Recuerdos
de “El Plata”
En
mi ciudad hubo un café-cantante
llamado
"El Plata";
estaba el centro mismo Zaragoza,
junto a la Plaza de España y en
medio de una encrucijada de
callejuelas conocidas como “El
Tubo”, repletas de tascas,
restaurantes y tugurios.
La
primera y única vez que yo fui
celebrábamos el cumpleaños de un
compañero de universidad, eran
las seis de la tarde y a Franco
todavía le quedaban un par de años
para estirar la pata.
"El
Plata"
tenía un escenario de
largo y estrecho, sin telones y
sin escondites.
En un extremo del
escenario, pegado a la pared había
un pianista viejo y enjuto.
El resto del local tendría unos
sesenta o setenta metros cuadrados con una docena de mesas de mármol amarillento
y una sillas de chapado de madera
marrón oscuro, que cuando te
sentabas crujían como avisando de
que no eran capaces de sostenerte.
En
las primeras mesas se amontonaban un puñado de viejos verdes y en las otras mesas dos o tres
grupos de estudiantes. Entonces
salió
la "vedette" que
sobrepasaba de largo la
cuarentena, entrada en carnes,
ataviada con un leve
salto de cama azul cielo,
rematado por unos flecos que
querían ser la imitación de
plumas de avestruz. Sin venir a
cuento, sin preámbulos y sin nada
que diera un poco de oficio
o de “glamour” a la
cosa, se abrió la vestimenta y se
quedó completamente desnuda con
todas sus aceitosas y blancuzcas
carnes y su pelambrera púbica al
aire, mientras el pianista seguía
tocando indiferente como si todo
aquello no fuera con él.
Los
viejos verdes de las primeras
filas aplaudieron, silbaron y se
sofocaron, los jovencitos de las
demás mesas, nos quedamos
asombrados y estupefactos ante
aquel espectáculo tan inesperado.
El chico que estaba sentado a mi
lado, un pelirrojo pálido, pecoso
y con las manos siempre sudorosas
pensó en voz alta : "si así
son todas las mujeres desnudas voy
a seguir siendo virgen por mucho
tiempo"...
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©Pilar Aguarón Ezpeleta
junio 2008