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  Los micro relatos de Pilar Aguarón   

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El día que nací yo

El día que nací yo las cosas no salieron según lo previsto, varios protocolos me debí saltar porque estaba escrito que yo tenía que venir al mundo en un destacamento militar, aislado de todo y en mitad de la nada.

Mi padre tenía dispuesto desde hacía meses un austero barracón blanqueado de cal al que llamaba enfermería,  porque él no solía dejar nada al azar, ni entendía que otros, sobre todo mi madre, pudieran pensar que sus planes no eran los más acertados, pero a veces hasta las más meditadas estrategias acaban desbaratándose.

Mi concienzudo padre no predijo en ningún momento la insubordinación de la hasta entonces dócil esposa, pero mi madre en cuanto sintió los primeros dolores  se le metió en la cabeza que yo no podía nacer en aquel descampado y decidió que, por una vez, no iba a hacer caso ni a su marido, así que  a media tarde y en contra de la opinión de mi desconcertado progenitor, de la comadrona y sobretodo de la sensatez, se subió a un tren para emprender un incierto viaje con rumbo a la capital, sólo le acompañaron los dolores y el sofocante calor de los finales de agosto.

A partir de ese momento mi destino tuvo una segunda oportunidad para que yo tuviera un nacimiento espectacular. Nacer en aquel destartalado tren  me hubiera dado una aureola romántica y excepcional... pero mi obstinada madre aguantó sin un quejido las tres horas y media de viaje en aquel vagón mugriento a 35 grados y aún tuvo fuerzas para aguantar un poco más, hasta poder llegar a la aseada  cama matrimonial de una de sus hermanas, en donde vine yo nacer en la madrugada de un 30 de agosto.

Supongo que de esa forma quedó escrito que yo permanecería eternamente a las puertas de lo inesperado, sin alcanzarlo nunca y atrapada para siempre en lo convencional, o casi.

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