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  Relatos de Pilar Aguarón   

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La otra vida de Cary Vilas

 

Mientras se maquillaba en el pequeño camerino  mal iluminado del fondo del pasillo,   desde un tocadiscos de baquelita, Yves Montand le cantaba Les feuilles mortes.  Charito no  entendía bien la letra pero sabía que hablaba de una desilusión. Le gustaban las canciones tristes, casi todas las francesas lo eran.

 

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle
Tu vois, je n'ai pas oublié
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle
Les souvenirs et les regrets aussi

 

Goyo, el pianista llegó precedido de su pestilente olor a faria y a coñac barato.

 

-¿Otra vez escuchando a ese franchute? ¡Quita ese bodrio, mujer, que solo dan ganas de ponerse a llorar!

 

Charo respiró profundamente, levantó con cuidado la aguja del pequeño vinilo y protestó en voz baja:

 

-Se acabó la paz por hoy. Mañana será otro día.

 

Siempre llegaba la primera, antes que los músicos e incluso antes que Maru, la dueña del local. Prefería estar a solas y tranquila para maquillarse sin prisa. El camerino estaba junto al retrete y siempre olía mal, unas veces a lejía y otras a orines, no había término medio.

 

Se puso con cuidado la pestaña postiza sobre el ojo derecho, no siempre acertaba a la primera, no se le daba bien pero tenía paciencia, venía con tiempo para ir con calma. Lo peor no eran las pestañas, sino el maldito sujetador de alambres  forrado de lentejuelas, que se le clavaba en el pecho y el pelucón que olía a viejo y además le estaba grande y se lo tenía que sujetar con media docena de horquillas, que acaban haciéndole estallar la cabeza.

 

Se miró al espejo y no se reconoció, el sobrecargado maquillaje la envejecía, pero no le importaba, así no la reconocerían por la calle los viejos verdes que se ponían a babear en la primera fila. Le asqueaban sus miradas lascivas, pero tenía que aguantar que le dijeran barbaridades y que incluso le rozaran el culo, gajes del oficio le decía Maru.

 

Maru, la dueña del local,  había debutado de chica de coro con Celia Gámez,  pero tuvo que dejarlo porque se casó y empezó a engordar hasta ponerse como tonel. Para apaciguar el hormigueo abrió el café cantante en la calle Pignatelli. Ella soñaba con convertido en otro Moulin Rouge, pero no pasó de ser un cafetín mediocre y algo triste.

 

Charito trabajaba de modista ayudando a su madre,  cuando una clienta le comentó de pasada, que su cuñada buscaba urgentemente una chica mona que supiera cantar cuplés  y moverse con gracia para el espectáculo de su café-cantante. La madre la convenció para que hiciera la prueba:

 

-No nos vendrían mal algunas pesetas extras, así podríamos comprar la SINGER  que vimos el otro día y además tu hermano podrá estudiar.  Cántale lo de Las tardes del Ritz, lo haces muy bien y seguro que te coge, le dijo.

 

La madre acertó y Maru contrató a Charito para un mes a prueba. Ella misma junto con Goyo, se encargaron de enseñarle las letras y los pasos de baile. Le cambió el nombre de Charo Sánchez, por el más artístico de  Chary Vilas, pero en la imprenta, con las prisas,  se equivocaron y la dejaron en Cary, y a Maru le gustó, decía que había sido a causa de su buena estrella.

 

Charito  no era una belleza arrebatadora, pero tenía veinticuatro años, un cuerpo torneado y unas piernas largas y casi perfectas. Tampoco tenía una gran voz, ni era una gran bailarina, pero tenía picardía y sabía contonearse.

 

Maru  exageraba y  decía en la publicidad que la chica  tenía el magnetismo y la personalidad de la misma Mistinguett. Cantaba acompañada por Goyo, el pianista  y Florián,  el percusionista,  un mutilado de guerra,  asmático y bebedor con los antebrazos plagados de tatuajes.

A Florián le faltaba  la pierna izquierda, en su lugar llevaba una prótesis de madera que le  servía para marcar el ritmo. Golpeaba acompasadamente  la tarima del escenario con su extremidad de palo  y aguantaba como algo inevitable las chanzas de Goyo a causa de su cojera.

El repertorio era reducido, pero con los bises se iban apañando. Ocho canciones en cada pase y tres pases por día, hicieron que Charo acabara aborreciendo a La chica del 17, al Polichinela,  Los nardos , el  Pichi y a La violetera.

Para ella no era arte, ni diversión, era solo un trabajo, tan ingrato  y tan tedioso como cualquier otro. Su madre, por el contrario,  le calentaba la cabeza con la monserga de  que acabaría triunfando en el paralelo de  Barcelona  y  quizá hasta en París, como la Mistinguett, de la que jamás había oído hablar hasta que leyó su nombre en el cartel publicitario. Charo asentía  para que la dejara en paz, pero lo cierto era que aborrecía sus trajes de  lentejuelas, sus plumas y sus cuplés. Muchas veces pensaba que debiera haber hecho  lo mismo que su prima Carmen, que un día se subió a un tren y se marchó a Alemania a trabajar en una fábrica de hilaturas.

