Como en cada abril, otra vez volaba rumbo a España, para la conferencia anual acordada con la editorial. Seré honesto: Sentía vértigo de volver a salir a la inmensa aventura del aeropuerto de Madrid, enorme como una ciudad pequeña, donde, para ir de un lugar a otro, había que tomar autobús. La experiencia me decía que tendría que arreglármelas por mi mismo y las noticias de otros viajeros me sugerían las dificultades, incluso para ingresar siquiera a España. Así pues acentué mi aspecto cosmopolita, al que se oponía mi cabeza muy grande, mis piernas muy cortas y mi abdomen tan abultado. Intenté esconderlo todo detrás de un casimir gris perla, una corbata roja italiana, zapatos negrísimos y lustrosos y por supuesto una camisa muy blanca. Sólo intenté despeinar apenas el pelo que aunque ya casi totalmente cano, creí que tomaría, de esta suerte, un aspecto casual y natural.

La primera sorpresa, desde luego desagradable, fue que el funcionario de aduanas o inmigración me tuteara: «Sácalo todo de ese bolso» me dijo, creí que con algo de desprecio. Iba a protestar cuando un compañero de avión me dio un suave codazo en las costillas. Lo miré y me arrugó el ceño, moviendo suavemente la cabeza como advertencia. Eran tantos los que llegaban a las puertas de España y de ahí los devolvían con el pasaporte marcado, que me contuve. Con paciencia fui sacando lo que llevaba en el bolso: Cepillo de dientes, una maquinita fotográfica, mi computador portátil, una botella de pisco que traía para obsequiar y otras cosas. El funcionario tomó la botella y la examinó de arriba a abajo. Leyó las etiquetas y señaló bajo la graduación alcohólica. «Cuarenta y dos» dijo. «Esto es un explosivo peligroso: Está prohibido». «Es un licor tradicional de mi tierra» intenté explicar. «¡Silencio!» impuso: «¡Esto se queda aquí!» y llamó a otro funcionario, con el que le bastaron un par de señas. «Acompáñeme» dijo tironeándome de un brazo. «Pero…» comencé a decir. Me di cuenta, sin embargo, que no sería escuchado y mi compañero de avión otra vez me advirtió, arrugando la frente y los ojos. Me llevaron a una sala pequeña donde me dejaron solo por, tal vez, horas. Mucho tiempo después apareció un tercer funcionario con mi botella de pisco en la mano, donde ya no quedaba más de una ración breve, y mi pasaporte en la otra. «Nada» dijo, y pude oler su aliento que recordaba con claridad mi pisco extinguido, «no se permite más de cien eme ele de ningún líquido, menos si parece ser explosivo» y me alargó la botella y mi pasaporte: «Bien venido a Madriz. Disfrute su estada» concluyó.

Salí al pasillo de llegada donde había varios típicos pajarotes de aeropuerto con carteles que levantaron de inmediato, apenas me vieron aparecer. Ninguno tenía mi nombre. Tampoco mi seudónimo. Me quedé parado como un estúpido (y así me habrán visto los pajarotes, tanto como yo a ellos) leyendo y releyendo las pizarras, papeles improvisados, cartulinas ordinarias, y más, intentando interpretar las escrituras como un llamado que esperaba. Cuando casi renunciaba apareció un tipo malhumorado al que me costó entender qué gritaba con insistencia: «¡Hay aquí argún Malrite!… ¡Malrite!» insistía. Después de dos o tres llamadas logré decodificar su grito, que me recordó a los vendedores ambulantes de mi niñez: «¡Estiiiiiiiiromiereeeeeee!…» decía uno que se dedicaba a reparar los somieres de las camas, hechos de alambre, en ese entonces. Había otro que andaba con media bicicleta y un pito de varios tonos que hacía sonar: «Firurirí firurirá» y luego gritaba «¡Afilo cuchiiiiiiiii». Siempre me pregunté ¿por qué no termina nunca el cuchiiii… llooos? ¿será que de tanto desgastarlos el «llos» ya no existía. Dije, levantando un dedo, como hacía en las clases de mi aragonesa madre Virtudes: «Yo… yo… aquí… Malgrite». «Le están llamando al teléfono por acá» dijo, y partió caminando sin esperarme.

Caminamos, él a tranco largo, malhumorado, yo casi corriendo, detrás, arrastrando una maleta, con el maletín de mi portátil colgado al hombro que insistía en caerse y una botella de Pisco Mistral con noventa y cinco eme ele al fondo, creo que varias cuadras. De repente se metió en un kiosquito de venta de confites. «¡Allá!» me indicó, mostrando hacia una pared llena de teléfonos públicos. «El tercero de la izquierda». Me acerqué a los teléfonos y tomé el tercero, pero no había nadie comunicado. Miré al hombre del puesto de confites, desconcertado. Moviendo la cabeza con desdén dijo: «La otra izquierda». Claro, él tenía la izquierda al revés de la mía, así que levanté el otro tercero, pero tampoco había nadie ahí. «¡Que ya llamarán otra vez!» dijo el tipo del kiosco, encogiendo los hombros con indiferencia.

Esperé largo rato junto al teléfono, paseando de aquí para allá, mirando a los turistas, intentando, por distraerme, adivinar de donde eran: Los de pantalón corto los hacía alemanes, los que pretendían elegancia y apretaban el labio contra los dientes para hablar: Gabachos. Los polacos eran todos parecidos al hermano Basilio, que escapó de Polonia por allá por mil novecientos cincuenta y perdió el dedo índice lanzándose de un tren en marcha. Después hacía clases de francés con acento cachuba. Todos los polacos, como él, eran bajitos, de nariz puntuda y ojos aguachentos, si hasta Carol Vojtyla era igual. Los italianos todos parecían argentinos, pero más ruidosos y no se les entendía. Los de estados unidos, gordos, viejos, o de aspecto envejecido aun si eran jóvenes, pésimamente mal vestidos, aunque la ropa fuera carísima. De repente sonó el teléfono: Era el tercero de la izquierda de acá.

