EL ANTICICLÓN DE LAS AZORES
©Pilar Aguarón Ezpeleta

Ticiano Oros  tuvo aquel día un despertar  insólito y brusco,  pues, al darse la vuelta mientras dormía,  se clavó la lámpara del techo en el costillar y  bien fuese por el golpe o por la zozobra, lo cierto es  que ya no pudo pegar ojo en toda la noche, y así, fijado al  techo, esperó aterrado a  que el alba empezara a clarear la habitación.

Entonces, lentamente  por miedo a estrellarse contra el suelo, se fue arrastrando por la techumbre hasta alcanzar la ventana donde, agarrado a la cinta de la persiana, descubrió el más hermoso amanecer que jamás había visto.

Poco a poco fue tomando confianza, soltó primero el brazo derecho y cuando advirtió que no se caía, se atrevió a soltar también el  izquierdo  y dejándose llevar como una hoja por el viento, apareció flotando por encima de los tejados  y sintió tanta felicidad que hasta se creyó culpable de disfrutarla, entonces cerró los ojos y voló y voló.

Quince días después y ante su prolongada ausencia, el jefe de personal de su empresa  decidió poner un anuncio buscando sustituto, porque Ticiano, siempre tan formal y cumplidor, ni siquiera había llamado para justificar su abandono,  ocupado como estaba cruzando  el Atlántico, preocupado en no tropezar contra el anticiclón de las Azores.

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