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  Los micro relatos de Pilar Aguarón   

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Una noche en urgencias

Pasaba un poco más de media noche cuando Clarisa se acercó a la ventanilla de ingresos del Hospital Miguel Servet, estaban dos chicas discutiendo entre ellas por algún expediente extraviado, así que no prestaban demasiada atención a lo que pasaba fuera de su jaula de cristal. Esperaban su turno media docena de seres indefensos y asustados. En la sala de espera se amontaban casi un centenar; personas mayores en su mayoría, con los pies hinchados y ellas con sus bolsos bien apretados contra el pecho.

Junto a  Clarisa pasó un celador y ella le dijo con la calma y con la apatía de quien sabe que no le va a hacer ni pizca de  caso que:

-Oiga, disculpe,  tengo una crisis de hipertensión, mi médico me dijo que en un caso así viniera a urgencias.-

Sorprendentemente el hombre se paró a escucharla, se quedó un par de segundos en silencio, y entonces se dio cuenta de que de alguna manera tenía que tomar una decisión, así que sujetó a Clarisa por el brazo y  la sentó en una silla de ruedas y le insistió varias veces  en que estuviera tranquila. La aparcó al lado de una anciana con un vientre enorme, las piernas inflamadas como botas a punto de reventar y los talones agrietados y sucios; la mujer estaba tumbada en una camilla  que apenas la sostenía y se quejaba con unos aullidos tediosos y  acompasados. A los dos o tres minutos apareció una enfermera con un fonendoscopio. Se acercó a la silla de ruedas  tomó la tensión arterial a Clarisa dos veces, y le dijo que  sí, que la tenía muy alta, y que iba a hacer lo posible por localizar a un médico.

No debe ser tarea fácil localizar a un médico en las urgencias de un hospital público, pues tardó en aparecer más de diez minutos.  Era un médico de treinta y tantos años, con la cara redonda y un jersey azul claro debajo de la bata abierta, se presentó deprisa como si le incomodara que le hubiesen interrumpido algo mucho más interesante. Le dijo su nombre, pero Clarisa no lo entendió y no tuvo ningún interés por preguntar. Le volvió tomar la tensión, ordenó un electrocardiograma, una analítica completa y dispuso que  la tumbaran en una camilla, y le volvió a insistir en que estuviera tranquila.

Metieron  a Clarisa en uno de los “boxes”, le pusieron un camisón cuatro tallas más grande del que necesitaba, le sacaron sangre y  le hicieron orinar en un frasquito de plástico. Mientras le llenaban el  pecho, las muñecas y los tobillos con ventosas y  gomas, entró precipitadamente el celador que le había amparado en el pasillo, insistiendo en que no había rellenado los impresos de ingreso y que tenía que darle la documentación que si no se iba a meter en un lío, como Clarisa  no podía moverse le señaló directamente el  bolsito colgado de la percha y con él se fue y allí se quedó, indocumentada, aturdida y tiritando de frío. Al rato la llevaron a la sala de exploración, con tal mala fortuna que la colocaron junto a los lavabos, donde se amontonaban las bacinillas sucias y el olor era casi nauseabundo.

Miró el reloj, eran la 1.32 am., entonces volvió el celador con el bolso y unos papeles amarillos que Clarisa firmó sin preguntar, le ayudó a tumbarse sobre la camilla y desapareció después de volver a de decirle que estuviera tranquila y descansara. Cerró los ojos y se sintió el ser más insignificante e indefenso del mundo. Se dobló sobre si misma,  se acurrucó contra la almohada, se tapó con el embozo de la sábana, que olía  fuertemente a jabón industrial  y cual si fuera el mágico bálsamo de Fierabrás encontró en el llanto el único remedio a su desamparo,  entonces Clarisa lloró, lloró y lloró en silencio, sin que nadie  advirtiera ni su presencia ni sus lágrimas. Se sentía tan pequeña, tan diminuta, tan indefensa y tan  frágil, que por no saber en que pensar le dio por pensar en  que debía cambiar el testamento y  que si le pasara algo qué iba a ser de sus cosas, de sus fotos, de sus escritos, qué harían con sus cuadros, con sus libros, con sus recuerdos, y quien avisaría a sus amigos, si solamente ella sabía de su existencia.

Al cabo de un buen rato, y debido a los diuréticos que le habían suministrado tenía unas enormes ganas de orinar, intentó llamar para que vinieran a ayudarle, pero no le hicieron ni caso; así que descalza, levantando con una mano la bolsa del gotero y con la otra intentando agarrar el camisón para no pisarlo, se fue a vaciar la vejiga, y ese fue su recorrido, ida y vuelta y vuelta  e ida, una y otra vez  durante las tres horas siguientes; de vez en cuando alguna enfermera le decía: no te preocupes que ahora te ayudan, pero nadie acudía.

A las cinco de la mañana  volvieron a tomarle la tensión y no había bajado nada, la enfermera puso cara de contrariedad y Clarisa pensó que vaya manera  tan absurda de morir, con el culo al aire y oliendo a pis.

Se volvió  a acurrucar y se puso a canturrear viejas canciones de Serrat, y hasta se llegó a dormir un rato;  a las 7 de la mañana se dio cuenta que ya no le dolía la cabeza y que volvía tener ganas de orinar.  Vio pasar  a la enfermera que la atendió la primera vez, y le pidió que le volviera a tomar la tensión.  Afortunadamente había bajado un poco, así que pedió el alta voluntaria, y  por fin volvió a ver  al  médico joven sin nombre del jersey azul y la bata abierta. Le dio  el alta, y le dijo que todo había salido normal, y que quizá todo se debiera al estrés, a las preocupaciones y que procurara sobre todo no llevarse disgustos, comer sin sal, dar largos paseos y llevar una vida sana,  luego le dio una receta de un relajante ligero y hasta le sonrió.

    -   ¿Y para la tensión no me da nada? Se atrevió a preguntar Clarisa.

    -    No, lleve una vida sana y ya está., cortó el médico.

Clarisa recogió sus cosas y se fue del hospital con la sensación de abandono y de impotencia y  tuvo  claro que no iba  a morir  envuelta en un viejo camisón, con el culo al aire y oliendo a pis, así que   decidió no volverse a tomar la tensión arterial y simplemente vivir.

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