«¡Hola Iñaki!» dijo una voz de mujer: «Que soy Packi» agregó, como si se sorprendiera de que no la reconociera. «¡Ah!. Hola Packi» respondí, buscando en mi memoria. «La que estaba a cargo de internet. ¿Recuerdas?», agregó. «Ah sí, sí, la de los moños, allá en la Taberna del Alabardero». «La misma» rió. «Aún me los hago, pero ahora me encargo de eventos y promoción en la editora». «Mira que bien» le dije, intentando terminar este rumbo de la conversación, del todo inútil. «Yo aquí», agregué, «esperando que me reciban». «Pues vaya si es una lástima. Yo pensaba estar ahí, pero no he podido. Mas tú ya eres como de casa» dijo con alegría y añadió: «Mejor será que te cojas el ave a Zaragoza y nos vemos en Delicias, ¿eh?». La proposición era clarísima, pero absolutamente oscura. Me imaginé colgado de la pata de un pájaro que vuela hacia el norte, con la maleta, el maletín y la botella de Pisco Mistral, colgando en el aire y la brisa dándome en la cara, mientras flamea al viento mi corbata roja e inútil. Antes de pedir más explicaciones, ella dijo atropelladamente: «¡Pues eso!. Nos vemos allá entonces. Ahora te cuelgo, que ya me están urgiendo: ¡Adiós!» y colgó sin que pudiera yo decir nada. Pregunté al confitero qué era eso de cogerse el ave, pero mientras lo hacía veía demudarse el rostro del hombre, que ya había demostrado bastante hastío y paciencia de sobra. Entonces le vi el otro sentido a eso de cogerse el ave y por mejor hacer agregué: «Para llegar a Zaragoza, quiero decir». Algo le oí murmurar por lo bajo como «… que depende a cómo te la cojas…» pero quizás fue sólo mi imaginación. Preferí, nada más, mirarlo con expresión interrogadora: «El renfe» dijo finalmente; «el renfe» e hizo un gesto con la mano sobre la cabeza como expulsándome.

Dicen que preguntando se llega a Roma. Preguntando supe que el Renfe era la red de ferrocarriles, pero de ahí a Zaragoza era más largo el camino: Encontrar dónde y cómo, ya fue una tarea. «Para qué tren, si puede usté volar» decían unos, y más barato, decían otros. «Sí, pero donde pregunto por el tren…». «Tanto apuro de usté, si hay salidas a cada momento». «Bueno, está bien, pero ¿cuánto cuesta el pasaje?». «El billete es lo de menos, si lo puede comprar hasta cinco minutos antes de salir su tren». Parecía que era una especie de juego el contestar justo aquello que no preguntaba, sino lo otro, y no daba con la pregunta que necesitaba. Finalmente alguien me dijo: «Consulte ese terminal». Después de dar vueltas y vueltas a ninguna parte, descubrí que el pasaje costaba cuarenta y dos euros, o sea unas treinta y tres lucas, que resultaba carísimo para mi. Entonces decidí ir en bus. Ese fue otro parto igual: Pregunté por el valor del pasaje y me dijeron que demoraba cuatro horas, más o menos. Pregunté por la hora de salida y me dijeron que tenía que tomarlo en la estación de América. «¿Y donde es eso?» pregunté, para que me informaran que salían buses a cada hora. Finalmente me dieron el valor cuando pregunté cómo ir a la estación de América. Sería largo de explicar cómo supe que debía tomar un bus de color rojo para llegar allá y no el azul que estaba algo más lejos.

En fin, que meterse a Madrid, sin compromiso, sólo de pasada, resultaba un alivio después de mis experiencias anteriores. Más aun cuando otra vez Madrid me recibía con dificultades. Ya meterse diez kilómetros, hasta la estación, podía traerme mala suerte, así que traté de ignorarlo y por eso lo evitaré en el relato. Tampoco cometeré la cursilería de alabar los paisajes, de Algora o Torremocha y Alcalá del Pinar y más y más. Sólo digo que no me arrepentí de las más de cuatro horas para llegar a Zaragoza.

Bueno, arrivé a Zaragoza a la estación Delicias del autobús, visité la de trenes y busqué en los alrededores, como un provinciano por si había por ahí una mujer con moños. No encontré a Packi, ni tampoco vi a nadie que pareciera buscar a alguien. Sólo una mujer gorda, de grandes pechos, de amplias caderas, que me recordó la envergadura de mis tías vascas de la niñez y el aspecto que van tomando mis propias hermanas. Me sonrió como mi tía Amaya, a la tercera vez que la encontré, atravesando el parque. Finalmente, me senté en una banca de palo del Parque Palomar y rogué que mi portátil tuviera algo de baterías, porque ahí tenía, en mi agenda, un número muy largo y lleno de nueves, que me habían dado, para llamar en Zaragoza en caso de cualquier cosa. Me fumé un cigarrillo y me dibujé el número en la mano, para distraerme. Llamé al número desde la estación. Me contestó una voz áspera, después de mucho rato. Había despertado, sin lugar a dudas, a alguien de su siesta. Dije: «Me dieron este número, de la editorial, por cualquier cosa que necesitara. Soy Iñaki Irizarri». «¡Hostias!, ¡Qué nombre!» dijo, y gritó luego hacia fuera del teléfono: «¡Packi!. Es para ti… Un iñirrirrirri o algo». Oí que le contestaba, también a gritos: «¡Ah! es el sudaca. Pregúntale que donde está». «Aquí dije yo en la estación Delicias», antes que me preguntara. «¡Que está en Delicias!» gritó el de la voz gastada. «Pues explícale como tomar el bus para que se vaya al hostal en Colon con Tenor Fleta. Que se tome una habitación allí» respondió Packi, siempre a grito pelado. «¿Estás ahí?» preguntó la voz. Luego agregó: «Mira tú: ¿Estás en la avenida de Navarra?». Confirmé. «Camina hasta el final del parque y toma tu derecha por Rioja ¿Me entiendes?». «Entiendo» dije con cierto vértigo y cierta opresión en el corazón. Es que siempre me invade una sensación de provinciano perdido, en estos casos, y con el agravante que quienes me ven, no sé por qué razón, siempre me creen lugareño. En cierta ocasión, cuando visité Buenos Aires por primera vez, salí a la calle en la esquina de Corrientes y Nueve de Julio, donde estaba mi hotel. No llevaba ni veinte minutos en la enorme capital, y me detuve en la vereda del Obelisco, esperando la oportunidad de cruzar Corrientes, para ir a Lavalle. De repente aparece, desde el lado de Cerrito, un ciclista (cosa rarísima), bastante mal vestido, con una bicicleta destartalada y sin frenos. Enfila directo hacia mi, sonriendo, y frena a cunetazos, como puede, cerca mío. En ese momento habrá habido una centena o más de transeúntes ahí, pues serían las seis de la tarde en el mes de mayo. El tipo me mira, siempre sonriente, y me pregunta: «Yyyy… ¿Donde es Sarmiento?». Noté que alargaba la «e» y pensé que era provinciano, quizás de Córdoba. Le contesté: «Mirá, hay aquí veinte mil argentinos y vos le preguntás al único chileno recién llegado». Siempre en casos como el de hoy recuerdo ese momento en Buenos Aires y me digo que ahí se juntaron mis dos sinos: El provinciano y el desubicado. «En Avenida Madrid te coges el bus treinta y tres. Cuando llegas al Paseo Sagasta te pones atento. Desciendes en Tenor Fleta y caminas a la izquierda hasta Colón. Tomas una habitación en el hostal y Packi te encuentra ahí más tarde ¿Lo tienes?». Dije que sí, casi por vergüenza, pero agregué: «¿Y si me pierdo?». El tipo soltó algunas interjecciones y dijo algo como: «Buscas a por Mancusso». «Entiendo; entiendo» concluí, recordando que había un detective muy malo, que siempre golpeaba a los soplones en un programa de televisión, cuyo nombre era Mancusso. Durante mucho rato, mientras caminaba y después en el bus, trataba de dilucidar el sentido de la alusión a Mancusso, pero no la encontré.

