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Luisito
En
aquel verano del 1968, cuando las
tardes parecían interminables y el
calor aletargaba hasta a las
chicharras, a Luisito Enériz y
a su amigo Jorge Siles
les gustaba escaparse de la
tediosa siesta y llegarse en bicicleta
hasta el molino abandonado situado a
las afueras del pueblo.
El
molino era un caserón de piedra,
desvencijado y olvidado. Estaba
junto al río, rodeado de huertos con
olivos centenarios y
una larga hilera de álamos que
le daban sombra.
A los chicos les gustaba
tumbarse sobre la hierba, mirar las
nubes e hincharse de comer moras,
moscatel
o higos silvestres y
a media tarde bañarse en las
heladas aguas de la corriente.
Una tarde, igual a casi todas, subieron la
pequeña cuesta empedrada y comenzaron
a recorrer el sendero de tierra bordeado de hierba y amapolas. Cuando el camino se abrió a
la explanada y ya se divisaba el caserón,
vieron una enorme puerta de hierro,
que el día anterior no estaba,
plantada allí en medio de la llanura.
Era grande, vieja y oxidada,
coronada de puntas afiladas, con
adornos
florales uniendo los barrotes y
una gruesa cadena con un herrumbroso
cerrojo, cerrado y bien cerrado.
La verja estaba sujeta por dos pilastras
de ladrillos desgastados, como si
hubieran envejecido allí mismo
durante siglos, pero el día anterior
no estaban.
La rodearon con
cautela, aunque nada se lo impedía,
porque
era una puerta en mitad de la
nada, cerrada a ninguna parte y la
estuvieron mirando y mirando durante
largo rato sin saber que decir
- ¿De
dónde habrá salido esto?, preguntó
Jorge, mientras le daba una patada a
una de las pilastras, que ni crujió.
-
¡No
la toques, a ver si nos la vamos a
cargar!, le espetó el siempre
temeroso Luisito.
Jorge, el más
temerario de los dos, intentó
abrirla, la zarandeó, pero ni se meneó,
probó entonces a romper el candado
con una varilla metálica que encontró
entre los arbustos, pero no hubo
forma; pronto el chiquillo, que era
impaciente y se cansaba rápido, le
dijo a su amigo
-¡Bah, vamos a por
moras, que esto no hay quien lo abra!.
Luisito le obedeció,
como siempre, pero estuvo callado y
pensativo todo el tiempo. A media
tarde empezó a tronar y decidieron
acortar el paseo y volverse para casa.
Luisito al pasar delante de la verja
se volvió a mirarla
y le dijo a su amigo con una
seguridad infrecuente para su carácter
apocado
- Mañana la
abrimos, yo sé como-
- ¡Sí hombre, lo que tu digas!-, le respondió Jorge con
indiferencia.
- ¡Ya verás!-, sentenció el primero.
Pero
la impaciencia de Luisito no puedo
esperar, estuvo toda la noche sin
pegar ojo, escuchando la lluvia caer
sobre la canalera. En cuanto las
primeras luces del día se colaron por
la persiana,
abrió despacito la puerta del
corralón y sin hacer ruido se escapó
calle arriba, en busca de la vereda
que llevaba al molino.
La
desesperación y los gritos acudieron
pronto a la
casa de los Enériz. La cama
del pequeño Luis estaba vacía y
a pesar de que lo llamaron a
gritos y lo buscaron por todas partes
no encontraron ni rastro del
chiquillo ni de su bicicleta.
Ayudados
por
los vecinos y seguidos de lejos
por un
desconcertado Jorge,
los afligidos padres lo
buscaron por los caminos en medio del
barrizal. Cuando llegaron a la
explanada del viejo molino, el agua
hacía aún más brillante el color
ocre de la tierra encharcada; un tibio
sol reflejaba sobre las hojas mojadas
que centelleaban como
estrellitas en un árbol de
navidad, pero
no había ni rastro, ni se apreciaba
huella alguna de que la verja hubiera
estado allí; la bicicleta del
muchacho estaba tirada en el suelo y
junto a ella encontraron una enorme
cizalla de hierro, que el padre del
chico reconoció como suya.
Jorge
levantó la bicicleta y aturdido
murmuró para sí:
-No
tenías que haberla cruzado,
Lusito-.
Durante
los días siguientes buscaron al chico
por los pozos, por los ribazos, por el
río, pero todo fue inútil,
nunca volvieron a saber nada de
Luisito Enériz.
Casi
cuarenta años después, Jorge Siles
volvió a subir la cuesta empedrada.
volvió a recorrer el senderito de
tierra y al llegar a la explanada sintió
un estremecimiento que le alteró el
ánimo.
Todo
había cambiado, el viejo molino ya sólo
era una ruina, la maleza lo dominaba
todo
y el riachuelo apenas tenía
agua, pero la verja estaba allí,
erguida y majestuosa, sujeta entre las
dos pilastras de ladrillos
desgastados, tan oxidada y vetusta
como aquella tarde de verano cuando
apareció en medio de la nada. Jorge
se acercó, estiró la mano y comprobó
que el herrumbroso cerrojo volvía a
estar cerrado y bien cerrado.
-No
tenía que haberla cruzado sin
mí, pensó-.
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