El cinco rosas

©Pilar Aguarón Ezpeleta

(Del libro Historias de tres mujeres con sombrero rojo)

Fulgencio Tarajales solo tuvo dos pasiones en la vida: El cinco rosas y Aurelia Expósito. La conoció en un lupanar de la calle Prudencio. Él rondaba los setenta años y ella apenas tenía diecinueve. Le gustaba mucho, no solo por guapa sino también por brava y porque no se acobardaba ante nadie, ni siquiera ante los de la político-social, cuando les daba por ir a visitar burdeles. Entonces todavía vivía Franco y el cinco rosas era el lugar de reunión de una peña de viejos falangistas trasnochados y temerosos de lo que pudiera pasar cuando su caudillo faltara. La mayoría de ellos eran unos meapilas que se escandalizaban con solo pensar en el sexo y por eso terminaron por abandonar la peña ante las extravagancias del camarada Tarajales, que cerraba el local para verse a solas con Aurelia.

Antes de la guerra, había sido una bodega donde los vecinos del Gancho iban a comprar vino a granel. La regentaba Eusebio Tizón, un militante anarquista que huyó a Francia al día siguiente de que Franco proclamara que la guerra había terminado. Fulgencio la consiguió por cuatro perras. Lo hizo por pura nostalgia. Su abuela materna vivía justo enfrente y los recuerdos de su niñez se mezclaban con el olor a vino que salía de la vieja cava. Cuando entró por primera vez, tendría unos doce años, se quedó maravillado del techo abovedado y de las paredes que parecían excavadas en la misma roca.

El bodeguero había pintado el mostrador, las mesas y las banquetas de negro y rojo, los colores de la CNT… y de la Falange.

Eusebio Tizón en su huida se lo llevo todo, salvo una foto enmarcada que dejó colgada de una alcayata, en la que aparecía Buenaventura Durruti apoyado en una de las barricas de roble. Tarajales aprovechó el marco y puso sobre la foto del sindicalista otra en la que aparecía él mismo junto a José Antonio Primo de Rivera, tomada tras un discurso en el Frontón Cinema, en enero de1936.

Para Fulgencio la vieja cava era el paisaje de su infancia, nunca quiso deshacerse de ella, por eso, en 1978 se la malvendió a Aurelia por cincuenta mil pesetas. Sabía que sus hijos aborrecían el local y lo que significaba. Estaba seguro de que se desharían de él en cuanto se cerrase la tapa de su ataúd. Lo que hicieran con el resto de sus bienes le traía al fresco, pero quería conservar El cinco rosas, el único lugar en el mundo donde había sido realmente feliz.

Aurelia recordaría aquella mañana como la mejor de su vida. Por fin iba a tener algo realmente suyo. A la salida del notario, Fulgencio estaba contento y le regaló un sombrero de fieltro rojo con una cinta de raso azul, que estaba en el escaparate de La Parisien. Le dijo que la propietaria de El cinco rosas tenía que vestir como una auténtica dama.

Tres meses más tarde, Aurelia se lo volvió a poner para ir al entierro de Tarajales. Desde el último banco de la iglesia de Santa Engracia, vio pasar el féretro cubierto con una banderola bordada con el yugo y las flechas. Franco llevaba ya tres años bajo una losa en el Valle de los Caídos y Aurelia sabía que los tiempos irremediablemente habían cambiado.

Mandó repintar la fachada, guardó el rótulo de las cinco rosas y lo sustituyó por otro que decía Buenaventura. Como Fulgencio, durante una de aquellas noches de alboroto y vino, le había contado, que debajo de la fotografía de José Antonio todavía estaba la de Durruti, cambió el orden de las mismas y el anarquista volvió a sonreír apoyado en la barrica. El Buenaventura no tardó en convertirse en un lugar de encuentro de jóvenes que jugaban a ser revolucionarios y de algunos nostálgicos que todavía recordaban a Eusebio Tizón y a los suyos.

Aquellos fueron buenos años. Ella estaba en el esplendor de su belleza y solo ejercía cuando le venía en gana, cuando le gustaba alguno, que no siempre era el más rico o el más aseado. Pero a nadie le hizo jamás un servicio gratis. Le gustaba presumir  de que en ella no mandaba ni Dios.  Bien lo sabía el falangista cuando mandaba cerrar El cinco rosas, solo para estar con ella a solas.

Con el paso de los años el negocio fue languideciendo. Apenas entraba gente. Hasta que una mañana, Aurelia recordó que la foto de Fulgencio todavía estaba debajo de la de Durruti. Volvió a intercambiarlas, desempolvó el viejo cartel que Tarajales había mandado pintar en 1941 y lo volvió a colgar en la fachada.

Una asociación vecinal le puso una denuncia por exaltación del franquismo y hasta hubo una recogida de firmas pidiendo el cierre. Pero Aurelia había vivido demasiado para que la intimidasen con esas nimiedades, lo único que le importaba era que, otra vez, El cinco rosas volvía a estar lleno y bullicioso noche tras noche.

La vida es una noria que nunca para de girar.

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