Por supuesto que los nervios me traicionaron cuando ya estuvimos en el paseo Sagasta y no lograba ver los nombres de las calles que cruzábamos. Tenor Fleta es bastante notoria, pero se me perdió el cartel y sólo lo vi cuando el bus ya la atravesó. Me bajé en la siguiente parada, en la calle José Moncasi: «¡Eso era!» me dije, comprendiendo al fin. No había mala intención en el amigo de Packi. En fin, que me devolví desde Mancusso al Tenor Fleta y encontré el hostal en la esquina de Colón, pero no había reserva alguna para José Malgrite, entonces pensé que, tal vez, Packi habría reservado a nombre de Iñaki Irizarri, pero tampoco. «¡Ale! que le han de haber reservado en el otro, aquí al fondo» concluyó haciendo el mismo gesto con la mano que el confitero del aeropuerto, indicando el interior de la calle Colón, a la vez que daba por terminado el asunto. Para qué repetir que en el otro hostal fue lo mismo, sólo que aquí el hombre me miró con recelo y me pregunto: «¿Y cómo es eso que se llama usté con dos nombres, eh?». Sonriendo le explique que mi nombre era José Malgrite, pero que usaba el seudónimo para escribir. «¿Para escribir qué?; si se puede saber, digo». «Literatura, cuentos, qué sé yo», respondí con candor. Siempre receloso, me miró levantando la cabeza y arrugando el ceño, a través de unos anteojitos pequeños que montaban la punta de su nariz. «Es que eso de usar apodos que suenan a ETA…» dijo en tono raro y me quedó mirando como si me hubiera sorprendido. Sentí que me ponía rojo, y que la cabeza se me llenaba de ideas que zumbaban: «Otra vez lo mismo» pensé e imaginé a la policía pidiendo explicaciones que no querían, porque ya habían decidido que yo ocultaba algo y sólo hacían la escena para justificar una detención. Recordé la experiencia de la mujer del bolso rojo en el metro de Madrid, también la de la boricua que bebía gazpacho y le cortó el cogote con un alfanje al dibujante loco en la Taberna del Alabardero y sentí pánico, sin embargo a la vez, al percibir que me ruborizaba recordé a Gila y su cuento de cuando era detective y decía: «Alguien ha matao a alguien… y el asesino se ponía colorao, colorao… entonces yo decía: Alguien se pone colorao… y así lo hostigaba hasta que el asesino ya no podía más y confesaba: ¡Está bien! decía, que yo lo he matao ¡pero no me torturéis mas!» y al pánico se añadió el ridículo y un extraño sentido de estar en una película de Fellini, o de ser una reencarnación de Peter Seller. «Un apodo es otra cosa» traté de explicar, «yo sólo uso el nombre para firmar las historias que escribo; además mal podría ser etarra si ni siquiera soy español. Estoy de visita». «¿Y de donde es usted?, si se puede saber, ¡digo yo!». «De Chile, soy chileno…». «¡Ah! chileno. ¿Como ese Nuruda… Naruga…, cómo es que se llama?». «Pablo Neruda. Es nuestro gran poeta y premio Nóbel. Yo no soy poeta, escribo ficción» respondí, aliviado de poder desviar la conversación. Pero el hombre volvió a la carga, como tratando de pillarme en falta: «Entonces ha de conocer a ese otro, ese que murió de mal humor, con el hígado destrozado: ¿Cómo era que se llamaba?» y como si recordara de repente, se respondió a sí mismo: «¡Roberto Gómez Bolaños! que le decían el Cheikspierito. ¿No es así?». «No, no. Ese es un actor cómico mexicano, que representaba al Chavo del Ocho y al Chapulín Colorado. El escritor chileno era Roberto Bolaño y sí: Sí que tenía un humor amargo y hepático», le corregí. «Bueno, es que yo no le conozco de nada. Sólo que le vi alguna vez en televisión» dijo, y sentí que se distendía y tomaba el registro de reservas. Agregó: «¡Bueno!, que usté no está ni como chileno ni como escritor, pero igual tenemos habitaciones disponibles, que es lo que importa».

Así fue que finalmente me instalé ahí, en el hostal del catorce de la calle Colón y por fin me sentí en España, en Zaragoza, y me tiré sobre mi cama (ya mía por ahora), agotado, a mirar el techo hasta que me quedé dormido. A eso de las nueve de la noche o así, golpearon la puerta como si la quisieran derribar. «Hace ya rato que le llamo a usted», me dijo el hombre de la recepción. «Hay una chica de moños aquí, que dice que es su representante. Yo que no sé nada de esas cosas, no me voy a meter, pero dice que no se va hasta que usté hable con ella». Packi venía disfrazada de viernes con pantalones de mezclilla (vaqueros, jeans) y zapatillas de andar en patineta (skater), con un peto más que de miedo: de frío. Había pensado que la primavera en Zaragoza era cálida, como la mía, como su gente, pero me tocó siempre nublado y de noches amenazadoras. Es claro que Packi pensaba como yo, o bien, como ya no era tan joven, se daba un aspecto juvenil con ese alarde de resistencia al frío. Por mi parte, yo siempre la encontré bastante loca.

