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  Relatos de Pilar Aguarón   

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La historia de Ernesto

 

 

El doctor Casedas se ha empeñado en que les narre a ustedes, y en voz alta,  la historia de Ernesto.  La he repetido mil veces, recuerdo el día en que hasta me hizo que la escribiera, como si por poner una letra después de otra la cosa fuera a cambiar en algo.

Ernesto y yo pasábamos las noches bajo los arcos del puente. Allí se estaba bien, teníamos espacio y no nos molestaba nadie. Una noche,  al pasar por  la arboleda, Ernesto encontró un viejo monitor en la orilla del río, medio oculto entre unas ramas que había arrastrado la corriente. El muy loco se empeñó en decir que era un aparato mágico. Se quedaba quieto delante del cristal y con tan sólo desearlo, veía a  través de la pantalla apagada a la gente en la que pensaba en cada momento.

A mí no me dejaba mirar, decía que la magia solo funcionaba cuando él lo deseaba. Siempre fue muy cabrito.

El caso es que al principio fue divertido, pensó en la Sole, la del puesto de flores, que tanto nos gustaba a los dos, con sus grandes tetas que se le movían cuando acarreaba las macetas, y ahí que se le apareció entre violeteros y tiestos de claveles. Y quien dice  la Sole, igual podía ser Isabel la Católica o Al Capone. El caso es que al muy tunante le dio por pensar en Anita Ekberg, mientras rodaba la famosa escena en la Fontana de Trevi, y  al ver las carnes blancas y voluptuosas de la sueca, tan embelesado quedó que, en un arrebato por intentar alcanzarla, se  lanzó contra el vidrio,  con tanta fuerza que se partió la crisma contra el monitor apagado.

Y  con el trasto ése embutido en la cabeza, se quedó tirado sobre la tierra.

Entonces fue cuando vinieron los guardias a echarnos, porque venía la riada:

-Tenéis que salir de aquí porque la subida ya ha llegado a Novillas y a Pradilla y no tardará en llegar a Zaragoza, e inundará toda la ribera, así que os llevaremos al albergue, hasta que la riada pase.

Yo  de ninguna manera quería ir al refugio, que allí te controlan y   yo he nacido para ser libre, así que recogí mis cosas e intenté alejarme. Fue entonces fue cuando encontraron a Ernesto cerca de la orilla,  con la cabeza embutida en el dichoso monitor mágico.

Y allí empezó todo el lío, y venga a hacerme preguntas: primero la policía y luego el juez, y más tarde el doctor Casedas, a quien se lo tuve que repetir todo por lo menos cien veces.

Y es que todo el mundo parece empeñado en que yo sé más de lo que cuento,  y ya me estoy empezando a hartar de toda esta historia. Mil veces he repetido que conocí a Ernesto en el refugio de los carmelitas y desde entonces fuimos juntos de un lado para otro, pasándolas unas veces mejor y otras veces peor, que de todo hubo. Pero a pesar del tiempo que pasamos juntos pocas cosas puedo contar del difunto, que él era muy suyo, muy reservado para sus cosas, fíjense que ni siquiera puedo decir cuál era su nombre completo, y ya me dirán ustedes qué clase de amistad se puede tener con alguien que, después de cinco años, no ha tenido los santos bemoles de decirte cuál era su apellido.

Y no será porque yo no insistiera, que me lo llegué a tomar como una afrenta de honor y quise imponer mi dignidad a su tozudez, pues ni por esas lo conseguí.

Por ello me entenderán, que después de tanto tiempo y tanta paciencia que malgasté con él, se me acabara poniendo la nube negra  por encima de la cabeza, y cuando estábamos aquella noche haciendo lumbre para calentarnos, le volví a pedir, casi a suplicar,  que me dijera cómo se apellidaba y del muy cabrito, como  respuesta, sólo recibí una risita burlona.

Fue entonces cuando vi el monitor que había arrastrado el agua. Me agaché, lo cogí con las dos manos y con todas las fuerzas de mi nube negra se lo estampé en su obstinada cabezota. Y allí se quedó, como el capitán Nemo en su viaje submarino.

Pero no estoy arrepentido, no, señor, bien merecido se lo tuvo, que a un amigo no se le trata como él me trató.

¡Cabezota de mierda!

 

©Pilar Aguarón Ezpeleta   Publicado en el libro: MARRÓN, relatos3©2012

 

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