HOY ES JUEVES

José Antonio Prades/Anabel Consejo/Pilar Aguarón Ezpeleta.

El álbum está ajado, roto por las puntas, amarillento. Sandra Milena va pasando las hojas para que Isidra mire las fotografías y le identifique las personas o los lugares. Hace una semana que Sandra Milena viene a cuidarla, dos días después de cuando la chica llegó de Colombia, sin papeles. Se la ha impuesto su hija, que vive lejos, en algún país de África con Médicos sin Fronteras, y que se ha preocupado desde la distancia para que su madre esté cuidada y la chica consiga legalizar su situación.
En la foto se ve la catedral de Santiago de Compostela, con la expresión de Isidra muy adusta, un hombre sonriente y una niña haciendo el gesto de victoria con los dedos. Es un día lluvioso, se ven algunos paraguas que lleva otra gente, pero ellos están mojándose:
-¡Qué bien se les ve aquí, Isidra! -exclama Sandra Milena para animar a la señora.
Isidra guarda silencio, como tantas veces cuando cree inoportunos los comentarios que le lanza su cuidadora.
-Vamos, señora, dígame los nombres de los que están con usted.
-Ya los sabes, pesada –gruñe Isidra.
-¿Se los digo yo?
-Haz lo que quieras.
-Éste es su marido, el señor Damián, y ella es la señorita Luci.
-No es Luci, es mi sobrina Paula.
-Que no, que es Luci, si lo sabré yo.
-No lo voy a saber, que estaba ahí, coño.
-Entonces, dígame dónde está hecha la foto, que parece que llueve mucho, ¿no?
-Es la catedral de Toledo.
-En mi país no hay catedrales como ésta.
Pasa la página. Son fotos grandes, muy luminosas, algunas en blanco y negro, pero buenas fotos y de muchos lugares del mundo. La chica se para en una donde aparece la plaza Roja de Moscú. Hay mucha gente. La sacaron en un viaje organizado que hicieron los tres poco antes del accidente.
-Seguro que se acuerda de muchos de estos nombres en esa plaza tan linda, Isidra. A ver, señáleme a don Damián y a Luci, que seguro estaban con usted.
-Fui sola a ese viaje.
-Pero no puede ser. Seguro que no viajó sola nunca, no me la veo por ahí sin su marido.
-No está.
-Y el sitio, ¿cuál es?
-La plaza de San Petersburgo, en Rusia.
-¡Cuánto viajaron, por Dios!
Sandra Milena volvió hacia atrás en el álbum y abrió una página al azar, se quedó mirándola detenidamente, en silencio, y miró las tres o cuatro anteriores. Sonreía viendo a Isidra vestida de novia delante de la iglesia de San Miguel de los Navarros, con un traje de siete octavos, blanco impecable, de velo muy largo.
-Éstas son de su casamiento, qué lindos.
-Ésa no soy yo.
-¿Cómo que no? A mí me lo va a usted a decir, que nunca fallo con los rostros.
-Pues has fallado, chica lista. Es Adoración, mi hermana gemela.
-¿Tiene usted una hermana gemela?
-¿No te lo ha contado mi hijita? Sí, la tengo y es clavada a mí.
-Pero, entonces, ¿dónde está usted en las fotos de su boda? ¿No estuvo?
Isidra calla.

