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  Los micro relatos de Pilar Aguarón   

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Las falsas apariencias

A Ignacio  le gusta perderse un rato en la vieja cafetería que hay bajo los arcos de la plaza  de "La estrella", a media mañana suele sentarse junto a uno de los ventanales ovalados, se toma un cortado y echa un vistazo a la prensa.

Una de esa mañanas se fijó que en la mesa de al lado había un muchacho con pelo largo recogido en una coleta que devoraba un bocadillo, llevaba una camiseta negra con los labios carnosos y la lengua de Mick Jagger estampados en blanco y rojo, al verla sonrió porque él tiene otra idéntica desde hace casi veinte años, en ese momento se cruzaron sus miradas y le pareció que el chico le miraba con desagrado e  Ignacio pensó que al verle tan trajeado  seguro que creyó que no era más un burgués, un pijo,  un fósil.

A Ignacio le hubiese gustado acercarse y decirle que no le juzgara por su aspecto, que seguro que tenían más cosas en común de las que a simple vista parecían, pero no se atrevió.

Aquella mañana a Javier, después de salir de un examen de cálculo numérico, le apeteció estirar las piernas, darse un garbeo, olvidarse durante un buen rato de la universidad y tomarse algo, porque ya fuera por los nervios o por el madrugón  estaba muerto de hambre. Cuando pasó bajo los arcos de la plaza de "La estrella" se metió en el primer bar que encontró abierto, una vieja cafetería con grandes rosetones ovalados en el escaparate. 

Mientras devoraba un bocadillo se fijó que en la mesa de al lado estaba leyendo la prensa un hombre de unos cuarenta años, llevaba un  traje azul y una corbata de seda.  Javier se mosqueó al notar que el hombre le miraba y sonreía y pensó que al verle con la coleta, la camiseta negra y la bocaza de Mick Jagger, seguro que creyó que sólo sería otro "pringao", un fracasado, un adoquín.

A Javier le hubiese gustado acercarse y decirle que no le juzgara por su aspecto, que seguro que tenían más cosas en común de las que a simple vista parecían, pero tampoco se atrevió.  

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