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  Los micro relatos de Pilar Aguarón   

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       Ella

La primera vez que la vi fue una tarde a la salida de la universidad, estaba sentada en un banco de la plaza  de San Francisco, junto a un seto,  con la cabeza ladeada y un aire de infinita melancolía, me fijé en ella porque, a pesar de su aspecto desaliñado, llevaba unos mocasines relucientes e idénticos a los que yo llevaba. Durante años la he creído ver  vagando por las calles, con  semblante derrotado y el  paso apresurado, como si siempre tuviera prisa por llegar a alguna parte o como si estuviera huyendo de algo. Cuando  pasaba cerca de mí me clavaba los ojos que me laceraban como si fuesen dos ascuas ardientes y me hacían estremecer.

A veces durante largas temporadas le perdía la pista y me olvidaba de ella, pero al cabo de los meses me la volvía a encontrar en los sitios más inesperados, en el anden de la estación, cruzando junto a mí en un paso de cebra,  deambulando cerca de la puerta de mi trabajo. Alguna vez hasta la he descubierto en la acera de enfrente de mi casa mirando hacia mis ventanas, como buscándome.

Hace unos meses al pasar por mi lado giró la cabeza y volvió a clavarme sus ojos inquisitoriales, como de reproche, pero no se paró, ni me dijo nada, continuó su camino hasta llegar a la esquina, entonces se detuvo y se volvió para mirarme, como si supiera que yo seguía allí, esperando,  observándola. Al cabo de unos segundos, que a mí me parecieron eternos, decidió  continuar su camino y desapareció.

A los pocos días de aquello la volví a encontrar  y me cortó el paso, se quedó parada frente a mí, clavándome la mirada, entonces creí reconocerme en su rostro ajado y en sus ojeras oscuras,  por unos segundos mi corazón pareció que dejara de latir, me apartó con brusquedad y cruzó de acera, antes de desaparecer aún le dio tiempo de advertirme:

- No me des motivos para volver-.

Nunca más la he vuelto a ver.

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