«Mírate hombre, que pareces un anciano o un oso» dijo. «Despierta que vamos al Mercado Central. Elige entre el Magoria, el Cantabria o La Matilde» pero antes que respondiera se dio las razones y las respuestas, sin esperar las mías, que mal podría yo haberlas dado sin conocer nada de nada. «No. El Magoria ha de ser muy elegante o caro, y El Cantabria demasiado juvenil: Mucho ruido para conversar. Tienes razón: Vamos a La Matilde que es más familiar, para los viejitos como tú» y se colgó de mi brazo mientras me arrastraba a la salida. La atajé y le dije que esperara a que despertara y me arreglara para salir. Dijo: «¡Hombre!: Pareces mujercita. ¡Ve! ¡ve!». La noche de Zaragoza es fantástica, pero yo vine por una conferencia, como todos los años en abril, cuando vengo a España, de modo que sobre ésto, no es prudente hablar más. Sólo decir que la noche tiene más ánimo que el día y Packi es loca. «¡Que no se entere la jefe! ¿eh?» dijo cuando la dejé. Sobre la conferencia me informó apenas superficialmente. Me anotó en la palma de la mano la dirección del Taj-Mahal donde la dictaría al día siguiente. Me explicó vagamente que era un especie de centro de conferencias o algo por el estilo y cambió rápidamente de tema, como si perdiera tiempo de diversión y me preguntó por mi viaje, por Santiago, y esas cosas. Tampoco me pareció interesada en lo que yo escribía. Sólo me aseguró que la dirección: Juan Pablo Bonet, número diez y seis, que me había garabateado en la mano quedaba muy cerca de mi hotel: «¡Qué va!. Preguntando llegas». Cuando nos despedimos dijo, justo antes de darme con la puerta en las narices: «Entonces nos vemos ahí a las siete. ¡Adiós!». Nunca supe, pero sospecho, que el taxi que me llevó de vuelta a mi hostal me paseó por toda Zaragoza, con la disculpa del sentido del tránsito, pero después creo haber reconocido el paseo Echegaray y Caballero, el camino de las Torres, la avenida Cesáreo Alierta y más. Al menos no atravesó el puente de Piedra; y el Ebro estuvo siempre al norte. Mientras tanto, me hablaba del submarino amarillo y un futbolista de otro planeta pero chileno, como yo, y del ingeniero, también chileno, y cosas así, que me sonaban a distracción, en un acento que identifiqué bastante tropical. Me hizo recordar al borracho que se duerme en el asiento trasero del taxi y que al despertar descubre que lo han estado paseando dormido por toda la ciudad, entonces, con voz traposa le dice al chofer: «Da vueltas, no más, desgraciado, que esas son las que dejan…» y vuelve a caer dormido, plácidamente.

El sábado no pude despertar temprano, agotado, dormí hasta casi la hora de almuerzo. No tenía demasiado tiempo para preparar y estudiar mi conferencia, pero más me inquietaba saber donde era y no perderme como ya me había ocurrido el año anterior y el otro, así que decidí salir a buscar el lugar y almorzar por ahí, en cualquier parte. Pregunté en la recepción por la calle Juan Pablo Bonet y la verdad es que era muy cerca, a tiro de piedra. Era cosa de ir por el Paseo Sagasta, a una cuadra y caminar hasta una calle más allá de «Mancusso» (la calle de José Moncasi, que ya quedó para siempre con el mote). Caminé con cierta timidez por Juan Pablo Bonet, como si todo el mundo me reconociera. Quizás en la tarde, en la conferencia se dijeran: «¡Ah! mira: Este era el tipo que merodeaba esta mañana por aquí, con aspecto de pueblerino perdido». La verdad es que no fue así. Nada más me crucé con una hermosa mujer (¡Ay, que maña!, pensé para mi mismo). La debo haber asustado con mi mirada tal vez muy insistente, porque apuró el paso, aunque al cruzarse conmigo me sostuvo la vista con unos ojos enormes y fijos que abrasaban sin quemar. Iba a decirle algo, pero pensé que parecía una estúpida frase mal robada de una zarzuela así que sólo enrojecí ligeramente, y callé. Ella atravesó la calle y se perdió en un extraño ascensor que daba a la calle misma, junto a las escaleras del número diez y siete, justo enfrente del Taj-Mahal, que para mi sorpresa no parecía una sala de eventos o conferencias, sino una tienda convencional, donde vendían muñequitos de esos que llaman «merchandaisin» (con esa maldita costumbre tan ainglesadora), de tiras cómicas y de juegos de rol que los jóvenes y niños practican con cartas y figuritas. También había en las vitrinas estos libros de historietas, del tipo Dick Tracy, Tin Tin y el capitán Haddock, o quizás más modernos como estos monicacos japoneses, en fin. Casi como una cuestión piadosa o de extremo culto, había ahí algún ejemplar de R.R. Tolkien, de El señor de los anillos y otro de Las Crónicas de Narnia, cuyo autor no recuerdo.

