EL LARGO Y CÁLIDO VERANO

José Antonio Prades/Anabel Consejo/Pilar Aguarón Ezpeleta

Lo veo por las mañanas, camina muy rápido siempre y parece que se puede comer el mundo. Ayer lo noté enfadado, pisaba muy fuerte mientras hablaba con alguien por el móvil. Lo normal es que sonría, pero no, ayer se le advertía tenso. Por primera vez que me haya dado cuenta, me miró; me escabullí reorganizando los tomates y, cuando regresé a su rastro, ya sólo vi su lozano trasero presto a girar por la bocacalle de la derecha.

Mi madre me dice que no me fije tanto en él, que le daré pie a otras cosas, que a lo peor es un mafioso, que sus pintas de dandi no son de fiar, que quiere dar apariencia de lo que no es y que deje ya de suspirar, leche, y me dedique a la obligación. A mi madre no le gusta que mire a ningún hombre, se imagina que me casaría pronto y la abandonaría en una residencia. Y quizá hasta tenga razón. Ese hombre podría ser mi marido, pero no para que me mantenga o me haga mujer cada noche, sino para saborear el mundo acompañada, déjame soñar, y conversar con alguien afín a la hora de cenar.

¿Sabes lo que quiero en serio? Aventura, riesgo, peligro, no tener que protegerme o pisar despacio, que ese hombre me agarre fuerte del brazo, que me cuente al oído que vamos a escaparnos al último confín de África y a encargarnos de investigar la procedencia de algún descendiente del mono o de los árboles, o a encontrar un remedio para el cáncer como Sean Connery en Los últimos días del Edén, o a cazar leones con Clark Gable.

A lo mejor tu madre tiene razón y no te has de ir haciendo cábalas imposibles con el primer tío aseado que pasee por delante de tu parada. Además, ¿qué sabes de él? ¿Acaso alguna vez siquiera te ha comprado ni un tomate? Mira, de ahí se pueden deducir algunas cosas. Por ejemplo, a pesar de que debe vivir cerca de tu verdulería, pues lo ves todos los días, no te compra nada, por lo que o no come verdura ni fruta o tiene mujer que se lo hace todo, cualquiera de las dos suposiciones lo invalidan como candidato, una por insana y otra por ocupado. También pudiera ser que fuera un hombre muy atareado, siempre va con prisas ¿no es cierto?, y que por ello comiera en el trabajo o tuviera una señora que le hiciera las labores domésticas. Esta circunstancia es un poco mejor que las anteriores, pero ten en cuenta que entre tus horarios y los suyos no os ibais a ver nunca y lo poco que lo hicierais sería para discutir por no tener tiempo para nada. O, la peor de todas las posibilidades, que viva con su madre. En este caso, el hombre queda absolutamente descartado. Creo que debes fijarte en hombres afines, sí, en eso te doy la razón, y con un horario afín, también. ¿Qué te parece el pescadero, Rodolfo, el de los ojos tan azules como las escamas de sus pescados? Sí, ya lo sé, huele a mar podrido y no tiene pinta de pirata como Johnny Depp, pero podrías restregarle limones por sus fornidos brazos todas las noches al llegar a casa, como se los restregaba Susan Sarandon en Atlantic City. Y déjate estar de mayores aventuras peliculeras, pon los pies en el suelo y no te creas Ava Gardner que no vas a cazar ningún león con bigote.

Es triste dejar de soñar, no quiero hacerlo. Es lo único que me consuela de la desdicha de estar atada a este destino sin futuro. Y además, por algo mi madre decidió llamarme Estela, mientras veía Marlon Brando llamar a gritos a su esposa en Un tranvía llamado deseo. Mi madre se quedó pronto sin los suyos, si alguna vez los llegó a tener. Se ató a mi padre, que no tenía el torso perfecto de Stanley Kowalski, pero que la dominaba con la misma fiereza.

Mamá nunca quiso ser la diva desquiciada de Blanche DuBois. No, ella siempre supo que había nacido para ser la esposa sumisa que tolera, calla y aguanta. Así intentó educarme a mí, a su imagen y semejanza. Temiendo a los hombres, recelando de ellos, pero deseándolos en silencio, con una atracción física desbordada, casi animal.

Pero yo no quiero ser Estela Kowalski. No, yo quiero ser Clara Varner y sentir como Ben Quick poco a poco se va enamorando de mí, hasta dejar de ser él mismo. Hasta que los dos ardamos de amor en un largo y caluroso verano sureño.

 

 

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies