
A veces tengo frío, a
veces calor… el sol no termina
de apuntar, sigue la penumbra
desde el cielo, con luz de
amanecer y son las doce y
veinte…
No entiendo esta sensación.
Quiero recordar más de
esta noche, pero tengo la memoria
detenida con los labios de Manoli
cerca de los míos.
¿Por qué me viene el
nombre de Charlotte cuando regresa
su imagen?
Y yo… yo no soy Damián
para ella, no, no lo soy, ahora la
siento pronunciando otro nombre.
¿Luis?
Sigue allí, con sus labios
sensuales, queriendo provocarme.
En el colegio la rechazaba,
no es mujer de mi gusto, aunque
ahora parece que me atrapan sus
ojos, pero… es Charlotte, y me
domina, tengo que entregarme.
Siguen las brumas sobre la
parroquia, ahora estoy más cerca
y no se ve el edificio, la niebla
negra se derrama hasta la tapia
que delimita el solar.
Sus labios pegados a los míos,
escucho su chasquido, se relame… No la veo, la siento en mi entraña… Hay resplandores más abajo, por la prolongación de Cesáreo
Alierta.
Voy hacia ellos por
inercia… con el frescor de sus
labios entreabiertos…
Se
agita mi memoria sobre ayer y
Manoli se hace ahora imagen en mi
mente, sin sensación, es un deber
revisar toda la película.
***
Ella
se apartó de mí y una de negro y
otra de blanco me tomaron de la
mano para obligarme a caminar
junto a ellas.
Bajamos al sótano.
Sentía la túnica muy
pesada, pero era de un tejido
suave.
Llevaba capucha que me
colocaron sobre el pasamontañas
mientras íbamos pisando
lentamente los escalones.
La bocamanga bailaba de un
lado a otro, arrogante en su
anchura de campana donde mi brazo
delgado parecía el badajo.
Seguía la penumbra.
A mitad de la escalera,
volví la vista…
Aquello era un lugar tétrico:
un entorno redondo, delimitado por
largas cortinas, seis conté…
otra vez se repetían colores dos
a dos; negro, blanco, gris…
Luz de llamas en velas y
antorchas…
Cada cortina llevaba un
bordado en su centro. Por inercia, llevé mi mano al pecho y comprobé que mi túnica
también llevaba un bordado, un círculo
en el que mi palma tocaba los
extremos con las yemas de los
dedos y con la muñeca.
Tuve ganas de girar la mano
dentro de ese círculo.
En el centro de la
estancia, se alzaba una gran
piedra redonda, a modo de altar,
con algunos objetos encima que no
acertaba a reconocer.
También contenía algunos
símbolos en círculo.
Noté que el frío era
intenso.
Mirando arriba comprobé la
causa… Por encima de la piedra
se alzaba un espacio en forma de
cilindro, horadado en los techos y
en el tejado de la casa,
que continuaba hasta el
cielo, por donde se veían las
nubes erizadas.
Las paredes parecían de
adobe, con cañas que sobresalían…
pero la bodega transmitía una
sensación muy sólida.
Es una esquina de la
estancia, una cómoda alta y
amplia, de sacristía antigua,
soportaba algunos utensilios; podrían
ser velas, copas, cuchillos,
botellas.
Fueron marchándose
silenciosas, sólo acompañadas
por la brisa que levantaba el leve
vuelo de sus túnicas.
Me rozaron al pasar y creí
verles una sonrisa de más
satisfacción que antes. Subían por la escalera mientras Manoli (no quiero nombrarla
Charlotte), que se había quedado
junto a mí, comenzaba a
acariciarme los labios.
Su tacto me paralizó.
Eran movimientos sensuales,
eran gestos sensuales, era mirada
sensual…
Continuó sus caricias por
todo mi cuerpo por encima de la túnica,
ahora tocando, palpando, deseando
encontrar cada cosa en cada lugar
que tanteaba: mis hombros, mi
espalda, mi pecho, mi vientre, mis
nalgas, mis muslos.
Al llegar a mi entrepierna,
saltó el bulto de mis genitales y
su sonrisa se hizo más procaz,
casi lujuriosa.
Comenzó a sonar una música
de violín.
Las demás se habían
colocado en el piso de encima,
justo al borde del agujero donde
terminaba el techo y miraban con
las manos unidas, contoneándose
levemente. Subía el volumen de la música.
