El
general y las natillas
Puigmoreno
está grabado en mi memoria
como un lugar mágico, romántico
y salvaje; probablemente
esa magia sólo existe en
los meandros de mi imaginación
infantil; porque lo que la
realidad nos dice es
que Puigmoreno estaba en
medio de la nada, rodeado de
tierras yermas, carreteras de
polvo y barro
y la leyenda de que por allí
merodearon años atrás los maquis
y que en cualquier momento
pudieran
volver a aparecer y
acabarían por volarlo
todo. Porque Puigmoreno no era más
que unos cuantos barracones
encalados, que guardaban
centenares de bombas salvadas de
la amarga guerra civil.
En
aquel desolado paraje pasé los
primeros cinco años de mi vida,
entre barracones, soldados,
una
diminuta e inutilizada
pista de aterrizaje y
una acequia de riego que atravesaba el destacamento de norte a sur y que
desaguaba en una balsa llena de
mosquitos y de ranas, que croaban
y saltaban como si para ellas
siempre fuera carnaval.
Yo
no lo recuerdo, pero
me contaba mi madre,
que un día de diciembre de
1960 ocurrió algo inesperado. A
media mañana pasó por allí un
coche negro, rodeado de
motoristas,
con el mismísimo Francisco
Franco en su interior.
Y bien que me lo repitió
durante toda la vida que aquel
imponente coche, con
el estandarte de capitán
general a un lado y al otro con la
bandera roja y gualda agitándose
con la fría ventisca que soplaba
aquella mañana, paró
delante del barracón que era
nuestra casa, y que Franco bajó y
pidió agua, que fue mi
propia madre quien se la sirvió
en una copa de fino de cristal y
que de esa copa, por expreso deseo
de mi padre, nadie volvió beber
nunca jamás.
Me contaba mi madre que en
el alféizar de la ventana había
dejado a enfriar unas natillas que
me había hecho para postre y que cuando el Generalísimo las vio, paró su paso,
se las quedó mirando unos
segundos, se volvió hacía mi
madre que seguía asustada y
paralizada con la jarra en una
mano y con la copa que le había
devuelto el general en la otra, y
entonces este, sin decir ni
una palabra, levantó la
cabeza, siguió su camino y
se metió en el Ford negro que
acompañado por sus motoristas
desapareció rumbo a Teruel,
dejando tras de sí una gran nube
de polvo gris.
Ahora casi cincuenta años
después, aquello sigue siendo un
secarral, pero en los barracones
en vez de haber bombas hay aperos
de labranza y sacos de trigo. Lo
cierto es que no es el primero que
cuenta que algunas noches de
invierno se ven sombras y se
pueden escuchar susurros y hasta
lamentaciones.
La gente de los alrededores
hace cábalas e inventa leyendas
sobre heroicos maquis,
fusiles y botas, cuando lo cierto,
y bien segura estoy de ello, es
que esas lamentaciones, son las
del mismísimo Francisco
Franco buscando mis natillas.
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