Paseo
mañanero
Un tranquilo domingo de junio fui a dar un paseo mañanero,
llevaba puesto un sombrero de paja
porque el sol caía a plomo, una
camiseta escotada
y unos "vaqueros"
cortados a tijera a la altura de las
rodillas.
Subía despacio por el paseo
camino del parque cuando me fijé en
un hombrecillo que debía rondar los
setenta años, menudo y
fibroso que
bajaba en dirección a mí.
No me quitaba ojo de encima y
hubiera jurado que su mirada lasciva
iba dirigida directamente a mis
pechos.
Según se iba acercando me temía lo peor. Sus pasos en vez de ser
rectos eran sesgados para arrimarse
a mí,
cuando lo tuve a dos pasos ya
estuve segura de que me iba a soltar
una grosería y entonces se paró,
esperó a que pasara a su lado y a
diez centímetros de mi oído exclamó:
-¡Moderna!