EL PESO LETAL DEL CAPITALISMO
©Pilar Aguarón Ezpeleta

El ascensor subió silencioso hasta el último piso. La sala estaba recién estrenada, todavía olía a nueva. El suelo entarimado, los muebles en madera, cristal y acero. Un enorme cuadro de un pintor de moda, que ninguno de los presentes se acercó a contemplar, y dos grandes maceteros que buscaban la luz junto al ventanal. Todo exquisitamente frío y anodino.
Los cinco ejecutivos parecían uniformados como colegiales, con sus impecables trajes azules y sus exclusivas y casi idénticas corbatas de seda. Se sentaron en los sitios asignados. El presidente cedió la palabra al consejero delegado, que empezó a enumerar las ventajas de la absorción de la empresa rival, lo que comportaría un gran ahorro en costes productivos, al poder prescindir de más de dos mil asalariados.

Mientras hablaba, por el rabillo del ojo observó que por el impoluto suelo caminaba tranquila y majestuosa una audaz e insensata cucaracha grande, negra y brillante. El ejecutivo siguió su arenga con gesto firme e indiferente al tiempo que vigilaba la ruta suicida del insecto. Cuando el frío gestor calculó que la intrusa estaba a unos quince centímetros movió la pierna, levantó el pie apoyándolo en el tacón y con la precisión de un ensamblaje espacial, dejó caer justo a tiempo todo su peso sobre la tarima.

Se había hecho el silencio y sólo se escuchó un mortal y estruendoso «shcrechssssss», cuando su carísimo zapato italiano aplastó a la infeliz cucaracha.

Miró por encima de sus gafas al resto de los presentes, todos le devolvieron la mirada y algunos una sonrisa cómplice, de pronto notó un roce en el antebrazo y escuchó la voz desganada del Presidente que le decía:

-Prosiga, prosiga.

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