El hombre de camisa blanca y pies descalzos de Pilar Aguarón Ezpeleta.

Editorial La fragua del trovador, Zaragoza, 2020  152 páginas

por  Carlos Manzano

 

Fernando Aínsa Amigues, en su ensayo «Los guardianes de la memoria», plantea, entre otras muchas cosas, la idea del escritor como una suerte de notario de su época, ejerciendo de alguna manera como garante de una memoria colectiva que lega a la posterioridad a través de sus textos: «Frente al escándalo del olvido, la escritura es la prótesis del recuerdo», llega a decir Aínsa. Para saber qué somos es imprescindible no olvidar lo que hemos sido, de dónde venimos, qué hay a nuestras espaldas. Todo esto lo tiene muy claro la escritora y pintora Pilar Aguarón Ezpeleta, cuya mirada literaria nunca se queda en lo obvio o en lo inmediato, sino que se presenta ante nosotros, sus lectores, a través de un viaje largo, a menudo tortuoso, pero siempre enriquecedor, que inevitablemente forma y transforma a sus personajes y, por ende, a nosotros mismos. Su última novela, «El hombre de camisa blanca y pies descalzos», publicada por La Fragua del Trovador, entra sin disimulos en esa parte de la historia que se ha venido en llamar «intrahistoria», esa que, más allá de los grandes fastos e hitos históricos, los ciudadanos de a pie viven diariamente, con sus miserias, sus odios, sus resentimientos, sus amores y sus desdichas. Y lo hace además mediante un estilo pulcro, riguroso, preciso, sin excesos verbales ni artificios innecesarios: la palabra justa, el verbo adecuado, el adjetivo preciso, van dando forma a la historia, en este caso la de una saga familiar, los Arteaga, marcada por el ocultamiento y una mal entendida comunión tribal que, con la excusa de lograr protección y seguridad, mantiene a sus miembros en una especie de autarquía sentimental que acabará por robarles cualquier atisbo de humanidad.

Esta última novela de Aguarón muestra, además, que la escritora ha adquirido un dominio cada vez más depurado del lenguaje —herramienta básica, no olvidemos, con la que se construyen las historias y, por tanto, nuestra propia memoria—, de manera que el mero hecho de la lectura se convierte en un sencillo acto de placer. Gran novela, en resumen, que nos confirma a Pilar Aguarón como una narradora pura, como una magnífica contadora de historias; o lo que es lo mismo, como una activa guardiana de nuestra memoria.

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