La
estirpe de los malditos
Menos
mal que los domingos sólo ocurren
una vez cada siete días, pensaba
Julia. Pero aquel
domingo no fue como los demás,
después de ir acumulando
mala sangre, paciencia y sinsabores
durante más de veinte años,
a la hora del café cayó como un
designio, sin planificarlo y sin
saber cómo, la última gota que
terminó rebosando el vaso.
Julia
escuchó los últimos reproches, las
últimas críticas y esta vez
tampoco dijo nada, pero tampoco se
conformó como otras veces,
simplemente se levantó de la mesa y
dando un portazo se marchó.
Lo
malo es que ya no podrá volver
nunca a esa casa y lo bueno es que
ya no tendrá
que volver nunca a esa casa.
A
partir de ahora y por fin, sus
domingos serán suyos y ya no tendrá
que soportar más esas excesivas
comilonas, consecuencia de
hambrientos recuerdos de postguerra;
ni tendrá que soportar las
tediosas
sobremesas, cuando el
minutero avanzaba tan despacio que
las horas se convertían en ahogo y
entonces deseaba que el suelo
se abriese bajo sus pies o que el
techo se le desplomase encima,
cualquier cosa con tal de que
acabase esa tortura de verse
obligada a sentirte ajena entre los
de su propia sangre, abominando de
tener que pertenecer a esa
estirpe maldita.
Y
así un domingo tras otro, terminaba
tragándose la quina de tener que
estar callada y sonreír, y mientras
removía con parsimonia el amargo
café, que tanto odiaba, pensaba que
no le quedaba otra salida que
seguir callada,
aguantar o dar el portazo.
Julia
siempre lamentó tener que
pertenecer a esa familia, la aborrecía
desde siempre
y pensaba que alguna falta
ajena tendría que estar purgando
para haber sido condenada
a redimirla
perteneciendo a esta estirpe
de malditos, incapaces de perdonar,
de condescender, de pactar, de
comprender, de tolerar, de
transigir, dueños como se sentían
de la verdad absoluta.
Ahora,
mientras bajaba las escaleras
buscando la libertad y la vida, no
podía dejar de recordar los amargos
años que le hicieron pasar en
su infancia, ni la alienante opresión
con que marcaron
su adolescencia, cuando aniquilaron
de raíz su capacidad de apreciar lo
bueno; sus cualidades, sus virtudes,
y donde sólo le enseñaron a
sentirse inferior, frágil y
fracasada.
Cuando
Julia consiguió abrir el portal,
una ráfaga de aire caliente la
envolvió como un abrazo y se sintió
redimida y por primera vez y al fin,
libre.
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©Pilar Aguarón Ezpeleta