Calla porque no debe contarle ciertas cosas a su cuidadora. Al fin y al cabo, Sara María, o como sea que se llame, es una desconocida que le ha sido impuesta. Tiene la mosca detrás de la oreja desde que la muchacha llegó a la casa, no logra entender qué función tiene en todo esto. Isidra siempre fue una sumisa colaboradora de la causa, nunca puso en duda ninguna de las órdenes y cumplió a rajatabla lo que se le pidió. ¿A qué vienen tantas preguntas? ¿Por qué le revisa continuamente los cajones y armarios? ¿Por qué no puede salir de casa si no es con ella? Es consciente de que hay alguna cosa que ya no puede hacer sola, como entrar y salir de la bañera, pero en el resto de actividades diarias se desenvuelve bastante bien. Hasta al banco la ha de acompañar, coño, y eso que es ella la que ha de firmar no la Susana María ésta. Isidra no tiene ninguna duda: la están poniendo a prueba. Es consciente, son muchos años en la organización y conoce sus entresijos. Tiene muchos secretos que guardar: la sudaca es una espía que intenta sonsacarle información, ver si sigue siendo fiel a la causa. Por eso calla, resiste y pasa por alto sus impertinencias e interrogatorios o, para despistarla, le miente diciéndole que tiene una hermana gemela, cosa no del todo incierta, pues le pusieron una doble cuando estuvo investigando en Zaragoza durante la Guerra Civil. Al menos limpia y no cocina mal, aunque tiene la mano un poco larga: le sisa en la compra y se lleva latas de la despensa y jabón de lavar a máquina. Está completamente segura porque cada día hay que ir a comprar y ella sola ni gasta ni lava tanto. Además se empeña en hacerle leer o en que haga sudokus o en preguntarle cómo se llaman las cosas o la gente que sale en los álbumes de fotos. Quiere que le dé los nombres de los contactos, de los lugares donde trabajó, de los colaboradores extranjeros… Pero no, no lo conseguirá, Isidra no soltará prenda. Ella estuvo en Casablanca, allí dejó al amor de su vida para sumarse a la causa, porque la organización está por encima de cualquier otra cosa. Recuerda, como si fuera ayer, cuando tuvo que hacerse pasar por una cantante para atrapar a un nazi en Buenos Aires. Tenía un número musical insinuante, muy sensual, que volvía locos a los hombres: caminaba sinuosamente por el escenario mientras cantaba con voz penetrante y se iba quitando los interminables guantes negros. Los espectadores le pedían que continuara lanzando más ropa, pero ella sólo bailaba para uno, para el único hombre que la abofeteó jamás. También podría explicarle cómo suenan los bombardeos mientras se está haciendo el amor en una cueva con un brigadista americano que, años después, escribiría su historia obteniendo un gran éxito. Podría, pero sabe que no ha de hacerlo, que es eso lo que esperan para declararla incompetente y darle de baja en la estructura. No, eso jamás, ella juro ser fiel y lo será hasta que se muera, por mucho que esa morena bajita la envenene en cada vaso de leche, en cada vaso de zumo.
― Venga, doña Isidra, tómese la leche así, calentita, que le ayudará a dormir…
Isidra se la toma, pero luego, cuando Sandra María se duerme, va al baño y la vomita.
De vez en cuando, le visita su hija y le cuenta la persecución y vigilancia a la que está sometida. No la cree, la escucha y asiente, pero sabe que no la cree. Se limita a cogerle la mano, a decirle “pero mamá, qué cosas se te ocurren” y a secarse alguna lágrima. Isidra no entiende por qué llora, le preocupa ¿no la estarán extorsionando? Otras veces viene a verla otra chica, que se hace pasar por su hija. Esa es otra espía, está compinchada con la sudaca. Se meten en la cocina y murmuran, se dan las novedades: cómo le sienta la medicación a la vieja, cuánta información le ha sonsacado, incluso si sale a pasear lo suficiente. Y es que Isidra, de toda la vida, ha disfrutado de un buen oído, fino, fino. Sara María le esconde las cosas o le cambia las fotografías del salón y dice que un hombre, a quien ella no conoce, es su marido, el padre de sus hijos. Qué sabrá esa pobre chica, qué sabrá de los hombres que han pasado por su vida. Isidra recuerda con fervor al hombre que más amó, al que dejó en Casablanca durante la segunda Guerra Mundial, recuerda su sonrisa ladeada, por culpa de una cicatriz mal curada tras un accidente, su cigarrillo en la comisura de los labios, su gabardina gastada y su forma de llorar sobre la barra del bar cuando, derrotado, le dice a Sam que la vuelva a tocar. Isidra se duerme cada noche tarareando la canción que les unió: siempre nos quedará París, siempre.

Hoy Isidra ha estado muy tranquila. Ayer vieron en la televisión la película Casablanca y se ha despertado creyendo que iba a venir a buscarla Humphrey Bogart disfrazado de Rick.