No lograba sacarme de la cabeza los ojos de aquella mujer del diez y siete, de manera que con la tonta ilusión de verla otra vez, me instale a almorzar en el Pollo y Antojitos, donde elegí una mesa que mirara al portal de su edificio aunque las escaleras no me dejaban ver la puerta del ascensor por donde había desaparecido. Pedí un patacón de carne y queso, sin averiguar lo que iba a comer. Me sonó, el nombre, de lo más español y ni me llamó la atención que al oírme, el dueño se acercara a conversar conmigo: «Chileno» me dijo señalándome con un dedo moreno y grande. «Vah a ver no mah lo que te va a llená el guhto este patacóng» dijo. Menos fino de oído que él, respondí: «¿Venezolano?, ¿Cubano mi hehmano?». «Colombiano, como el patacón» respondió con orgullo. En Chile patacón se usa para decir que una comida es en extremo sabrosa y abundante. Cuando se come demasiado de algo, uno se da un patacón. De niño me extrañaba que mi padre se comiera el melón como primer plato, con sal. Era una costumbre ancestral de su casa de vascos que jamás quisieron ser otra cosa que vascos (¡Qué novedad! ¿no?). Nosotros, mucho más mestizos, con castellanos, vascos, árabes y hasta ingleses metidos en las venas, el melón lo comíamos dulce y de postre. En una ocasión tuvimos a un mendocino alojado en casa que se escandalizó de que le sirviéramos una ensalada de palta (Aguacate, avocado y otros nombres parecidos que no recuerdo). «¡Y!» dijo sorprendido, con desplante argentino, «esta es una fruta. En mi tierra se hace dulce con esto». Mi patacón resultó ser una especie de tortilla, como la pizza italiana o como el taco mexicano, pero en vez de maíz o trigo, la tortilla era de plátano verde aplastado y frito. Me sentí como el mendocino. Y quizás, como el mendocino, debí reconocer que nunca hay que negarse a lo nuevo; a los antojitos. Bueno: Quedo en deuda con una tortilla de papas (patatas) con chorizo, ojalá picante, acompañada de vino áspero, como las que comía con sabor a aceite de oliva y ajo frito, servida por el maldito rojo Garabito, en la esquina de Los Urbina con Providencia, en «El Valentín», con mis amigos M. y J. en aquellos epifánicos almuerzos de viernes. Valentín era un español que hablaba español. Y digo que hablaba español porque era difícil entenderse con su lenguaje cerrado, amén de castizo, con nuestro castellano cotidiano, por demás más chileno que castellano. Un día, hace no demasiado, quise ir a almorzar a «El Valentín», pero se había ido, dicen que a Linares, donde habría puesto un restorán caminero. En su lugar estaba la «Librería Catalonia» donde jamás me consiguieron «Los pasos perdidos» de Alejo Carpentier.

No obstante mi lado algo gourmet, no me abandonaba, tampoco, la rara idea de que no encajaba un salón de conferencias, la literatura y el agua, incluida la ecología que la circunda, con una tienda de monos plásticos de Evangelion y Dragon Ball. La idea me molestaba en algún rincón del cerebro. Había enviado, con bastante antelación, dos relatos largos, con los que podría estructurarse un pequeño librito. Uno de ellos «El Lafquenche (El Hombre del Lago)» no sólo era ecológico, sino también trataba sobre la vida de un hombre, mapuche, que vive del lago Villarrica y sus recursos, en forma casi primitiva, al margen de la vida moderna, y la lección de vida que da a otro completamente urbano, que llega al lago de vacaciones. Había agua, vida sustentable y todo lo que se relaciona con la Zaragoza del dos mil ocho. El segundo también era un relato sobre la protección de la naturaleza. No llegaba a comprender cómo podía relacionar estas ideas con los juegos de rol, con los gnomos, enanos, horcos, elfos, bilbos, frodos y otras creaturas de fantasía, centrales en el ambiente del lugar y de seguro, del auditorio a que me enfrentaría. Apenas, tal vez, los Ents, espíritus vegetales de la literatura Tolkeniana, me resultaban, mientras comía, útiles para llegara al agua. Cavilaba y comía con lentitud, imaginando maneras que me parecían, todas, absurdas. Como juntar un brujo enano con la contaminación del agua, o la muerte de los peces en derrames y deslaves, cuando de repente, como una aparición, florece desde el diez y siete, con un pañuelito atado al cuello y el pelo flotando en el viento, que anunciaba lluvias de primavera, la ilusión que esperaba tanto. Atravesó la calle airosa y digna y pasó junto al ventanal tras el que yo almorzaba. Al verme sostuvo la mirada que sin quemar me abrasó y dijo algo sin palabras, las que rebotaron en el cristal de los antojitos. Después sonrió apenas, casi sin hacerlo, o sólo lo imaginé, y se fue etérea y elástica, como una bella hembra animal. ¡Maldita sea!. ¡Si la hubiera perseguido!, si la hubiera detenido, si al menos le hubiera dicho que me había enamorado, pero sólo me ruboricé.

El resto de la tarde di vueltas como atontado, pensando en esos ojos, sin maravillarme con los grafitti del parque de la Granja, o con la historia de la artillera que defendió a su hombre contra las tropas de Napoleón, hasta el heroísmo un dos de julio, justo ciento cuarenta años antes de mi nacimiento, ni tampoco con la estatua de una pareja que comparte un paraguas bajo la lluvia, o la silueta lejana de las torres de la Pilarica junto a las aguas amables del Ebro cuyo rumor da nombre a toda la península donde se recuestan España y Portugal. Sólo reiteraba en mi imaginación esos ojos grandes que me abrasaron con su fuego tranquilo y el sonido de esas palabras que no llegué a escuchar.

A las seis y media, diría que desperté atónito, frente al centro comercial del Corte Inglés con el tiempo justo de correr al hostal, refrescarme y partir muy compuesto al Taj-Mahal a dar una conferencia cuyos antecedentes bizarros, no sólo en esta ocasión, sino también en las anteriores, me llenaban de presagios y vértigos. Tal vez por el trotecito, quizás por mi facha de extranjero, un perro vago que encontré en el camino comenzó a perseguirme y ladrarme, primero, como si quisiera denunciarme, pero luego, cuando hice amago de recoger una piedra y lanzársela, se arrojó sobre mis tobillos, gruñendo, para mordisquearlos. «¡Ah perro de mierda!» dije y le di una patada en el morro que lo hizo retroceder. Di media vuelta y seguí mi camino. A los pocos metros sentí que algo me sujetaba un pie, como una tenaza. Era el perro que me mordisqueaba el zapato con insistencia. Tuve que caminar tironeando al animal que se negó a dejar tranquilos mis zapatos el resto del camino, hasta el hotel. Al llegar, no quería soltarme y dejar que entrara, pero afortunadamente se me ocurrió lanzar una piedra rodando por el suelo y le grité: «¡Anda Dogo!: ¡Alcánzala!». El idiota soltó mi zapato y corrió tras la piedra. Entonces me refugié dentro del hostal. «Si un perro pregunta por mi; diga que no estoy» le dije al recepcionista que me quedó mirando extrañado.

