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La
loquita
Consuelito va siempre sola, es larguirucha, flaca y desgarbada,
debe tener unos treinta años y el alma
traspapelada en una tarde olvidada. En
el barrio la llaman “la loquita”, ella
no lo sabe, pero aunque lo supiera
tampoco le importaría, porque a
Consuelito le es indiferente lo que
los demás opinen.
Consuelito cada tarde después de comer
se engalana y se perfuma y ajena al
frío, a los calores, a la lluvia o al
viento, recorre como un autómata
siempre las mismas calles y las mismas
aceras.
Se la ve pasar deprisa, dando largas
zancadas con sus frágiles piernas de
cigüeña; cuando tiene que pararse en
un semáforo se impacienta, dobla las
rodillas y bailotea para acortar la
espera, porque Consuelito teme llegar
tarde y por eso vuela por las
avenidas, los paseos y las calles.
Cuando por fin llega a la Lonja, junto
al río, mira el reloj, levanta la
cabeza, observa por todos los lados,
pero nadie aparece y Consuelito mitiga
la espera paseando inquieta con
pasitos nerviosos e impacientes, y
cuenta sus pasos y sabe con tanta
precisión cuantos da por minuto que
levanta la vista justo a tiempo de
escuchar los cuartos en el reloj de la
torre, y mide los cuartos y las medias
y las horas y ella espera y cuenta el
tiempo y espera y cuenta.
Cuando pasan las horas y el cansancio
la derrota, Consuelito apoya su
espalda contra el muro, se queda seria
y se le apaga la mirada, cuando
consigue sacar fuerzas da un pasito
hacia delante, junta los pies y da
otro y como si un resorte se le
pusiera en marcha comienza a caminar
muy deprisa y sin fijarse en nadie
retoma el camino de vuelta a casa.
Al día siguiente y como cada tarde,
Consuelito se vuelve a engalanar como
una novia y ajena al desánimo o a lo
que puedan murmurar a su paso, se echa
a la calle para no llegar tarde a su
cita.
Copyright
©Pilar Aguarón Ezpeleta
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El
loquito,
dedicado
a Pilar Aguarón
Autor
Víctor Barrionuevo
Cuando
llegué a la esquina no podía
creerlo, era ella!. Durante nueve
semanas seguidas yo había caminado
sin rumbo, desde mi casa en San
Isidro, siguiendo a lo largo de
alamedas repletas de hojas secas en
sus veredas, soleadas glorietas,
rebosantes de santarritas en flor;
pero yo no las había mirado; mejor
dicho, las recordé después; sí,
después de cada viaje cansador y
deprimente hasta la Lonja; me acuerdo
con precisión del ruido de las hojas
de los plátanos, crujiendo bajo mis
zapatos hacia el final del
invierno; no se me borran de la mente
las imágenes de las flores retorcidas
y brillantes de las enredaderas en las
glorietas del parque Sarmiento, a
mediados de septiembre, cuando el
calor empieza a anunciar la primavera.
La
vi y casi no pude reconocerla; estaba
más delgada, casi flaca y descarnada,
como en un tango antiguo; la vi llegar
como el antiguo enamorado que ve a la
vieja amante que sale del cabaret y
casi no la reconoce; eso fue lo que me
pasó; me habían dicho que era ella;
que Consuelito parecía una loca en
sus paseos afligidos, con su caminar
apresurado, con su mirada perdida; yo
la buscaba hacía cuatro años y medio
y ella, una niña casi, veinticinco años
recién cumplidos, me había dejado;
me contó entonces que se había
enamorado locamente de su profesor de
literatura en el último año del
secundario y que después, muchos años
después lo había visto pasar por la
vereda de Callao, a una cuadra de
Corrientes; el corazón se le había
saltado del pecho, me dijo; "no
puedo serte infiel con el
pensamiento", me subrayó;
"no quiero herirte pensando en él
mientras corro a verte";
"no, ya no voy a correr más para
encontrarte", me dijo, dos días
después de su fatídico (fatídico
para mí) encuentro con el viejo
profesor; sí porque él era viejo, más
de cuarenta años, y yo tenía
entonces un poquito más que treinta;
y a mí me parecía que Consuelito no
se merecía un viejo; pero ella no paró
de pensar en él; y yo me fui una
tarde, muy despacio; no la llamé más
por teléfono, no le dejé mensajes
con su amiga Soledad; me fui sin
despedirme; me alejé resentido y
muerto de celos; ella no me quería más.
Y
ahora la veo llegar; durante semanas
la busqué, durante cada mañana,
en vez de agarrar la Underwood y
ponerme a escribir abúlicos trechos
de mi vieja novela inacabada, me bañaba,
me acicalaba y me arreglaba lo mejor
que podía; me recortaba
cuidadosamente la barba y el bigote,
me ajustaba el nudo de la corbata roja
y alisaba las solapas del saco azul
marino; estiraba con la punta del
pulgar y el índice la raya arrugada
del pantalón gris; me pasaba pomada
negra en los mocasines, y salía, al
paso rápido, como un novio que
no quiere perder la hora del registro
civil, como un tonto que se olvidó
del profesor de literatura, como un
imbécil que borró de su memoria los
ojos enamorados de Consuelito al
contarle que se había reencontrado
don su viejo profesor en un telo de
Caballito.
Un
arrebato de lucidez me devuelve la
cordura cuando tocan las campanas del mediodía
y me doy cuenta de que ella no viene,
que no vendrá más, nunca más a la
Lonja; pero el dolor de estar cuerdo
es enorme, desgarra el alma pensar que
la perdí para siempre, que a esta
hora estará con su profesor, leyendo
la novela que tal vez él sí haya
terminado de escribir.
Mañana
no voy a salir por la mañana; voy a
pasar por la Lonja a la tarde, voy a
enterrar ése fantasma y empezar una
nueva vida; me lo merezco.
Copyright
© 2006. Víctor Barrionuevo
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