Por lo menos está sosegada. La televisión enmaraña todavía más su endeble lucidez. Muchas veces confunde la realidad con la ficción y o se llega a creer que los personajes atraviesan la pantalla.

Sandra Milena observa el gesto apacible que hoy tiene Isidra, parece que hasta le brillan más los ojos.
-¿En qué piensa, señora?, le pregunta con curiosidad.
Isidra sonríe y le responde tranquila:
-Recuerdo cada detalle. Los alemanes iban de gris. Tú ibas de azul. (1)
-¡Qué chimba (2), doña! ¡Lo que nos faltaba! hoy tenemos un buen día parece, ¿eh?
La cuidadora mira el reloj, está cansada. Vivir pendiente de Isidra la agota. Todo el día hablándole y hablándole y repitiéndole las mismas cosas. La pobre cada vez está peor. La mira y piensa en su madre allá al otro lado del mundo, en su pueblo, en San Vicente de Chucurí, cuidado de sus hijos, mientras ella aquí asistiendo de una anciana que le importa un carajo y que ni siquiera la recuerda por las mañanas. Qué mal repartido está el mundo, se lamenta.

La hija de Isidra llama todas las semanas. Siempre en jueves. Hoy es jueves. Sandra Milena está impaciente, quiere llamar a su madre, los chicos deben estar a punto de volver de la escuela. Dylan Samuel está creciendo deprisa y entra en una edad muy difícil. Le da malas contestaciones a su abuela. Este chico ha salido al pendejo de su papá, que en gloria esté, se lamenta.

Hoy se retrasa la llamada. La asistenta cree que Lucía es una chiflada. Terminará peor que su madre y no tardará mucho. Piensa que en vez de ocuparse de lo suyo, de su casa y de su madre, se va por esos mundos a jugar a salvadora, y no lo hace por necesidad, como ella, sino por puro capricho. Además le prometió que le arreglaría los papales, pero ni eso ha hecho. Es una loca.

-La hija de usted es una loca, Isidra. Le dice pensando en voz alta, mientras mira otra vez el reloj.

-Si tuviese tiempo de pensar en ti, posiblemente te despreciaría(3), responde la anciana sin mirarla.
-Santo cielo, pero que rara esta hoy, casi me da miedo.

La llamada se retrasa. Lucía suele llamar siempre sobre las nueve de la noche, mientras el telediario. Cuando acaban las noticias acuesta a Isidra y ella se queda a solas y descansa. Es la mejor hora del día.

Isidra de repente señala el televisor con el dedo índice y dice con naturalidad:
-¡Mira es Luci!
En la imagen se ve a una médico vacunando a un niñito del Camerún, mientras le cuenta al periodista lo mucho que sufren y lo poco que tienen.
Sandra Milena, no se puede contener. Se levanta del sillón y encarándose con el televisor le grita, agitando los brazos:

-¡Hija de su madre! ¡Qué boleta (4) la mía! ¡Mírela, la reina de África! Si la gente supiera la mierda que me paga por cuidar a su chucha (5). Y además yo también soy negra, o casi, y también soy hija de Dios, ¡Sólo eres una pichurria (6) del carajo!

Isidra mira a su cuidadora y no entiende nada, vuelve los ojos al televisor, en el que ya no aparece su hija sino el último gol de Messi. Niega con la cabeza, se encoje de hombros y dice con voz firme:
-Era Luci, de verdad, pero ya no está.
– Luci, Luci ¿y quién es Luci, Isidra? Inquiere la cuidadora, ya más clamada.
-Es mi hija, boba. Lo tenías que saber.
-Yo lo sé, doña, pero a usted a veces se le olvida.
-A veces sí, a veces tengo suerte y se me olvida todo. Otras no, y eso es peor. Venga ayúdame a meterme en la cama y luego llamas a tu madre. Hoy ésta chica no llama. Se le ha debido olvidar de que es jueves.

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(1) Frase que pronuncia el personaje de Rick, en la película Casablanca
(2) Excelente, lo mejor.
(3) Frase que pronuncia el personaje de Rick, en la película Casablanca
(4) ¡Qué boleta!: que porquería..
(5) Persona mayor en argot colombiano
(6) Mala persona

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