EL COBARDE

Anabel Consejo/José Antonio Prades/Pilar Aguarón Ezpeleta

Ser valiente nunca había sido uno de sus rasgos. Javier era consciente de ello desde que Marito le quitó el lapicero rojo de su estuche en la clase de párvulos. Quiso recuperar su lápiz predilecto, pero un empujón de Marito le hizo abandonar la idea. Su estuche se quedó huérfano de rojo y éste pasó a ser su color no favorito. Cuando la señorita Maruja, en 3º de EGB, le regañó públicamente por haberle lanzado un avión de papel mientras ella escribía en la pizarra, Javier no pudo hacer nada más que llorar delante de toda la clase sin atreverse a delatar al verdadero culpable. En 8º estaba enamorado en secreto de Lucía, una niña-mujer que lucía su falda roja de una manera estrepitosa, como si el color hiciera ruido al rozarse contra sus piernas. Al final de curso, un caloroso día de junio, Lucía se acercó a Javier y, repentinamente, se levantó la falda para dejarle mirar qué había debajo. No fue capaz siquiera de darle un beso casto en la mejilla, miró, suspiró y volvió a recuperar su amor por el bermellón. Lucía se carcajeó en carmesí y se fue corriendo. En el instituto decidió pasar desapercibido, aunque eso le costara no tener amigos, prefería pasar por asocial o rarito antes que por lo que verdaderamente era: un cobarde. Sus miedos le sumergieron en los libros y las películas y éstos, a su vez, le obligaron a construir mundos nuevos donde nadie le molestara: cientos de cuadernos de tapa encarnada que llenaba de dibujos. A modo de firma, de marca de autor, la última hoja de todos los cuadernos contenía el dibujo de una falda escarlata.

—Si usted fuera chino, don Segundo, diríase que su búsqueda por ausencia del color rojo —le explicaba un psicólogo reputado al que consultó para conseguir novia—significaría no que busca ayuntamiento amoroso o carnal, sino que espera salir de una eterna depresión provocada por la mala suerte. Como usted no es chino, podría ser sudafricano y entonces estaría buscando el luto y quizá podría interpretarse que deseaba matar a un familiar, quizá su padre, para desquitarse de un fracaso. Pero ni es chino ni sudafricano, así que voy a relacionárselo con esa poca rasmia que me está demostrando y le recomiendo que en lugar de comprarse esos cuadernos carmesí y decorarlos con faldas en rubí, se coloque calzoncillos largos de color grana o carmín, purpúreo si le viene mejor, con el fin de que se incruste el ardor en su piel y sea capaz de amar con garra y pasión a la primera mujer que pase por delante.

El apocado Segundo Primoroso se acordó de Lucía y sintió que la estaba engañando, por lo cual abandonó la consulta y no volvió; pero con visos a confiar en la Providencia, no sólo vistió calzoncillos rojos todos los días, sino que en los fríos de invierno también sus camisetas interiores fueron de esa tonalidad.

—Era un buen hombre, lástima que terminará así—le dijo la portera al policía que estaba haciendo el atestado.

El agente llevaba demasiado tiempo de servicio para sorprenderse por estas cosas, y respondió con un lacónico

—Ya ve.

—Pues pensándolo bien, tampoco ha tenido un mal final—añadió ella— Conociéndole seguro que fue feliz mientras volaba. Lo malo es el móvil, a saber a dónde habrá ido a parar. Se lo compró ayer mismo y estaba muy contento. Era el último modelo, me dijo que le había costado más de mil euros y que le habían regalado una funda de silicona para protegerlo de las caídas. ¡Joder con la caída, de catorce pisos nada menos! ¡Mal empleado móvil y mal empleada funda!

— ¡Señora, por Dios! —exclamó el policía, aguantando una risita.

—¿Ha sonado mal, verdad? Pero no era mi intención. Era un infeliz, aunque estaba un poco p’allá, sobre todo desde que se convirtió en youtuber.

— ¿Pero este señor, este anciano, era youtuber?—dijo el agente señalando al cadáver cubierto por una sábana dorada.

—¡Ya lo creo! Y bien famoso que era, más de dos millones de seguidores tenía. Le gustaba hacerse fotos en gayumbos, los llevaba siempre largos y rojos, y las subía a internet. Se lo enseñaron a hacer en un curso que le dieron en el club del jubilado. A la gente que sigue estas cosas le empezó a caer en gracia. Yo creo que se mofaban del viejo, pero él estaba contento.

— ¿No me diga que este pobre hombre es Javito, el rojo?

— ¡Sí, así lo llamaban! ¿También usted había oído hablar de él?

— Precisamente ayer mi hijo nos estuvo contando cosas suyas durante la cena. ¿Le había retado un chino, no?

—Bueno no fue un reto, más bien un pique. Y no era un chino de la China, sino Qiang, el de la bar de la esquina. Es un poco puñetero y siempre le tomaba el pelo por todo y hace unos días le dijo que se hacía muchas fotos subido a estatuas pero que no tenía cojones de hacerse una haciendo equilibrios al borde de la azotea, como hacen los youtuber de verdad

— ¡A mí nadie me llama cobarde y menos un chino!—dicen que gritó antes de marcharse del bar dando un portazo.

— ¿Y eso cuando dice que fue?

—Pues hace un par de días. Pero ya sabe cómo es este mundo de locos, empezaron a llegarle mensajes con fotos de gallinas, yo creo que las mandaba todas el mismo Qiang. D. Javito cualquier cosa soportaba menos que le llamaran cobarde. Así que ayer mismo fue a comprase un móvil nuevo para que saliera bien la foto y que la pudiera ver todo el mundo. Pero que quiere que le diga, quizá es mejor terminar así que encerrado en una residencia, como terminaremos todos.

—Pues sí, en eso creo que tiene razón, señora—concluyó el policía.

 

 

 

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