Aquel pequeño Camelot en el Coso Bajo

A Eduardo Salavera, In Memoriam

Conocí a Eduardo Salavera un martes de febrero, lloviznaba. Se celebraba una asamblea de la Asociación de Artistas Plásticos en el antiguo Casino Mercantil, me senté en la única silla que vi vacía y a mi lado estaba él. Era joven, todos éramos jóvenes entonces, pero ya tenía ese aire de hombre bueno, inteligente y cabal.

Por esas carambolas de la vida salí de allí siendo miembro de la junta que presidía el prudente y afectuoso Paco Rallo Lahoz. Nuestra sede estaba en un viejo y destartalado piso que tenía dos habitaciones con ventanales al Coso, las únicas estancias que nos servían de oficina. No teníamos casi nada: una vieja máquina de escribir, unas mesas de segunda mano y media docena de sillas. Dos veces por semana por semana, además de Paco Rallo, aparecían Juan Carlos Laporta, y muchas tardes el singular Francisco Benessat y Eduardo Salavera.

Eduardo era el sentido común en medio de la bohemia.

En aquellos años hicimos cosas buenas, no sé si grandes, pero desde luego las hicimos con seriedad, y dejamos el nivel tan alto que los que nos siguieron nunca fueron capaces supurarlo. Había ilusión, generosidad y talento. Eduardo derrochaba de todo. Aquel desvencijado piso fue nuestro pequeño Camelot, el breve periodo de esplendor para la asociación. No queda mucho de aquello, pero quienes los vivimos damos fe de que no fue un tiempo perdido. Han pasado casi cuarenta años, ya no están ni Paco, ni Francisco, ni Eduardo y desde luego el futuro no ha sido como entonces lo imaginábamos. ¡Qué le vamos a hacer!

La amistad que empezó en aquella asamblea solo la quebró su muerte. Aunque anduvimos caminos diferentes siempre estuvo cuando le necesité, y siempre fue generoso, cálido y dispuesto a dar, era de los que nunca pedía nada a cambio.

La última vez que le vi fue en abril, unas semanas antes de su muerte. Estuvo viendo una exposición mía y se llevó mi último libro. Unos días después me envió un correo para decirme que había sido un placer volver a verme y a leerme y que me escribía solo para eso, porque no se lo quería guardar sin que yo lo supiera. Esa fue su despedida, generoso hasta el final. Otros hablarán de su talento como artista, de su brillante trayectoria y de su última y esplendorosa exposición en la Lonja, pero yo solo quiero recordar al amigo que conocí en una tarde lluviosa de invierno.

Siempre formarás parte de mi vida, mi querido Eduardo.

 

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