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  Los micro relatos de Pilar Aguarón   

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Casi un cuento de Navidad

El 24 de diciembre fui  a cenar con la familia y casi a medianoche decidí que había llegado la hora de volver a casa.  Hacía bastante frío y las calles estaban desiertas, se veían las ventanas iluminadas y algunos balcones parpadeaban con las luces multicolores de los árboles de navidad. Por supuesto que no encontré ni un taxi, ni la central atendía llamadas. Me puse los auriculares, me subí la capucha del abrigo y con las manos metidas en los bolsillos y  a Serrat cantándome al oído,  empecé a caminar deprisa para olvidarme del viento helado y de la oscuridad.

Cuando aún me faltaba más de media hora de camino me salió al paso  y me sobresaltó un hombre de  unos cuarenta y tantos años, barbado, sucio y oliendo a alcohol, me dijo que si le daba algo para cenar, yo le dije que si hubiera algún garito abierto  le invitaba a un bocata o  a lo que fuere, pero que era Nochebuena y estaba todo cerrado. No obstante abrí el billetero y le di un billete de cinco euros y le dije que tendría que esperar unas horas pero que podría desayunar caliente en cuanto amaneciera.

Para mi sorpresa el hombre se pegó a mi costado dándome conversación y caminando a mi paso. Si yo aceleraba él aceleraba también, si yo  disminuía el ritmo él se acomodaba a mi marcha.

Al llegar a la Plaza de Aragón vimos un coche  patrulla de la policía local, entonces mi acompañante se puso nervioso sacó una sirla de unos quince centímetros de hoja y me dijo señalando al vehículo: "A esos los tengo bien calados, si me dicen algo se la clavo", e hizo un gesto hacia delante con la navaja. Afortunadamente los policías estaban a sus cosas y ni se fijaron en nosotros. 

Entonces le dije, intentado aparentar tranquilidad,  que a dónde iba con semejante arma  que la volviese a guardar,  él me contestó, que “era para defenderse, que dormía en la calle, y las calles estaban llenas de gente mala y no sabías con quien te podrías encontrar por la noche”, me alivió el pensar que al menos él no se consideraba mala gente y sobre todo me tranquilizó comprobar que había vuelto a guardar la navaja en su bolsillo.

Como no paraba de hablar y con la música resonando en mis oídos tenía dificultad para entenderle me quité los auriculares y enrollé los cables alrededor del reproductor, él calló por un momento  y se quedó observando  mi maniobra, yo pensé  que me lo iba a pedir, pero no dijo nada, me guardé el aparato en el bolsillo y el siguió su cantinela donde la había dejado.

Al llegar al cruce de Constitución con Sagasta, ya no sabía como quitármelo de encima y entonces recordé que había un  sitio donde podría conseguir un bocata y así se lo dije; en la sala de urgencias del Hospital Miguel Servet  hay una máquina que expende  bocadillos y refrescos, le di dos monedas de dos euros por si el artilugio no aceptaba billetes y le indiqué que  siguiera Gran Vía abajo hasta el hospital, que yo iba por otro camino.  Pero mi plan no tuvo ningún éxito, porque a mi acompañante le salió el caballero español que llevaba dentro y me dijo que no, que "me acompañaba hasta casa porque yo era una señorita".

En ese momento el mundo se me cayó encima, impotente y sin argumentos  intenté convencerle de que no hacía falta, pero  él insistió en que sí, que no me iba a dejar sola a esas horas de la noche y me preguntó acercándose y echándome su aliento a vino barato, que  si acaso era que no me fiaba de él por las pintas que llevaba y que si lo veía así -argumentó-  era porque un día,  con unos  tragos de más, le había dado  un mal golpe a uno en un bar y terminó preso, entonces le tembló la voz y me dijo que en una noche como esta echaba de menos a su esposa que había muerto en un accidente, y sobre todo a su hijita Neli a la que hacía años que no veía y haciendo un esfuerzo por reprimir el llanto añadió con un hilito de voz apenas audible  que el resto de su familia pasaba de él, entonces guardó silencio unos segundos respiró profundamente y con voz firme  añadió que no le tuviera miedo, que de pequeño había ido al colegio de los jesuitas y   además si alguien nos veía juntos  pensaría que éramos la dama y el vagabundo, y se echó a reír  con una risa escandalosa,  que nadie escuchó excepto yo, porque el paseo estaba desierto y sólo se oían las ramas de los árboles movidas por un viento helador.

Ahí fue cuando empecé a sentir miedo de verdad. Recelaba de  que me acompañara hasta casa, pero tampoco me atrevía a  llevarle la contraria pensando en la navaja que escondía  en el bolsillo, ni podía estar deambulando sin rumbo toda la noche porque  se iba a dar cuenta e iba a ser peor, así que seguí mi camino.

Cuando faltaban unos doscientos metros ya mi preocupación era grande, rebusqué en el bolso sin aminorar el paso y saqué las llaves, llegamos al portal y dije: "aquí vivo yo", y mientras intentaba atinar con la cerradura escuché su vozarrón que me decía: "¡espera, dama!", en ese momento me temí lo peor,   volví la cabeza y le vi con la mano extendida ofreciéndome una pequeña estrella de papel arrugado que había recogido del suelo y que se habría desprendido del envoltorio de  algún regalo,  yo  estiré mi mano y la recogí y él entonces me hizo una reverencia y muy sonriente me deseó "feliz Navidad, dama", le respondí con un “muchas gracias, caballero” , le sonreí y me metí en el portal aliviada.  




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25/12/2007

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