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La
caja
de galletas
He
estado fuera -en comisión de
servicios le llaman- una larga semana.
Ya estoy otra vez en mi despacho, en
mi rutina, en el automatismo, en el
rito, en el hábito. He vuelto a mi mesa llena de asuntos por resolver, a los aburridos saludos de
compromiso, a las explicaciones
absurdas, a los comentarios
innecesarios, a los chismes que no me
interesan... al tedio que
llama otra vez a mi puerta.
Tengo
que sacar tiempo para escribir y
escaparme... tal vez a Canadá. Porque
sabed que
cuando era muy pequeña me
regalaron una caja de galletas
en la que había dibujado un
policía con una guerrera roja montado
a caballo, detrás de ellos
unas montañas nevadas, un lago con
una llanura de árboles, una casita
con una chimenea humeante y un perro
en la puerta. Mi madre me dijo que
aquello era Canadá. Yo me quedé
mirando la caja sin querer abrirla,
sin importarme lo que había dentro.
Recorté la
imagen y la guardé entre mis
cuentos, han pasado tres vidas y todavía
la guardo entre los apuntes de la
universidad, junto con
una carta de amor anónima que
recibí cuando tenía treinta años,
con dibujos de nubes y girasoles;
mi vieja colección de discos
de vinilo y un muñeco “Tumbelino”
que me trajeron los Reyes Magos el año
en el que yo iba a cumplir los ocho.
Cuando
sueño con huir siempre fantaseo con
hacerlo a Canadá, a esa casita junto
al lago, a ese paraíso idílico de la
caja de galletas.
Copyright
©Pilar Aguarón Ezpeleta
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