Llegué puntual, a las siete, al Taj-Mahal, a dar mi conferencia. Entré a la tienda donde no había nadie, sólo un viejecillo de aspecto malhumorado, medio jorobado y de boina, que me recordó a don Manolo, el dueño de la Librería del Puente de mis años de niño. Al parecer hacía la caja del día y marcaba una planilla que comparaba con una larga huincha de registradora o computador. «¡Diga usté!» me recibió, pareciéndose todavía más a don Manolo. «Buenas tardes; vengo para la conferencia» dije dudoso. «Pues tome usté asiento» dijo, siempre al estilo de don Manolo, repartiendo el gesto de una mano huesuda por la tienda, que estaba arreglada, con sillas plegables, como si fuera una pequeña salita de clases, en la que sólo el profesor disfrutaría de un pequeño pupitre. No quise sentarme ahí, por una cuestión de pudor, o en especial por un sentido muy acendrado del ridículo: Un profesor en una sala sin alumnos, que ni siquiera tenían pupitres, y era una librería. Me senté, pues, al fondo de la sala de la tienda, junto a un mostrador cuyos anaqueles exhibían monstruos épicos y mujeres hermosísimas de duros pechos y esbeltísimas hasta lo imposible, esculpidas en el más fino plástico. Don Manolo siguió en lo suyo, como si yo no estuviera. A las siete y media, aún no llegaba nadie, de modo que me preocupé. Me acerqué a don Manolo y le pregunté: «¿No se suponía que esto era a las siete?». Ni me miró. Sólo hizo un gesto espiral con la mano, sobre su boina y dijo: «¡Psch!». Fue tan lacónico que nada más me devolví a mi lugar. Unos cuantos minutos más tarde, cuando ya había comenzado a juntar ánimos y razones para irme de ahí, cuando el tiempo había comenzado a arrastrarse con agobiante lentitud y pesadez, haciéndose casi infinito, de pronto ingresó a la tienda un bullicio sorpresivo, que precedía a una docena de jóvenes, casi adolescentes, que se apropiaron del lugar con absoluta certeza. Todos hablaban a la vez y se escuchaban casi por intuición: No podría ser de otra manera. Risas, gritos, bromas se mezclaban con alegría entre palabras muy Nárnicas y Tolkenianas, o japoanimadas: Había muchos castillos y bosques, poderes en diversos idiomas y muchos más; gestos samurai o kodokanísticos, en fin. Todo eso me hizo sentir aún más cohibido. Con todo, me pareció que encajaban bien con el estilo de Packi, lo que no supe por qué, me produjo cierto terror. Don Manolo no se inmutó. Fue como si no los oyera. Tampoco ellos repararon en don Manolo que continuó, como si nada, cuadrando la caja de la semana. En algún momento alguien elevó la voz por sobre la zalagarda y preguntó: «¿A qué hora empezamos?». Otro de ellos, que recién ahora reparaba, era el único que parecía algo mayor, se levantó y alzó las manos. Vestía una camiseta en te, de algodón, de color negro con un raro dibujo entremezclado con algunas letras, que no llegué a entender, de tono rojo sangre y rebordes blancos y unos pantalones de mezclilla con varias vueltas anchas en la parte baja de las piernas y llenos de remaches. No llegué a saber si era calvo o se había rapado, pero por su gordura y una barbita incipiente me recordó a los enanos de Balnca Nieves. Quizás el se veía a sí mismo como un elfo o un hobbit o qué sé yo. Levantó las manos y la voz. Dijo: «En cuanto llegue Packi con el conferencista, comenzamos». Levanté, entonces un dedo, como habría hecho un pupilo aplicado en una clase desordenada y cuando el bilbo o enano Doppy me hizo un gesto con las cejas, dándome la palabra dije: «El conferencista ya está aquí: Soy yo». «¡Aaah! pues entonces nada más empezar» respondió y señalando el pupitre del profesor comenzó una presentación que me pareció bastante improvisada e informal. «¡Silencio!. ¡Silencio!» repitió varias veces; pero como nadie se callaba continuó: «Hoy tenemos el agrado y honor de recibir al guionista argentino…» y se miró la palma de la mano, donde debería tener anotado mi nombre, que olvidó escribir, entonces me miró en busca de socorro. «José Malgrite» dije y aproveché de agregar: «¡Chileno!». Me devolvió una mirada arrugada de desagrado, como si no le calzara mi respuesta con sus recuerdos vagos. Quizás pensó: «¿No estaremos todos equivocados de lugar?». ¿O fui yo quien lo pensó?. Como sea, ser argentino era una imprecisión que en definitiva no correspondía a un esfuerzo de vida o a un merecimiento, sino a una circunstancia del todo involuntaria, pero el dolor, la angustia, el precio que había ido pagando, como elección de vida para ser un escritor y no un guionista de caricaturas tenía un valor tan inconmensurable que me hirió la liviandad, aunque traté de comprenderla. A pesar de todo, como al final de cualquier instancia, siempre prefiero ser conciliador, interpreté su mirada de extrañeza y agregué humilde: «Pero escribo como Iñaki Irizarri». Él, entonces, sonrió. «El guionista chileno Iñaki Irizarri» concluyó.

Comencé mi conferencia contando las circunstancias azarosas e involuntarias en que conocí el Ebro, a bordo de un taxi que me llevaba a donde él quería, así como tantas veces las aguas se abren camino hacia donde ellas quieren hacerlo. Son tan poderosas las aguas que tal vez sean el elemento primigenio en los arquetipos del hombre. La literatura más antigua de las literaturas comienza así: «Al principio nada había y sólo el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas». Las aguas pueden ser quietas y entonces lavan y limpian: Son el arquetipo del perdón, del candor, de la pureza; hasta del origen de las cosas. Pero pueden representar, también, la furia desatada de la naturaleza y la imparable rebeldía que empuja amparada por la potencia de la justicia reivindicatoria. Al principio, la sorpresa de la diferencia logró la magia del silencio, pero a poco andar empezaron las carrasperas aquí, las toses nerviosas allá, algún murmullo, así que empujé la idea hacia Tolkien y su Bilbo, que atraviesa en una odisea larga como un libro por un flaco caminito secreto entre los árboles de un bosque casi perverso en el que sólo un sendero salvaba al peregrino cuyo destino final es llegar al agua para dar la batalla última presidida por ésta y el fuego purificador. Hace mucho tiempo tuve la paciencia de leer algún libro de Tolkien con un motivo quizás parecido a este, pero el destino del narrador, del juglar, del ficcionador, del gran mentiroso que vive en el escritor, es el de crear, a partir de posibles recuerdos, una realidad plausible, aunque no real, o no verdadera. No importa. El ficcionador sólo despeja, según requiere, del rudo material de los hechos, aquel que es funcional a su discurso. Mi Tolkien y su Bilbo tal vez no fueran Tolkien y el Bilbo peregrino y la gran batalla final en el agua quizás no fueran el Bilbo de Tolkien y sus circunstancias, incluso esa batalla puede ser, en definitiva, un recuerdo extraviado, pero necesario para acallar las toses inquietas y las miradas extrañadas que se lanzaban, unos a otros, mis oyentes. Es tan potente y multifacética el agua que en las diversas culturas adquiere valores diversos: Para las culturas orientales el calor del agua representa signos de genero indefectibles: El agua caliente representa el masculino y la fría el femenino. Así lo vemos en Ranma Medio, por ejemplo.

