La
vida sigue en Navidad, y la
melancolía, el desamor y la
desesperanza se engrandecen y a
veces nos ahogan. Voy a
contar una historia que ocurrió
en plena Navidad, el 27 de
diciembre de 1997 y de la que fui
testigo.
Aquel
día yo volvía del trabajo hacia
casa, eran aproximadamente las
trece horas, unos treinta metros
después de pasar el puente del río
Huerva,
por el lado de los números
impares de la avenida
de Goya, vi pasar por
delante de mis ojos un bulto, una
macha gris, a continuación escuché
el enorme estruendo que hizo el
cuerpo al caer sobre el techo de
un coche azul aparcado junto al
bordillo. El sobresalto me hizo
dar un paso hacia atrás y
sobrecogida y con el corazón
a punto de salírseme del pecho,
vi el cuerpo de una mujer caer
como un muñeco de trapo
sobre la acera, con el rostro
ensangrentado y los ojos todavía
abiertos. La sangre de aquella
desventurada
salpicó mis botas.
En
dirección contraria venía una
anciana que fue testigo a la vez
que yo y a la misma distancia del
suicidio de la señora. La
viandante se puso a gritar, a
santiguarse y a exclamar
jaculatorias mientras que con la
mano izquierda se sujetaba la
frente, vi como se
tambaleaba y a punto estuvo
de caer al suelo por un
vahído, así que me
adelanté y tuve que sujetarla
para que no se desplomase.
Entonces entre otro ciudadano y
yo la metimos a un bar
cercano, en aquel momento
me di cuenta que también
mi bolso estaba salpicado de
sangre, lo intenté limpiar con
servilletas de papel, pero fue inútil.
El
portero de la finca salió
enseguida y supongo que fue él
quien avisó a las asistencias,
yo me quedé con la anciana
que se fue sosegando, recuperando
el color y la serenidad
poco a poco; le dimos tila y le sostuve la mano y le acaricié los hombros hasta que dejó
de temblar, poco más podíamos
hacer.
Cuando llegó la policía y
luego las ambulancias -nunca
vienen deprisa, pero siempre
llagan a pares- salí del bar para
hablar con uno de los agentes que
pedía
testigos. El cuerpo de la
señora estaba ya cubierto con una
sábana de plástico dorado y
sobre ella el policía había
colocado las zapatillas que se le
habían desprendido en la caída.
Eran
unas zapatillas de andar por casa,
de fieltro marrón claro con
bordados dorados y tenían las
suelas sin una mácula, sin una
mancha, sin una brizna de polvo.
Deduje que aquellas zapatillas se
las habrían regalado en
Nochebuena, y que se las había
puesto instantes antes de
arrojarse al vacío, porque
estaban inmaculadas, ni un paso
había dado con ellas antes de
abrir la ventana y saltar, me
imaginé la caja de cartón
abierta con el papel de seda
arrugado abandonados sobre la
cama.
A
la mañana siguiente pude leer una
breve reseña en la sección de
sucesos en el diario y luego
busqué su esquela, se
llamaba Teresa, tenía 57 años y
su
esposo, sus tres hijos y su
demás familia nos pedían una
oración por su eterno descanso.
A
pesar del tiempo transcurrido,
cuando paso por allí todavía
tengo el hábito de mirar al
embaldosado por si aún quedara
alguna huella, algún vestigio de
lo sucedido.
Copyright ©Pilar Aguarón Ezpeleta
27/12/2007