Aumentaban la velocidad y
fuerza de las caricias.
Ellas cantaban desde
arriba, la única desnuda hacía
solos de soprano, las otras
contestaban en coro… Más alta
la música… Manoli más cerca de
mí, ofreciéndome su lengua…
Y sin dejar de sonreír, me
empujó… me tiró sobre el
altar… y ellas gritaban como
hembras en celo… Manoli (¡no,
no es Charlotte!) tocándome mis
muslos, mi vientre, ahora
directamente sobre la piel,
apretando, aplastándome contra la
piedra…
***
Camino
hacia los golpes de luz que
alumbran de a poco la avenida.
Vienen de la derecha, no
veo su origen.
Transmiten igual sensación
de amparo que los haces de la
guardería de Tenor Fleta, pero…
¿qué es eso?...
¿Es Torre Luna?... Puede
ser… lo que era Torre Luna…
Ahora parece un agujero negro…
las brumas se erizan haciendo del
terreno un desagüe, ahora suben
en remolino, y bajan.
Qué frío, aunque a la
derecha no ha cesado el brillo de
la luz que me atrae en disputa con
el tornado oscuro.
Sí, mejor así, pierdo el
temor a seguir caminando porque
llegaré antes a la luz… o a sus
dominios, tampoco me atreveré a
entrar en ella.
Sigo mirando allá, a Torre
Luna, con ese aspecto siniestro,
idéntico al de la parroquia.
Estoy llegando a la emisión
de los resplandores, sobrepaso la
esquina de una calle… y allí
está, en el colegio de La Salle
Montemolín….
Lo veo por encima de las
tapias de un solar.
No quiero detenerme (o no
puedo).
Avanzo junto al centro
deportivo de La Granja. Tengo a pocos pasos la inmensa mole del pabellón Príncipe Felipe.
Me fijo en las farolas de
la plaza de la izquierda.
Parecen estiradas hacia el
cielo, agujas para llevar el hilo
enhebrado hasta otro mundo de allá
arriba… que no es atractivo… aún.
El agujero negro regurgita
sin sonido, los resplandores se
hinchan a ritmo lento de latido,
las farolas se estiran… cada uno
de los lugares semeja una puerta,
un enlace, un contacto hacia otra
realidad.
Avanzo y sobrepaso otra
calle por donde veo luz derramada,
llego a las puertas del pabellón,
que tiene las luces interiores
encendidas, no veo a nadie, pero
lo siento con las gradas llenas, a
punto de explotar por un clamor de
gente enardecida.
No quiero la luz.
Me sigue como una hilacha y
se me enrosca en el tobillo.
Sacudo la pierna para
adelantar más pasos en una
cadencia pesada, lenta, encima de
una acera que parece engrudo.
Algo me sigue atrayendo más
adelante.
Llego a la rotonda de
Miguel Servet, a unos doscientos
metros de Torre Luna, el pozo de
frío y temor, nieblas negras,
pero la llamada silenciosa viene
de la derecha, para seguir por la
Z-30.
Y recuerdo la sensación.
La recuerdo en el recuerdo
de antes, la percibo, la siento…
estoy en el camino a la casa donde
ellas me esperan…
Dentro de mí, las fuerzas
en mi vientre me llevan y me traen
hacia Torre Luna o hacia La Salle.
También un fleco negro
quiere acercarse a mi pierna, pero
no le doy posibilidad de
enroscarse, lo alejo con un golpe
de puntera.
Avanzo, avanzo, avanzo,
asciendo por la leve cuesta, sobre
el solar del antiguo ferial, al
frente de la nueva estación de
cercanías, por el puente que
supera las vías del tren…
y allí está, donde
confluyen los remolinos negros y
los destellos blancos…
la casa desde donde ellas
me esperan… debo ir.
Los
acontecimientos de la noche me
vuelven en una explosión de imágenes.
Caigo al suelo de rodillas
sujetándome la cabeza.
Se reordena la cadencia…
***
Era
una música coral.
Manoli se movía encima de
mí al ritmo del compás que invadía
toda la casa.
Los lienzos se bandeaban,
la luz se iba haciendo más
intensa y un olor extraño, mezcla
de azufre e incienso se esparcía
por los alrededores del altar.