Florián,  hablaba poco. Mediando la cincuentena parecía estar de vuelta de todo, pero era el único que advertía el fastidio de la cupletista. Apenas había intercambiado con ella más de cuatro palabras que no fueran el buenas tardes y el hasta mañana, pero una tarde, antes de la actuación entró en su camerino y le dijo:

-No sacas nada con llevarte esos berrinches, Charo. Hay que ver el lado bueno de las cosas, piensa que si a ti te pasa algo malo es porque te estás librando de algo peor.¿Ves?, yo tengo que aguantar mi cojera y  las burlas del cabrón de Goyo, pero pienso que si estoy así es por mi buena suerte.  Perdí la pierna en Teruel, cuando la batalla ya había acabado y cuando el general Aranda paseaba tranquilo y victorioso por la ciudad. Los de mi escuadrón estábamos recogiendo los pertrechos cuando estalló una granada abandonada, yo perdí la pierna, pero a mi lado estaba el capitán, solo un par de años mayor que yo,  y vi con mis propios ojos como volaba por los aires. ¿Por qué me voy a quejar entonces de ser cojo?

Charo sonrió y él aprovechó para decirle:

-Te he traído un regalo.Al lado de mi pensión, en El Tubo, hay una tienda de discos y hace unos días han pegado en la cristalera un cartel de una chica que me recuerda mucho a ti, como la canción que anuncia es en francés, he pesando que te gustaría y te la he comprado.

La chica estiró la mano y recogió un pequeño disco de dos canciones. En la carátula estaba la foto de una  chica  larga melena y semblante dulce.

-¿De verdad que me encuentras parecido con esta chica tan guapa?

-Mucho, anda, pon el disco, que seguro que te gusta.

Charo se quedó prendada con la  melancólica y dulce voz que le cantaba Tous les garçons et les filles y desde ese momento ya no quiso ser otra que no fuera Françoise Hardy, con ese aspecto tan delicado; su boca perfecta y su mirada serena.  Tan distinta de la vulgar Cary Vilas con su excesivo maquillaje, sus vestidos escotados,  sus corsés, sus movimientos y  sus ridículas canciones. 

A partir de ese tarde Florián la esperaba siempre  para  acompañarla a  casa. Se iban caminando despacio, al ritmo del tac-tac  tac-tac  que marcaba la pierna de madera  sobre la acera.

Después de dejarla en casa, se acercaba a desayunar como siempre a la cantina de la Estación del Norte. Se pedía un carajillo de anís y se sentaba en el banco de hierro del andén para ver llegar el expreso de las 04:45 Madrid-Irún, camino de París. Casi siempre llegaba con retraso. A Florián le embriaga el olor a metal y a carbonilla. Les gustaba observar a los viajeros, casi todos hombres jóvenes, con sus grandes maletas de cartón con cantoneras de latón y sus miradas de inseguridad. Pero ya no soñaba con irse, ya nada mejor podía pasarle en la vida que acompañar a Charito cada noche a casa.

*.*

 

Normalmente terminaban la tercera función pasada la media noche, pero hoy se han retrasado porque Maru se ha empeñado en que Charito  celebrase en el escenario que ya había llegado a la treintena. Ha sido una celebración sosa, había poca gente. Casi mejor. Maldita la gracia que le hacía convertirse en treintañera disfrazada aún de Cary Vilas. A pesar de los años transcurridos no ha conseguido llevarse bien con ella, pero ya no le importa.

 

Hoy otra vez estaba en primera fila el gordo Trenzo, el anticuario, con su barriga oronda, su puro habano  y un solitario de oro con un enorme brillante en la mano derecha. Solo verle allí sentado la descompone. Maru insiste en que lo  trate bien, que le sonría, que deja propinas, y tiene mano en el Ministerio,  pero Charo es arisca y lo rechaza de malos modos. Parece que al gordo Zenón le gustan sus desplantes, porque siempre vuelve, cada vez con más frecuencia y cada vez más gordo.

 

En cuanto ha podido escabullirse se ha ido al  camerino  para quitarse el pelucón, las plumas  y  el maquillaje. 

 

Ha encendido el tocadiscos y ha puesto uno de sus  viejos vinilos y  aunque  todavía le cuesta entender bien las letras, sabe que Gilbert  Bécaud canta sobre una  desengaño amoroso. Siempre le han gustado las canciones tristes. Casi todas las francesas lo son.

 

Ha vuelto a escuchar al viejo Goyo dar unos golpes en la puerta y gruñir:

 

-¡Ya estamos otra vez, por lo menos baja el volumen, guapa!

 

Charo también a eso se ha acostumbrado y no le ha hecho el menor caso. Mientras arrastra con una toallita la  crema desmaquilladora con  los restos del espeso maquillaje de Cary Vilas, se ha puesto canturrear Et maintenant.  Se sabe las canciones de memoria de tanto escucharlas:

 

Et maintenant que vais-je faire
Je vais en rire pour ne plus pleurer
Je vais brûler des nuits entières
Au matin je te haïrai

 

Con la cara limpia   se ha mirado al espejo y ha creído descubrir unas finas arrugas que nacían a ambos lados de sus ojos,  se ha dado unos golpecitos con las yemas de los dedos  para hacerlas desaparecer. Florián la espera para acompañarla a casa. Mañana será otro día. Uno más…

 

Et puis un soir dans mon miroir
Je verrai bien la fin du chemin
Pas une fleur et pas de pleurs
Au moment de l’adieu

 

 ©Pilar Aguarón Ezpeleta   Publicado en el libro: La casa de los arquillos.

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