Había logrado otra vez ese tenso silencio de la atención llena de peligros que nos acerca al triunfo definitivo, como el Bilbo de Tolkien, sólo para encontrar que estaban siendo subastados a la puerta de la tienda todos mis triunfos: Inesperadamente apareció ahí Packi, vestida de manera absurda, con un vestidito de flores que llegaba escasos centímetros debajo del vértice de su pubis y dejaban casi expuestos al frío de la tarde fría sus pechos pequeños como limones. Calzaba unos soquetes (calcetines) que apenas asomaban de las gruesas zapatillas y daba la impresión de una pequeña niña que hubiera crecido tan rápido que no había tenido ni el tiempo de mudar la ropa. La acompañaba la boricua que había degollado, con un alfanje, al dibujante compulsivo, en los baños de la Taberna del Alabardero de Madrid, arruinando mi primera conferencia. Entre ambas, y esto fue lo que me silenció de pronto, estaba la mujer de los grandes ojos que abrasaban sin quemar, con su mirada sostenida y serena. Sus grandes ojos fijos me atraparon y dijo algo; pero el sonido de sus palabras me llegó apenas silencioso, de modo que no conseguí oír el rumor de sus palabras. Tal vez fue una advertencia, quizás una amenaza, o sólo una invitación: Nunca llegaré a saberlo. Sin dejar de apresarme en su mirada, acercó su boca fina que casi sonreía, al oído de la boricua y dejó caer ahí algo que marcó ese momento. Sus ojos llegaron a dañarme entonces. Packi alargó con la mano su oreja izquierda para saber que confidenciaba esa mujer, a la que creí entonces que ya amaba; a la boricua cuyo sino era el peligro. Cuando terminó de hablar, tanto Packi como la boricua la miraron sorprendidas. Ésta última me dirigió una rápida mirada aviesa, sentenció algo a Packi y luego, giró y se fue, apresurada, hacia el puente del Emperador Augusto. Ella, aquella mujer que me había mirado, que me había hablado sin palabras, casi sonriendo atravesó la calle y se perdió tras la puerta de metal frío del ascensor que se asomaba, extraño, a la calle. Packi ingresó a la sala y se sentó en la primera fila con sus muslos torneados e inocentes, bronceados y bellos. Sus moños se agitaron mientras me saludaba con un guiño. Sin embargo, sentí que todo ya se había derrumbado y terminé presuroso mi disertación, pensando, quizás en huir de ahí. Recordé, no sé por qué, al perro que insistía en morderme los tobillos, estúpidamente.

Creí percibir que los aplausos se prolongaban más allá de mi esperanza y, para mi sorpresa, varios quisieron preguntar sobre el sentido del agua en diversos autores que creí fuera de lugar en este ambiente. Uno de ellos quería, por ejemplo, saber si el largo paseo de Stephen Dedalus por la playa, a orillas del mar, era un símbolo de redención del personaje o bien representaba la pureza que él veía en Irlanda y otro preguntó que significado tenía la tormenta y el desborde del río, para Faulkner, en Mientras agonizo, toda vez que en Una Rosa para Emily todo era seco como cenizas. Finalmente me sorprendió alguno que recordó una oscura novela mía en la que llueve persistentemente desde que el personaje central es avasallado por un destino inexplicable. Es curioso, sin embargo, que una vez terminada la conferencia, cuando se ofreció un vino de honor, con queso y galletitas saladas, todos se reunieron en un barullo desordenado a hablar de las tendencias últimas del cómic o de literatura fantástica y me ignoraron por completo. Sólo Packi se acercó un momento y dijo: «Ha sido un éxito. Esperemos que siga así» y chocó su copa con la mía, antes de retirarse a departir con el grupo. Me quedé sólo en un rincón, paladeando el vino fuerte y áspero, con carácter pero rudo. Me acerqué a la mesita en que había quedado una de las botellas y colmé mi copa de otra ración de Castillo de Maluenda del dos mil cinco. Pensé que tenía más cuerpo que el cabernet sauvignon de cualquier marca de las que solía tomar. A la vez se me ocurrió que el vino, en especial el tinto, sin ser lo opuesto, era una antítesis del agua y muchas veces conjugaba con ella una dualidad rara: «Y de inmediato manó sangre y agua» me dije a mi mismo, para concluir con otra cita bíblica, tal como había comenzado.

Cuando ya no hubo vino, varios, incluida desde luego Packi, propusieron terminar el sábado en el Buitaker, un Pub que había unos pasos más allá. Al salir vi a don Manolo, que impertérrito, continuaba cuadrando la caja con las cifras de la semana. «¡Buenas noches!» dije al pasar junto a él, pero nada más levantó una mano que movió en espiral sobre su boina y dijo: «¡Psch!». Yo di una última mirada al ascensor junto a las escalinatas del portal del diez y siete, en la vereda del frente, con algún vacío veloz en las entrañas, y después me alejé hacia el lado del puente del Emperador, sobre el Huerva, siguiendo al grupo que se dirigía al Buitaker. Nos sentamos en varias mesas que acercamos, para hacer un solo grupo, que hablaba en desorden y se comunicaba mas por intuición que por el significado de sus palabras. Junto a mi se instaló un muchacho de aspecto sorprendido, de ojos movedizos y de palabras muy pausadas, que me habló toda la noche de aquella novela oscura y desconocida. Insistía que tal vez llovía siempre para significar que la conciencia era una anciana esquizofrénica: «Eso es Seresa Almond» concluía cíclicamente, «por eso él, finalmente la asesina. De otro modo no se puede soportar el destino». Por mi parte, sentía cada vez con más certeza que aquel perro que me había acosado los tobillos había sido un presagio.

