La
estirpe de los malditos
Menos mal que los domingos sólo
ocurren una vez cada siete días,
pensaba Julia. Pero aquel domingo
no fue como los demás. Después de ir
acumulando mala sangre, paciencia y
sinsabores durante más de veinte
años, a la hora del café cayó como
un designio, sin planificarlo y sin
saber cómo, la última gota que
terminó rebosando el vaso.
Julia escuchó los últimos reproches,
las últimas críticas. Pero esta vez,
no se conformó como otras veces, se
levantó de la mesa y dando un
portazo se marchó.
Lo malo, pensó cuando cerró la
puerta, es que ya no podría
volver más a esa casa y lo bueno es
que ya no tendría que volver, nunca
más, a esa casa.
Ella siempre había lamentado tener
que pertenecer a esa familia, a esa
estirpe de malditos, incapaces de
perdonar y de condescender, dueños
como se sentían de la verdad
absoluta.
Julia no quiso ni esperar al
ascensor, bajó las escaleras
deprisa, ansiosa por pisar la calle.
Cuando abrió la cancela del portal
una ráfaga de aire caliente la
envolvió como un abrazo, y se sintió
redimida y por primera vez y al fin,
libre.
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©Pilar Aguarón Ezpeleta