Fernanda
tardó quince años en cumplir su
promesa y cuando lo hizo fue por
casualidad, casi forzada por el
destino. Había llegado a Florencia
a primera hora de la tarde. Era un
jueves de finales de mayo de 2004,
y ocurrió simplemente porque en la
agencia de viajes le dijeron que
había una plaza libre para ese
vuelo. Fernanda, a pesar de los
lugares que había
visitado a lo largo de sus
cincuenta exposiciones de pintura
nunca había visitado la Toscana.
Su carácter
rebelde y contradictorio la llevó
toda la vida a desviarse de las
pautas establecidas y andar por el
mundo a su aire, marcando su
propio ritmo, lo cual no siempre
la benefició; pero a ella poco
parecía importarle .
Cuando salió
del hotel caía mansamente una fina
lluvia de primavera y el sol
resplandecía como en aquellos
jueves de Corpus Cristi de su
infancia. Llevaba un plano de la
ciudad en el bolso, sin embargo
prefirió andar sin rumbo fijo.
Caminaba despacio, observándolo
todo, mirando a las gentes, las
fachadas, la vida.
En una
pequeña glorieta, muy cerca del
mercado de Sant Ambrogio, vio unos
tenderetes de trastos viejos y se
acercó a curiosear; allí
amontonados descubrió molinillos
de café, pinzas para rizar el
pelo, calentadores de sábanas,
picaportes de bronce, llaves de
antiguas casonas, relojes parados,
viejas cámaras fotográficas y en
un rincón, junto a una mantelería
de lino bordada a mano, descubrió
unas bolitas plateadas y le
recordaron su promesa y sonrió al
comprobar lo caprichosa que es a
veces la vida.
—
¡Vaya,
pero si es el rosario de Rubén!,
—exclamó, tirando de una de
las bolitas hasta desenredarlo por
completo.
Fernanda, se
quedó ensimismada mirando su
hallazgo y se le ocurrió pensar en
cómo habría ido a parar a aquel
tenderete, si alguien habría
rezado con él y si esas plegarias
habrían dado resultado.
Fernanda no
rezaba nunca, pero en ese instante
empezó a creer que tal vez
existieran los milagros.
El vendedor
que escuchó su exclamación le dijo
un afectuoso:
— Él molto
bello e molto antico! Vero?
Ella sonrió
porque sabía sólo era una baratija
plateada, pero le preguntó:
— Quanto
costa, signore?
— Trenta
euro, signorina —dijo
él.
No
respondió, siguió observando el
rosario y la nostalgia la
confundió tanto que perdió el
sentido de la realidad y volvió a
revivir, como si estuviera allí
mismo, su último encuentro con
Rubén.
Con las
bolitas brillantes colgando de sus
dedos recordó la promesa que salió
de sus labios, a modo de
despedida: “Si alguna vez voy a la
Toscana te traeré el rosario, te
lo prometo”.
— Ma,
veramente volete comprare queste
rosario, signora?
La voz del
italiano la despertó de su
ensimismamiento y se descubrió a
sí misma con el rosario entre los
dedos y la cabeza perdida en sus
recuerdos.
— Si, devo
farlo, signore, ma gli daró dieci
euro-
—terció
Fernanda con decisión y
extendiéndole el billete.
— É carino,
vero?,
—añadió el vendedor
satisfecho al recoger el dinero.
Fernanda ni
siquiera quiso que se lo
envolviera; se lo metió en el
bolsillo de la chaqueta y de vez
en cuando lo sacaba, lo tocaba, lo
mirada y sintió toda su juventud
reverdecer entre esas cuentas.
Cuando volvió al hotel, ya vencida
la tarde, se tumbó fatigada sobre
la cama y casi por inercia
encendió el televisor; en ese
momento un locutor de la “RAI 1”
informaba de que un convoy español
había sufrido una emboscada en una
zona a 50 kilómetros al sur de
Diwaniya, en su camino en
repliegue hacia Kuwait y que en el
ataque había resultado herido leve
un soldado español; había muerto
uno de los atacantes y otro
resultó herido. En las imágenes se
veían varios jóvenes uniformados
con la bandera española
ondeando al
fondo.