Se acallaron las voces,
pero no la música, y las manos de
Manoli se arrastraron por mi piel
hasta quitarme la túnica.
Quedé desnudo, porque a
continuación me despojó también
del pasamontañas.
Se bajó de la piedra como
si fuera una gata deslizándose
sigilosa, una gata que se llevaba
la poca fortaleza que me quedaba,
una minúscula valentía frente a
la presencia de las cinco mujeres
que ahora volvían a estar junto a
mí.
Manoli colocó en unos
agujeros ya hechos en el altar
unos clavos grandes por encima de
mi cabeza y al lado de mis pies y
de mis manos.
Desde la cómoda, acercó
unos pañuelos de seda, blancos y
negros, que fue colocando en mis
muñecas primero, luego en mis
tobillos, con nudos corredizos
cuyo cabo ató a cada uno de los
clavos.
Me había quedado en forma
de aspa: víctima propiciatoria de
un ritual sagrado. Quizá moriría del miedo, una sensación que sólo se
alteraba por los efluvios que se
colaban entre los pliegues
abiertos de mi cuerpo hasta
penetrar por mi nariz y llegar a
mi cerebro.
Volvía a estar embriagado,
aunque no lo suficiente para
perder la consciencia tal como
hubiera querido.
Ahora el olor era seco y
agridulce, me dejaba sin saliva,
provocaba dolor en mi lengua, casi
agrietada.
Ellas se colocaron
alrededor de mí, una detrás de
mi cabeza, la desnuda de piel
lechosa, y las otras pegadas a mis
manos y a mis pies.
Llevaban en sus manos unos
cirios encendidos.
Sus lúgubres llamas se movían
ligeramente, parecían bandeabas
por una brisa que yo no sentía. Enfrente, alcancé a distinguir a Manoli, subida en un
pedestal. Tomé cuenta de que seguía
desnudo, de que estaba desnudo
ofreciéndome a ella.
Manoli no.
Y habló levantando los
brazos a modo de copa mientras
miraba al cielo a través del
cilindro:
“Jerarcas
de los cielos y de los
infiernos…
Hizo
una pausa y mis guardianas
colocaron sobre mis muñecas, mi
frente y mis pies unas piedras
redondas y planas que parecían
tener símbolos a ambos lados.
Apretaron para que se marcaran y
las quitaron.
Las de la parte izquierda
eran estrellas; las de la parte
derecha parecían cintas al
viento.
En las primeras sentí frío;
en las segundas, calor.
Después, la mujer desnuda
de la cabecera acercó dos cálices
de plata, muy brillantes, desde el
mueble hasta el altar, para
depositarlos en el hueco entre mis
piernas abiertas.
De uno de ellos sacó unas
grandes obleas, hostias de
sagrario parecían, pero unas
blancas, unas grises, otras
negras, algunas como la palma de
la mano, otras como una moneda de
dos euros.
Me colocó de las pequeñas
en los lugares donde antes me
pusieron las piedras redondas. Puso las grandes en mi frente, en mi garganta, en mi pecho,
en mi pubis y bajo mis nalgas.
Después, con dulzura, con
movimientos serenos de cisne, tomó
el otro cáliz, rodeó el altar,
se colocó en el lugar anterior y
desde allí, puso la mano en mi
nuca para elevarme la cabeza y
derramar gotas de líquido sobre
mis labios, líquido denso, rojo
oscuro, sabroso, cálido, que
alivió la sequedad de mi lengua.
Siguió hablando en la
misma postura de antes…
“En
nombre de los que fuimos, Luis y
Charlotte, antes en Lyon, hoy en
Zaragoza, ciudad espectral, os
hablamos ahora, ya reencontrados,
juntos de nuevo en el albor de los
siglos de luz, después de
recorrer desheredados tiempos de
angustia y temor.
Hace años, siguiendo a
LaVoisin, colocamos nuestras almas
enamoradas a vuestra disposición,
demonios del averno, Lucifer y séquito,
para que nos unierais bajo la
maldición que nos diera la
juventud y la eternidad.
Mikael lo impidió con su
espada justiciera….
Uno
de los lienzos blancos se movió más
rápido por un momento, agitando
el aroma a incienso.
“Pero
nos obligó a vagar haciéndonos
sentir seres empobrecidos, almas
desgarradas, sin amores y sin
afectos hasta llegar a nuestra
existencia actual como Damián y
Manuela, los jóvenes que hoy
queremos volver a rendir pleitesía.
