La abuela Silveria
Dedicado a la memoria de José
Antonio Labordeta
El 29 de octubre de 1989 se
celebraban Elecciones Generales en
España y José Antonio Labordeta
Subías se presentaba al Senado por
la candidatura de Izquierda Unida.
Durante la campaña conoció a
Braulio Jardiel, un estudiante de
derecho tenaz y vivaracho que
ayudaba en lo que tocaba, unas
veces a repartir octavillas,
otras a montar el escenario para
un mitin y la mayoría de las
veces simplemente a acarrear
bultos.
Braulio había nacido el día del
Pilar de 1969 en Sachirrián, un
pequeño pueblo perdido en el valle
del Huerva. Fue el último crío en
nacer allí y ni siquiera llegó a
conocer las escuelas abiertas.
Pero la memoria de su infancia
estaba unida a las callejuelas y
las cuestas de aquel lugar y al
recuerdo de su abuela Silveria
que, sentada en la cadiera delante
del fogaril, le cantaba una y otra
vez con la voz entrecortada la
canción de “La vieja”. La abuela terminaba siempre con los
ojos arrasados porque aquellos
versos le recordaban su propia
vida y la de sus hijos, que
terminaron marchándose a la
capital a buscarse la vida. Esta
historia Braulio se la contó a Labordeta media docena de veces,
hasta que el cantautor en tono
arisco casi le gritó:
-¡Jodido crío, pero quieres
callar de una vez con la historia
de la puñetera vieja!
Braulio tuvo que apretar los
labios para contener el llanto y
desde entonces evitaba acercarse
al candidato, este le buscaba con
la mirada pero tampoco le decía
nada.
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El viernes 27 de octubre,
una vez terminado el último
acto de campaña, Labordeta
se acercó al chico, que
estaba ayudando a recoger
unas pancartas, y le dijo:
-Esto se ha acabado, chaval,
ya está todo el pescado
vendido. Así que si mañana
no tienes nada mejor que
hacer nos podíamos acercar
hasta tu pueblo, a ver si
tu abuela nos prepara un par
de huevos fritos con un buen
chorizo.
Braulio sonrió y asintió con
la cabeza. Al día siguiente
lloró como un chiquillo al
oír a Labordeta canturrearle
a su abuela las primeras
estrofas de “La vieja” …
siempre te recuerdo vieja
sentada junto al hogar. |
A partir de
ese día la vida siguió para todos.
Al año siguiente murió la
abuela, Braulio terminó la
carrera y abrió un despacho en
Zaragoza, desde donde vivió con
desinterés el devenir político de
Labordeta, a quien jamás volvió a
votar.
Casi veintiún años después, el
20 de septiembre de 2010, llevó a
sus hijos a la capilla ardiente
que habían instalado en el Palacio
de La Aljafería. Allí, al
recordar la cara emocionada de
su abuela Silveria y la sonrisa
de hombre bueno del cantautor,
volvió a llorar como un chiquillo
ante el féretro cubierto con la
bandera de Aragón. Su mujer, que
jamás le había visto derramar ni
una lágrima, le prestó un pañuelo
para enjugarse y se sintió más
unida a él de lo que había estado
nunca.
©Pilar Aguarón Ezpeleta
Perteneciente al libro MARRÓN,
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