Cuando el adolescente a mi lado, por tercera vez dijo «Sí. Eso era Seresa Almond: Un arquetipo de la conciencia, que no es más que una anciana esquizofrenica», se abrió bruscamente la puerta y entraron tres policías que se acercaron a nuestro grupo. En cuanto aparecieron en la puerta Packi se levantó de su lugar, al otro lado del grupo y se vino a sentar en mis rodillas; después me besó en la boca. Recuerdo que sus muslos estaban helados, pero eran muy suaves. Se levantó y me quedó mirando, con las manos enlazadas, como si rezara, mientras los policías se acercaban. Uno de ellos me aseguró, mas que preguntarme: «¿Iñaki Irrizarri?». «Irizarri» corregí suavizando el acento de la primera erre, «pero mi nombre es José Malgrite». Uno de los que se habían quedado atrás, de escolta, le sopló: «Esa tenemos: Era una chapa». Me extrañó el uso de la palabra «chapa» que usan los rufianes en mi tierra para aludir al nombre de batalla en el hampa. «Es mi seudónimo literario» dije casi con dolor, más que por el desprecio que importaba el uso equivocado, que por la equivocación misma. Packi, con las manos enlazadas ante la boca me miraba angustiada y perpleja, pero algo en ella trasuntaba cierto cargo de conciencia. El policía que me interrogó me dijo, casi con violencia: «Tendrá que acompañarnos al cuartel» y me tomó de un brazo con cierta brusquedad. Packi comenzó a gemir y noté que los moños le vibraban, pero sólo lograba pensar en qué tan fríos tenía los muslos. Cuando el policía me tiró del brazo lo aparté casi con decisión: «¿Cuál sería el motivo?» pregunté mirándolo directo a los ojos. «Se le acusa de haber degollado con un alfanje al dibujante de caricaturas Hernán Otaiza, el día quince de abril de dos mil seis, en los baños de mujeres de la Taberna del Alabardero en Madrid». «Eso es una calumnia» protesté. «Todos saben que fue la boricua». «Pues lo aclara en el cuartel» dijo, e hizo una seña a los otros dos. Entre todos me llevaron a la rastra y me subieron en un furgón de la policía que partió rápido por el puente del Emperador Augusto, ululando sirenas escandalosas. No sé exactamente donde me llevaron, creo que estábamos a corta distancia del estadio de la Romareda, pues al día siguiente pude oír gritos y vítores a unos trescientos metros. Ahí me metieron en un calabozo hasta el lunes por la mañana. Cuando me bajaron del furgón, al pasar por las oficinas, pude ver a la boricua que conversaba con un policía muy moreno y de cejas espesísimas. Sin duda ella le coqueteaba y él sonriendo clavaba sus ojos, de ratón, en el escote generoso de su blusa. Ella, a su vez, nos miró de reojo al pasar.

El pudor y la vergüenza me impiden, me dificultan relatar los sucesos desde la noche del sábado a la mañana del lunes. Sólo diré que casi no tienen importancia alguna y mientras escribo me pregunto por qué será que uno tiende a sepultar las experiencias vejatorias en lo más profundo de la conciencia, incluso si son producto de la injusticia. Muchas veces creo que esta actitud avergonzada es la que ampara la sobrevivencia del abuso de autoridad en la sociedad. El lunes por la mañana me sacaron del calabozo, un policía de mayor rango con otro sin grado alguno, que llevaba arrastrando mi equipaje. El policía de mayor rango me dijo, como quien reza una oración: «Señor Malgrite, o Irizarri o lo que sea: A las tres de la tarde sale, de Madrid -Barajas, un vuelo en el que usted deberá embarcarse, que le llevará de vuelta a su país. Al ingresar a la plataforma de embarque se le devolverá su pasaporte, sin embargo podrá viajar hasta el aeropuerto con este salvoconducto». Me extendió un formulario que había sido llenado en una máquina de escribir Underwood de teclas redondas. Lo reconocí por el tipo, en especial la ge, característica de aquellos modelos arcaicos. Sin embargo, no me dio tiempo de leerlo y sólo me condujo a un furgón que me llevó hasta Delicias donde me dejó arriba del bus, «gentilmente pagado por el gobierno autónomo» según dijo. En el camino a la estación de buses leí el salvoconducto. Decía: «Permítase libre tránsito para trasladarse al aeropuerto de Madrid-Barajas al portador del presente Salvoconducto, ciudadano chileno, don Iñaki Irizarri, también José Malgrite, cuyo pasaporte a este último nombre le será devuelto al ingresar a la zona internacional del Terminal T4 satélite» y especificaba la fecha y hora en que debía embarcar, con cargo a mi propio pasaje de retorno. Llenado a mano con letra pesada, sobrealzada y lenta agregaba «Válido hasta el 28 del presente». Había una firma ilegible que no dejaba leer con claridad el nombre, que quise interpretar como «Cap. José de J. Moraleda de Otárola», pero esto es sólo una suposición. Finalmente del mismo puño y letra decía «Doy Fe». Ya en casa, en Santiago, pude verificar que habían revisado mi portátil y copiado varios archivos, entre los que se encontraban «La conferencia» que relata la primera conferencia en Madrid y «La otra conferencia» que relata mi experiencia en el metro de la misma ciudad y de lo que entonces sucedió, el año recién pasado.

Cuando el bus salió de su andén, logré distinguir entre la gente que se despedía de quienes viajaban, a la boricua que sonreía aviesa, con los brazos cruzados sobre el pecho. A su lado Packi saltaba, haciendo señas sonriendo, a pesar de cierta compunción evidente en su actitud. Cuando saltaba, sus moños y sus pechos lo hacían al mismo ritmo pero de manera inversa: Unos subían mientras los otros bajaban. Reflexioné que, si bien sus senos eran algo pequeños, como limoncitos, habrían cabido con comodidad y precisión en mis manos, entonces me dije que seguramente serían gratamente tibios, al contrario que sus muslos. Al otro lado de la boricua estaba esa mujer, la del ascensor del diez y siete, que sólo me miraba con una semi sonrisa dibujada en su boca fina. Sus ojos fijos y serenos me abrasaron sin quemar, con infinita calma, casi quise pensar que con ternura; hasta que su figura se perdió en el pasado y se imprimió en el recuerdo. Sólo por eso, esta conferencia ya habría valido la pena.

 

Kepa Uriberri. 2008

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