Las
otras mujeres pronunciaron enérgicamente
estas réplicas:
“Mikael,
Bafumet, ángeles y demonios,
escuchad a las almas derrotadas.
“Astaroth,
Samuel, ángeles y demonios,
recibid las súplicas
“Gabriel
y Baal, ángeles y demonios, abrid
vuestro poder para su salvación.
Comenzó
otra música que ya no cesó en
todo el ritual.
Sentí frío, angustia,
miedo, dolor… pero nada en el
cuerpo, sino en la entraña,
adentro… y las marcas de las
piedras pequeñas se encendían
por cada nombre pronunciado, me
lastimaban y no podía gritar.
El
olor se hizo denso, creó niebla sólida,
negra, eran sombras que
caprichosamente, con vida propia,
iban y venían de lado a lado de
la estancia.
Ella siguió hablando.
“Ya
queremos vuestro favor,
arrepentidos de la adoración al
mundo tenebroso, arrepentidos al
entender que no hay amor sin luz,
que no hay placer sin la mirada de
un ángel, cumplidores de la
penitencia siempre separados desde
entonces hasta hoy, nos postramos
ante vosotros, seres de luz y
entes de oscuridad, para rogar que
con vuestros poderes unidos
sepamos comprender la verdad del
sentimiento.
“Mikael,
Bafumet, entendedlos, protegedlos,
amparadlos.
“Astaroth,
Samuel, entendedlos, protegedlos,
amparadlos.
“Gabriel
y Baal, entendedlos, protegedlos,
amparadlos.
Manoli
se desnudó mientras se agitaban
los lienzos y la música alcanzaba
la máxima intensidad.
A través de la chimenea
hacia el cielo, unas presencias
invisibles llegaban hasta mí para
colocarse bajo mi garganta
atrayendo a los seres que se
alojaban en mis vísceras.
“Ahora
debemos entender que esta es
nuestra oportunidad para superar
la unión terrenal.
Es el último día que
estamos separados y os rogamos, ángeles
y demonios, que consagréis
nuestro amor para la verdadera
eternidad…
El
altar comenzó a temblar, se iban
formando unas líneas que nacían
de mis pies y de mis manos, que
subían por mi cabeza,
configurando un pentáculo blanco.
Sonaba imperiosa la música
y las voces de las cinco
guardianas…
Manoli
descendió de su pedestal, subió
a la piedra, caminó por ella
hacia mí y se arrodilló entre
mis muslos, sentándose en los
talones, inclinando el tronco y
colocando la cara a escasa
distancia de la piedra.
“Mañana,
si ambos nos reencontramos de
nuevo bajo el amparo de las luces
y de las brumas, si los dos
logramos la sabiduría en la
reflexión y volvemos a este
oratorio, habremos superado aquel
macabro error, recuperaremos el
brillo del alma y abriremos juntos
la era de los amores…
***
Llego
con ansia a las puertas de la
casa.
Están abajo, en la bodega
que he recordado.
Me detengo un instante por
temor… pero voy a la escalera...
Suena la misma música
ocupando el espacio tan
rotundamente que expulsa a las
brumas y a las luces.
Reina el coro en la casa.
Abajo, ellas me miran desde
la misma posición, las cinco
puntas de la estrella blanca,
cinco velas…
Sobre el altar reposa
Manoli… Charlotte…
en posición fetal,
desnuda, con los brazos cruzados
sobre su pecho.
Escucho su voz leve:
“Luis… Luis… Luis… has
venido… lo has entendido”.
Llego hasta ella, me
desnudo, me acuesto sobre la
piedra también en posición
fetal, pero en sentido contrario,
completando entre los dos una
figura en círculo.
Crece la apoteosis del
sonido, veo arriba haces y nieblas
uniéndose.
Aspiro, ahí está el olor,
aspiro… Veo la mano de ella que
se acerca a mí. Llevo la mía a su piel.
Se están llenando mis
entrañas de sensaciones vitales,
ardo, vibro… Nos tocamos…
Y
ya no hay más, la nada.
(*)
Shedy Martin
es el seudónimo de Eduardo y José
Antonio Prades, hijo y padre,
autores de este relato.
visita
desde aquí los bolg del
autor:
http://joseantonioprades.blogia.com/